"Pamela Anderson es la Marilyn Monroe de nuestro tiempo", afirmó el año pasado la cineasta Gia Coppola, tras contratar a Anderson para su primera película dramática. El papel de Anderson en The Last Showgirl, un canto al glamour del viejo Hollywood dirigido por Coppola, le valió a la actriz elogios (y una reciente nominación al Globo de Oro). Está muy bien en la película, en el papel de una bailarina de burlesque en decadencia que recorre el Strip de Las Vegas, con una interpretación que, aunque cálida y entrañablemente magullada, también se deja llevar por su metatexto: Shelly, en The Last Showgirl, es un bello símbolo de una industria que ha avanzado sin ella, una mujer que nunca ha sido tomada tan en serio como debería (o como quería).

No es difícil ver los paralelismos con la vida real. O por qué Coppola estableció vínculos entre Monroe y Anderson. Al igual que Monroe, añadió Coppola, Anderson fue durante años una mujer "con muchas ganas de expresarse creativamente como actriz deseosa de mostrar su talento". Pero Monroe no es la mejor analogía. En todo caso, es la difunta estrella de Los ángeles de Charlie, Farrah Fawcett, cuya carrera ofrece paralelismos más evidentes con el origen de Anderson, y hacia dónde podría intentar dirigirse a continuación.

Tras la serie de acción algo tonta que la catapultó a la fama, Fawcett fue encasillada durante años en el papel de rubia boba (hagan lo que hagan, no vean Alguien mató a su marido, su malograda pareja de 1978 con Jeff Bridges). Al igual que Anderson, también quedó inmortalizada en la historia de la cultura pop gracias a una malla enteriza roja (Anderson en Baywatch, Fawcett en el póster más vendido de todos los tiempos). Y, a pesar de lo tosca que resulta The Last Showgirl, la interpretación de Anderson deja entrever una fuerza dramática en ciernes, al igual que la serie de convincentes papeles dramáticos de Fawcett en los años ochenta y noventa, desde el thriller de vigilantes Acorralada hasta el drama sobre violencia doméstica The Burning Bed.

Farrah Fawcett.

Fawcett murió de cáncer en 2009, a los 62 años, y su muerte fue eclipsada horas después por la noticia de que Michael Jackson también había fallecido. En los obituarios se habló mucho de sus tristes últimos años de relación tóxica con el problemático actor Ryan O'Neal, así como de su errático comportamiento público. Su último papel en el cine fue el de esposa trofeo racista en la comedia de Queen Latifah The Cookout (2004), en la que utilizaba la "palabra comenzada con N" como chiste. Sus últimos papeles ante las cámaras fueron en los diversos reality shows y documentales en los que participó durante los años noventa, en los que, de acuerdo con las exigencias de la televisión basura de la época, predominaba el voyeurismo incómodo en lugar de la empatía. A menudo se la recordaba de forma eufemística, como un "símbolo sexual" o una "estrella de la prensa del corazón".

Fawcett no lo tuvo fácil. En 1977, tras abandonar Los ángeles de Charlie después de una sola temporada -decisión que desencadenó una disputa contractual con la cadena ABC-, fue presionada por malos agentes para que realizara una serie de películas estelares que no llegaron a ninguna parte, entre ellas la pésima comedia de 1979 Sunburn y la de 1980 Saturno 3. Esta última era más o menos Alien con escenas de sexo, entre Fawcett, que entonces tenía 33 años, y Kirk Douglas, de 64 años. En una entrevista especialmente incómoda en 1979, organizada para promocionar Sunburn, prácticamente suplicó a un periodista que cambiara de tema después de tres preguntas distintas sobre su reciente separación del actor Lee Majors.

Deseosa de demostrar sus habilidades, Fawcett se aventuró en Nueva York y actuó sobre el escenario, sustituyendo a Susan Sarandon en una provocadora obra sobre una superviviente de violación que da la vuelta a la tortilla contra su agresor. Acorralada fue llevada al cine en 1986, también con Fawcett como protagonista. En ella está notable, frágil y torturada, con una pizca de ligera locura en la lectura de sus frases a medida que se desquicia. Se trata de una interpretación basada en la fragilidad de voz suave que aportó a la película para televisión de 1984 The Burning Bed ("La cama en llamas"), en la que interpretaba a una esposa y madre maltratada por su marido. Fawcett recibió una nominación a los Globos de Oro, y en 2016 el periodista Matt Zoller Seitz calificó su actuación como "una de las mejores de la historia de las películas para televisión".

"Mi imagen ciertamente me perjudicó y, sin embargo, también fue lo que me hizo triunfar y, con el tiempo, poder hacer papeles más desafiantes", dijo Fawcett en 1986, reflexionando sobre su carrera hasta ese momento. "Esa vieja imagen era tan fuerte que no creo que muera fácilmente. Tendré que hacer muchos buenos trabajos, pero no pasa nada... Me gustaría alcanzar mi potencial".

Las oportunidades, sin embargo, eran escasas. Fawcett sólo aceptaría un puñado de papeles en la gran pantalla tras Acorralada, entre ellos una (mejor) asociación con Jeff Bridges en la atractiva comedia de 1989 See You in the Morning, y el papel de la esposa de Robert Duvall en su drama rural nominado al Oscar El apóstol en 1997. En este último papel se muestra maravillosamente sutil, sin inmutarse ante la volatilidad del personaje de Duvall, un predicador pentecostal del que pretende divorciarse. Aparte de un cameo en la fallida comedia de Robert Altman Dr. T y las mujeres (2000), en la que su personaje sufre un ataque de nervios y se mete desnuda en una fuente, fue el último papel que realmente le exigió algo.

"Todo el mundo tiene su momento, y si dejas que el momento pase, es muy difícil recrearlo", dijo el ejecutivo de la cadena estadounidense Fred Silverman a Vanity Fair en un deprimente post-mortem de los últimos años de Fawcett, publicado poco después de su muerte. "El mayor enemigo de alguien como Fawcett es el tiempo. La gente tiene una memoria muy corta, y llega el siguiente sabor".

La diferencia, pues, entre Fawcett y Anderson puede muy bien ser el público. The Last Showgirl ha llamado la atención -y también ha sido aclamada en los premios- por el puro deseo cultural de que a Anderson le vaya bien. Porque, ¿no sería maravilloso que una de las pin-ups más fotografiadas y a menudo injustamente perseguidas de los noventa se convirtiera en una sensacional actriz dramática?

Desgraciadamente, Fawcett no gozó de tanta simpatía en ningún momento de su carrera. Anderson tuvo el simpático y cinematográfico documental de Netflix sobre su vida -Pamela, una historia de amor, de 2023- sobre el que construir su regreso a la actuación. Fawcett tuvo el extraño y triste Persiguiendo a Farrah en 2005, un reality show de corta duración que contemplaba con orgullo la melancolía de su estrella al final de su vida y -como dijo un crítico- convirtió su extraño pseudo-matrimonio con O'Neal en ¿Quién le teme a Virginia Woolf? sin la bebida y el lanzamiento de objetos pesados". Tras su última nominación a los Globos de Oro, el mundo es el escenario de Anderson, y qué suerte que sea ahora y no antes.

* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.