El año literario rosarino, si bien ya tuvo un leve inicio veraniego, promete empezar fuerte después de Carnaval con un acontecimiento: la presentación, el viernes 7 de marzo a las 19, en la Casa del Artista Plástico (Sargento Cabral 412, Rosario) de la nueva novela de Marcelo Britos, El casero. Publicada a fines del año pasado en Buenos Aires por Aurelia Rivera Libros, la obra luce una edición muy cuidada en lo estético. Desde el papel ahuesado y la letra grande que hacen confortable la lectura, desde la sugestiva tapa con un ojo mirón y una pregunta inquietando el fondo negro absoluto, hasta la foto de cuerpo entero del autor en la solapa de contratapa (es este un libro de solapas anchas, como los trajes de antes), todo armoniza con una obra que representa una nueva apuesta fuerte en una bibliografía que no cesa de deslumbrar.
El casero es una novela performática, de principio a fin. Se trata de ponerse la piel del villano y hasta asumir sus gustos austeros y tan cercanos a los "normales" en materia de comida (advertencia a los lectores en dieta: el pan felipe con mortadela y queso resulta contagioso), y casi cabría hablar de una tendencia de época: un tiempo de villanos en la ficción, pero sobre todo en el poder, o Vince Gilligan mismo pidiendo que escribamos sobre gente buena porque los malos lo cansaron.
Pero El casero, además de asumir el punto de vista del malvado en una tercera persona tan cercana que es casi una primera, no deja de ser una novela de Marcelo Britos (Rosario, 1970) ni de dialogar con su obra.
Y el individuo, en Britos, es siempre una gota en el mar de la Historia. Se agradece que exista aún un escritor comprometido con la memoria colectiva. Porque la casa que vigila el casero del título no es cualquier casa. Y el accionar crecientemente despiadado en que se permite caer integra un genocidio sistemático.
Es precisa cierta enciclopedia mental del lector para comprender que esos años '70 en los que está ambientada la novela son los de la dictadura en Argentina. Y que esa mujer a quien torturan los que mandan sobre el casero no es cualquiera: es una detenida política desaparecida.
Britos se agencia la moda de dar mirada propia al asesino para imprimirle un sello propio y hacer de ella una recurso de enseñanza de la Historia y de transmisión de conciencia política.
Y al mismo tiempo, y sin que una cosa esté subordinada a la otra, escribe con sutileza un relato extenso que en todo momento es muy buena literatura.
Y como toda buena literatura, El casero nos atrapa. Hay una progresión regulada en el envilecimiento del personaje. Hay un austero sencillismo en el entorno, que evoca las zonas menos exploradas y menos barrocas de la literatura del boom latinoamericano.
Y a diferencia de otras obras con malos que hablan, El casero tiene un trasfondo ético. Como diría Bajtín en su análisis de Dostoievski, el horizonte subjetivo del autor supera al horizonte subjetivo del personaje; no se queda pegado a él.
Y en esa brecha no cesan de abrirse interrogantes sobre aquello que Hannah Arendt llamó (a cuento de los villanos reales del nazismo) "la banalidad del mal".
¿Hasta dónde pude llegar un tipo común, integrado a un aparato de Estado dedicado a la matanza y el terror, cuando logra soltar lo peor de su pulsión de muerte? No hay sanción, el poder habilita, ¿entonces no hay culpa subjetiva?
La novela El casero trabaja a contrapelo del imaginario hollywoodense del mal explicado como la mera expresión de una patología individual. El casero que la protagoniza no es un enfermo sino un lumpen, un bruto, un marginal que hace una changa. Es un changarín del mal, que se identifica con sus amos y los imita en su casa.
Poner así la lupa en una subjetividad atravesada por la ideología de ultraderecha, si bien la lupa se aleja en el tiempo casi cinco décadas, es también una forma de ayudar a pensar este presente, a salir de la parálisis que nos aqueja ante su crueldad obscena.
Y la viñeta que se despliega de modo tan realista en sus páginas nos ayuda también a reflexionar sobre aquello que hoy se da en llamar "las masculinidades tóxicas". Porque en El casero es un grupo de hombres, con jerarquías bien definidas entre ellos, quienes ejercen la violencia sobre las mujeres como una manera de ascender en esa jerarquía.
Otras violencias aparecen en el relato: la homofobia desatada sobre "el hijo de la Vilma", a quien "Los pibes del barrio le dicen el palomo". O el suicida que se cuelga en su taller. breve tragedia en el relato dentro del relato que narra Delia, la esposa del protagonista: "Se colgó porque perdió el galpón. Lo tenía hipotecado. Perdió todo en pocos días...".
Sus novelas anteriores también proponen enlazar la memoria biográfica del individuo con los tiempos más amplios de la historia colectiva y ubicar a cada testigo en el vasto océano de los hechos cambiantes.
Empalme (EMR, 2010) sitúa la agonía del SIDA en el barrio popular del título durante el páramo económico y social de la posdictadura; El aserradero (UNR, 2022) rodea de un afectuoso entorno intimista la búsqueda de una biblioteca enterrada, versión ficcional de las que el autor investiga en la vida real; La Rote Kapelle (2019) transmite historia viva en la voz de un viejo que le habla al sobrino; Adónde van los caballos cuando mueren (2014) sigue a un médico del siglo XIX por las rutas de la Guerra del Paraguay.
Magister en Literatura Argentina por la UNR, Marcelo Britos tiene muchos libros publicados en novela, cuento, poesía y ensayo. Varias de sus obras ganaron importantes premios o fueron traducidas y reeditadas en otros idiomas.
A diferencia de mucha narrativa contemporánea, la prosa de Marcelo Britos cuida la descripción; se demora en el grano fino de las imágenes, y su hábil manejo del estilo indirecto libre le permite insertar una voz autoral con naturalidad. "Trató de imaginar el resto del galpón. La profundidad. Las herramientas oxidadas, baldes de lata y trapos llenos de grasa, como si todo hubiera muerto con el suicida", escribe en El casero.