En un contexto nacional donde la motosierra pretende talar casi de cuajo lo conquistado en materia de género, salud sexual y reproductiva, educación sexual integral y prevención de cualquier forma de violencia, el derecho al amor y a la maternidad en mujeres y personas gestantes con vih parece un premio no merecido.

Saberse mujer con vih es una certeza de difícil digestión social, a pesar de los avances de la ciencia y la medicina. Resulta vintage y desolador pensar que ser una joven positiva requiere, aún hoy, de un coraje autoimpuesto para salir al ruedo. En este punto vih y aborto comparten una marquesina macabra que pone el derecho al goce como el padre de todos los pecados.

Se estima que en Argentina viven 140.000 personas con vih: el 13 por ciento desconoce su diagnóstico. El 65 por ciento se atiende en el sector público.

"Se calculan 9.000 tratamientos menos en comparación con los datos que tenemos del 2023. En 2025 tendremos 15.000 personas sin tratamiento” Nos cuenta Pilar Fiad, activista de RAJAP (Red Argentina de Jóvenes y Adolescentes Positivos).

En relación a la distribución de los nuevos diagnósticos de vih según género, la diferencia es contundente: 69 por ciento varones cis, 30 por ciento mujeres cis, 1 por ciento de persons trans. Sin embargo, generalmente la estigmatización recae inapelable sobre quienes no son varones cis.

El 58 por ciento de las nuevas infecciones entre 15 y 24 años afectaron a mujeres. ¿De qué manera impacta la recepción de este diagnóstico en ellas?

Hay, en este rango etario una ebullición casi inocente, impulsiva y colorida de sueños, muchos de ellos relacionados con el posicionamiento frente a los vínculos sexoafectivos y la maternidad.

¿Cómo influye la presencia de una ETS en los proyectos de vida, aún con la certeza de que estamos frente a enfermedades crónicas y curables? ¿De qué forma la sociedad se las ingenia para coartar de manera imperativa las posibilidades de los mismos?

“Llegué a la guardia del hospital con una hemorragia intensa. Yo jamás había vivido discriminación hasta esa noche que me trastocó mucho más de lo que en ese momento pensé”, relata Pilar. “Nunca más pude relatar a nadie lo que viví: en ese instante me estaba enterando que estaba embarazada y que lo estaba perdiendo. Al informar que era positiva el trato cambió rotundamente. Pasé a ser la “sidosa” para los médicos y trabajadores de la salud. A pesar de estar capacitada, de tener toda la información, de acompañar a mujeres y personas gestantes positivas, ahí fui un ente, no pude hacer nada frente a la violencia”.

¿Cómo se duela una noticia intempestiva, en medio de un ataque feroz por parte de las personas que tienen un poder descomunal en ese instante de tu vida? El abuso de poder ejercido por efectores de salud es una lamentable constante. La Ley 26.485 contempla este tipo de violencias aunque sabemos que un proceso judicial es aún más revictimizante. Muchos también lo saben, por eso se manejan como peces en el agua a la hora de vulnerar aún más a quienes llegan a los consultorios. Antiderechos esperan con cuchillo y tenedor a sus víctimas, con la certeza de que el golpe es lo suficientemente demoledor como para asegurar el renunciamiento a cualquier acción legal que riegue de justicia el charco de sangre que dejaron ellos.

"No me preguntaron cuál era mi carga viral, no sabían y no buscaron en el registro nacional, no sabían que se puede tener relaciones sexuales teniendo vih y se puede gestar un embarazo. La enfermera que me recibió se negó a ponerme la vía de ibuprofeno que había indicado la médica. Me dijo que si yo era tan irresponsable como para ir sin preservativo por la vida seguro era mentira que hacía mi tratamiento. Impartir sufrimiento físico es el castigo, y aquí las sendas se vuelven a unir con el aborto: se negó a ponerme anestesia”. 

“Estas sidosas siempre lo mismo, se creen que somos idiotas. Hacen lo que quieren” , recuerda Pilar las palabras de la enfermera en plena pérdida de su embarazo.

Una bala psíquica implosiona en el lugar exacto donde estaba tomando forma un deseo: “La maternidad se me hizo un tema difícil después de esa situación. Para mí pensar en la maternidad es remontarme a esa noche en la que me dieron un golpe de realidad irreparable, ahí me hicieron creer que importaba más mi pareja (hombre cis y para ellos víctima de mi engaño), que mi integridad física y mental”.  

El desmoronamiento de los sueños parece no tener peso específico si la soñadora es una mujer con vih. Las enfermedades de transmisión sexual son, para la hipocresía social, la credencial de indignidad. ¿Hasta cuándo?