FLOW 8 puntos
(Letonia/Bélgica/Francia, 2024)
Dirección: Gints Zilbalodis.
Guion: Gints Zilbalodis, Matiss Kaza y Ron Dyens.
Duración: 85 minutos.
Estreno en salas de cine.
A escasos días de la entrega de los premios Oscar terminan de llegar a las salas algunos de los títulos nominados que permanecían rezagados en la cartelera local. Es el caso de La semilla del fruto sagrado y también el de Flow, la película animada del letón Gints Zilbalodis que viene pisando fuerte desde su estreno mundial en el Festival de Cannes el año pasado. El Dolby Theatre será testigo, nuevamente, de la batalla entre David y Goliat, ya que entre los otros cuatro largometrajes sin actores de carne y hueso que compiten en la selección correspondiente se encuentran producciones mainstream como El robot salvaje e Intensa mente 2, y la última aventura de Wallace y Gromit. Dejando de lado el film de la factoría Aardman, que insiste con gracia en la animación stop motion con alguna ayudita digital, las marcas de estilo de Flow no podrían estar más alejadas de los trazos y movimientos del CGI industrial.
Por el contrario, Zilbalodis crea en la simpleza de los trazos de los personajes el gesto rupturista más notorio de la película, en choque con unos fondos mucho más elaborados, aunque sin llegar el hiperrealismo imperante en el dibujo animado masivo del siglo XXI. La historia, por otro lado, también resulta simple, centrada en el concepto de aventura y la supervivencia, y se desentiende por completo de la necesidad de la palabra. Flow es una película protagonizada por animales y, si bien nadie habla a lo largo de los casi 90 minutos de proyección, las criaturas –un gato, un carpincho, un lémur, un perro y un ave, entre otros personajes secundarios– están ligeramente antropomorfizados, aunque sin marcadas proezas físicas o intelectuales. A todas luces el ”héroe” del relato, un gato negro de intensos ojos amarillos, descubre en la primera escena que el mundo que conocía ya no es tal. Sin humanos a la vista, el espectador puede imaginar, sin confirmación ni explicación formal, que algún tipo de desastre natural o pergeñado por el hombre acaba de ocurrir.
No pasa mucho tiempo y el gatito en cuestión, rodeado de figuras gatunas de diverso tamaño (¿acaso su antiguo dueño era un fanático de todo lo felino?) se ve acorralado por una gran masa de agua que invade los terrenos y los inunda. Así comienza la travesía por un mundo con algo de post apocalíptico, siempre en peligro mortal y en soledad, al menos hasta que una balsa se transforma en una suerte de pequeña barca de Noé con la más particular de las tripulaciones. En ese trance arriesgado y vertiginoso, el grupo de animales, a priori más preocupados por salvar su propio pellejo, deberá aprender a colaborar si es que desean sobrevivir a algo que se parece bastante al fin del mundo. Uno de los grandes logros de Flow radica precisamente en el equilibrio entre tonos y modos: sin caer nunca en el sentimentalismo, el relato logra conmover e incluso emocionar con justeza, y la colectivización empujada por las circunstancias nunca se siente excesivamente forzada. Los animales no son simples metáforas humanas con piel o plumas en su exterior.
Sin villanos de guardarropía, gags de salón o el típico diseño de guion de tres actos perfectamente definidos, Flow va ingresando lentamente a terrenos que abandonan la imitación animada de un concepto realista para entrar de lleno a algo más cercano a la mitología. Es el momento en el cual el nombre de Hayao Miyazaki, maestro de maestros, vuelve a aparecer en el horizonte como el de un demiurgo rector. Para cuando eso ocurre, el particular estilo visual del film ya ha ingresado completamente en el torrente sanguíneo del espectador. Tal vez no esté a la altura de un clásico moderno, pero el film de Zilbalodis logra transformarse en una experiencia fascinante, purgando de paso las pupilas de tanta animación infanto-familiar estandarizada, siempre parecida a sí misma.