BETTER MAN: LA HISTORIA DE ROBBIE WILLIAMS 6 puntos
(Better Man; Reino Unido/Estados Unidos/China/Francia/Australia, 2024)
Dirección: Michael Gracey.
Guion: Simon Gleeson, Oliver Cole y Michael Gracey.
Duración: 135 minutos.
Intérpretes: Jonno Davies, Steve Pemberton, Alison Steadman, Kate Mulvany, Frazer Hadfield y la voz de Robbie Williams.
Estreno en salas de cine.
Hay que decirlo de entrada: a pesar del mono, la película de Robbie Williams sostiene todas las coordenadas y rasgos de la típica película biográfica dedicada a una estrella de la música, con su arco de ascenso, caída y recuperación, escenas melodramáticas de autodestrucción y renacimiento y, desde luego, momentos musicales. Allí está la otra marca diferencial de Better Man, cuyas vertiginosas y alocadas secuencias de música y baile están más cerca de la inventiva de Moulin Rouge que del grueso del género en su vertiente contemporánea. Cal y arena, entonces. Y el mono, notable decisión creativa que reemplaza a los actores de carne y hueso en modo mimético por un simple pero efectivo animal digital, creado a partir de los movimientos y gestos de Jonno Davies. La voz del relato en off que enmarca el film, en tanto, es la del propio homenajeado, en una suerte de exorcismo personal que también puede entenderse como ego trip desenfadado e irónico.
Según se desprende de la información oficial, el guion fue escrito a partir de una extensa serie de entrevistas realizadas al cantante británico, y la historia levanta su cortinado durante los años de infancia de Williams. Hijo de padre con ínfulas de showman, el pequeño Robert canta junto a él “My Way” frente a un televisor que hace las veces de proto-karaoke, anticipando las glorias y también los dolores por venir. El vínculo con la madre y, sobre todo, su abuela paterna, que lo acompañará hasta la etapa adulta, y la posibilidad de participar de un casting para integrar una boy band delinean el primer acto narrativo. Para cuando tiene lugar el debut de Take That en un boliche gay, el espectador ya ha reemplazado mentalmente el rostro de Williams por el del simio creado con CGI, y las vicisitudes del protagonista pueden ser seguidas sin el efecto sorpresa que podría producir el animal. Allí empiezan los excesos personales y también el síndrome del impostor, que, al menos según se desprende de las idas y venidas del relato, acompañará al mono Williams durante toda su carrera.
Better Man sigue la lógica de la biopic a pie juntillas: del éxito de la banda juvenil a la separación, el duro hiato antes de comenzar su carrera como solista, la relación con la cantante Nicole Appleton y la transformación en súper estrella global, los impactos personales y económicos de la mano de las adicciones cada vez más espesas. El tono ligero con la cual el realizador y coguionista Michael Gracey (El gran showman) cuenta el derrotero de Williams arriba y abajo de los escenarios ayuda a contrarrestar los momentos más sensibleros, que los hay, y los números musicales –del adrenalínico “DJ” al melancólico “Feel”– suman porotos audiovisuales en el marco general. Sexo, drogas y pop es entonces el norte y destino final de Better Man, con su consabido brillo autorreflexivo cuando se observa el pasado desde un presente de rehabilitación. Nada nuevo bajo el sol, excepto el mono.