El viernes 21 de febrero --día de su cumpleaños-- falleció Abel Langer. Escribir una semblanza sobre su persona es una tarea ímproba. En mi caso imposible. Tuve el honor de conocerlo cuando Abel ya era una figura dentro de la comunidad psicoanalítica. A manera de breve tributo entonces, más dedicado a aliviar mi desazón que a su bella trayectoria, van estas torpes líneas. Evocar a Abel es convocar a la alegría, la pasión, la amistad, la polémica y la travesura. También un acicate para la agudeza. Porque Langer disponía de esa virtud que hace de la indignación o la afrenta una oportunidad para el humor punzante, el comentario y el chiste. Abel era tan honesto como irreverente. Indomable. Desde sus tempranas clases en el Hospital Borda hasta su comprometida participación en Carta Abierta. Siempre dispuesto a compartir palabras, opiniones, conjeturas. Por eso su capacidad para la polémica. Me gusta pensarlo como un enamorado. De sus amigos, de su mujer, de sus hijos, de sus historias desopilantes, de sus aventuras. Desde sus viajes por el altiplano o la Patagonia hasta las anécdotas que su oficio de librero --frente a la entonces Facultad de Filosofía y Letras-- le habían permitido transitar. Nombres ilustres, reuniones con célebres y chismes exquisitos se agolpaban en los relatos que este cronista tan sorprendente como entusiasmado no cesaba de prodigar. Su mordacidad para con los personajes venales de nuestra agitada política se transformaba en una fina sensibilidad cuando, de manera siempre cuidadosa, breve y discreta, hablaba de su práctica clínica.

Disfruté la hermosa experiencia de compartir con Abel Langer la pasión por el canto. Cumpleaños, asados, reuniones, festejos, eran siempre oportunidad para intentar alguna melodía, en especial los tangos. Abel transmitía con su cuerpo, mirada y timbre de voz el estremecimiento que esa música del Río de la Plata produce. Cantar “El ciruja” con Abel en el público era contar con esa escucha que se te hace crujido en la garganta. Saber que Abel estaba allí era --para este improvisado intérprete-- la confianza de una resonancia en el arrabal del cuerpo. Si la música canta lo que la lengua no puede decir, su presencia hacía de caja de resonancias para que el dolor se acomodara hasta hacerse poema.

Tuve la fortuna de que la presentación de Relatos para volver de la noche --un texto de mi autoría sobre la pesadilla política que hoy atravesamos--, fuese la oportunidad para una revelación en torno a la trayectoria, pensamiento y palabra de Abel. Aquel día nuestro amigo llegó temprano. Se acercó para comprarme un ejemplar. Le escribí una dedicatoria y, obvio, se lo regalé. “Gracias, me emociona”, dijo antes de sentarse y que este escriba advirtiera que una amorosa complicidad estaba por advenir. Lo cierto es que, en el momento de los comentarios, Abel pidió hablar. Sus palabras fueron sabias, precisas. Tanto que el escritor y periodista Marcelo Figueras --uno de los presentadores-- las retomó en su editorial. Abel comparó la actual situación con uno de esos remolinos que te succionan hacia el fondo como un tirabuzón. Gran nadador, precisó que la única manera de salir es en diagonal, perspectiva cuya sola mención abrió y abre puertas a la imaginación, hoy condimento tan faltante como indispensable. Precisamente El Tirabuzón llamó Figueras a su texto del domingo 8 de septiembre. Al citar el aporte de Abel, la crónica decía: “Quien habló de tirabuzón fue un señor que acababa de conocer y de quien, apenas tomó la palabra, la persona que estaba a mi lado me susurró: 'es una eminencia'”. Si, Abel Langer es una eminencia. Y utilizo el verbo en presente porque siempre está y estará allí. Eminente. En nuestros corazones.

Sergio Zabalza es psicoanalista. Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires.