Estas notas están inspiradas en mi trabajo como psicoterapeuta en una institución residencial para el tratamiento de la adicción a las drogas. Si “el principio del placer es el freno del goce”, el interés permanece, en mi opinión, en la elección del significante formación, que remite a la dimensión de una bildung no reducible a la dimensión del aprendizaje, hoy prevaleciente. ¿Hasta qué punto podemos hablar todavía de formación humana? ¿Y cuál es el papel de la familia en esta formación?

Sea cual sea el diagnóstico, nos encontramos hoy con sujetos que se presentan indefensos, privados de toda capacidad de mantenerse en el vínculo de la palabra, sin posibilidad de nombrar de manera singular su propio malestar.

Por el lado de las relaciones familiares, notamos no sólo la ausencia de una novela familiar, sino también de un horizonte histórico-simbólico que marque la relación entre las diferentes generaciones. En la mayoría de los casos, la separación del padre y la madre, así como lo que antes los unía, no es objeto de ninguna construcción fantasiosa por parte del niño. No hay diacronía, no hay inscripción en la dimensión del Otro. 

Cada uno se presenta como una mónada autogenerada. La drogadicción marca un cierre radical, un rechazo incondicional del Otro y cuanto más independiente se es del Otro, más dependiente se es del objeto tóxico.

Los padres, a su vez, demuestran que no tienen otra manera de mantenerse en la relación que mediante un control exasperado -que raya en la vigilancia carcelaria- del abuso tóxico de sus hijos. 

También dan testimonio de la angustia de sentirse impotentes para gestionar sus disfunciones pidiendo a la institución sanitaria que establezca límites. Esta petición no puede sino suscitar preguntas sobre la dificultad, a menudo admitida por los propios padres, de asumir que “no todo es posible”.

Las comunidades terapéuticas se ven obligadas a responder al mandato social (y familiar) de poner un límite al placer mortal que representan las drogas. 

Hay que advertirles, sin embargo, que no se trata de imponer un límite, sino de permitir este trabajo de formación humana que hoy se lee como anacrónico y obsoleto. En nombre del imperativo de gestión dominante, el ideal subyacente es precisamente el de la adquisición de herramientas y estrategias listas para usar.

Sin embargo, toda formación humana exige dar espacio a la posición subjetiva del ser hablante y dejarse preocupar por la ansiedad que este posicionamiento ético puede producir. 

Además, la ansiedad es también la del operador que experimenta el fracaso de los rígidos modelos pedagógico-educativos muy en boga en el tratamiento de las drogodependencias.

La introducción de la lógica del “uno por uno”, en una institución con impronta educativa, centrada en el grupo y orientada por un cierto para todos, no deja de producir efectos de inquietante extrañeza, pero esta lógica constituye hoy el rasgo más característico de la propia comunidad. 

Al discutir los casos, podemos entonces comenzar a ver que sólo fracasando en la propia misión educativa pueden ocurrir invenciones singulares, no sin haberse prestado, durante el tiempo necesario, a poner en juego, a través de la dimensión institucional, un “nosotros” que perturbe los individualismos dominantes.

 

*20 de febrero de 2025 en Familia/Institución