Entre la forma circunspecta y la parodia ocurre el milagro. Esa clase de prodigios que suceden entre las personas comunes, entre las mujeres mundanas y no entre las santas como auguran los integrantes de la parroquia.
El rumor llega cuando Monseñor Betancourt (Martín Kahan) y el padre Christian (Santiago Fraccarolli) juegan al ajedrez y Trinidad (Eugenia Aguilar) que los interrumpe entre sus clases de italiano y sus dotes de empleada doméstica, les cuenta que hay una joven que pone huevos como una suerte de milagro pagano que hace tambalear la institución de la fe.
Esa iglesia de pueblo a la que ya nadie asiste, está al borde de la revuelta. La gente toma las iglesias de los pueblos aledaños reclamando por ese pedazo de cielo que le prometieron mientras La Ponedora (Ananda Li Bredice) les ofrece huevos reales, un alimento rápido y gratuito que sucede desde las entrañas de una bella joven que pasa sus días en un prostíbulo.
De este modo La ponedora. Último milagro, con dirección y dramaturgia de Ana Lucía Rodríguez recrea, sin ánimo de realismo sino motivada por una actitud satírica, un pasado no muy lejano donde todavía se usaban máquinas de escribir y donde comenzaba el auge de las iglesias evangelistas a cargo de pastores brasileños. Esa religiosidad histriónica que vuelve aburrida la rutina de esos párrocos machistas y ceremoniosos los obliga a cierta dramatización. Ellos van a recurrir entonces a Trinidad como una especie de contrincante de la Ponedora, otra joven bella que ensaya las artes de la persuasión y que también se propone escenificar un milagro, asistida por un personaje atolondrado y torpe, a cargo de Gastón Frías, prototípico de las comedias.
Entre las dos mujeres, La Ponedora y esa mujer vestida de blanco, como una especie de novia virginal encarnada por el personaje de Trinidad (la virgen/santa y la puta) se manifiesta la figura de Evita como referencia actoral, como personaje dramático al momento de hablarle al pueblo. El problema es que en la fábula creada por la iglesia hay simulación (más allá de que Trinidad admite emocionarse en los ensayos), el engaño tiene como fin disputarle los fieles a La Ponedora frente a los fallidos intentos de acercarla a la institución religiosa. En cambio, en el caso de la Ponedora hay una verdad que se impone por pura reivindicación de un pueblo representado aquí por las prostitutas. El personaje de Mónica (Rocío Saldeña), suerte de Madame del prostíbulo que se autodefine como la madre de La Ponedora, viene a reivindicar o directamente a vengarse del desprecio que sufrió de parte de esos curas que se incomodan y excitan frente al escote que la mujer esgrime con prepotencia y orgullo.
Hacia el final las actuaciones, especialmente en el caso de Ananda Bredice y Rocío Saldeña juegan con la arenga política y la referencia cercana al hablar de “huevos para todos y todas”.
El tono lanzado del texto y el modo en que el elenco responde comprendiendo perfectamente bien el código, desafía la territorialidad y la demarcación de la anécdota.
A nivel temático el cuerpo de La Ponedora parece invocar la idea de mutación, de mezcla, de animalidad desde una dimensión tan divina y mágica como concreta. El milagro es aquel que puede resolver en la forma de un huevo una satisfacción tan simple y esencial como comer, llevarse a la boca un alimento que surge con la naturalidad de la magia y se ofrece sin que nadie pueda impedirlo, por obra y gracia de la naturaleza que parece haberse equivocado de cuerpo.
La ponedora. El último milagro se presenta los viernes a las 20 en Espacio Callejón.