Existe aún hoy la idea de que Adolfo Alsina fue un ministro de guerra pasivo. Alguien que no supo plantear eficazmente el “problema del indio”. La crítica se resume generalmente a su idea de realizar un foso faraónico de 700 kilómetros a lo largo del sur de la provincia de Buenos Aires. Al ícono absurdo de aquella obra que aún pervive en el imaginario la oposición la llamó con desmedro “La zanja”.

No obstante, las victorias de Levalle, Vintter y Villegas se realizaron bajo las instrucciones de Alsina. En lo relativo a lo militar el ministro, no solo emprendió la “zanja”, realizó un monumental tendido de telégrafos, redes ferroviarias, a la vez que equipó al ejército con armamento moderno, a lo que se añade su actitud de atacar cuando vio la oportunidad. La “zanja”, tan criticada en su momento por el propio Roca, fue un elemento efectivo para que los indios no pudiesen retirar el producto de sus incursiones: vacunos y caballadas. Aquella extensa excavación fue un elemento de atrición para las tribus que se entregaron famélicas al ejército en los meses posteriores.

El ministro, en su lecho de muerte, y en medio del delirio, revisaba en su mente los movimientos de las tropas bajo sus órdenes: “Sí García en Guatraché; Freyre en Guaminí, Levalle acá. ¡Ni uno debe haber escapado! “Era sensación generalizada —nos dice el historiador Isidoro J. Ruiz Moreno— que [Alsina] sería el próximo primer magistrado de la República”; pero Alsina falleció el 29 de diciembre de 1877 a la edad de 48 años a causa de una insuficiencia renal. Unas semanas después sus generales anunciaban las derrotas de Namuncurá y Catriel. Dejaba así abierto el camino al Río Negro y a la presidencia de su sucesor.

Lorenzo Deus fue atrapado por los indios en las afueras de Rosario en 1872. Tres años más tarde, con 12 años de edad, sus captores lo hicieron participar en el Malón Grande de 1875. Tiempo después, reintroducido a la sociedad cristiana, escribió unas breves memorias donde dejó testimonio sobre los efectos de la criticada “zanja de Alsina”, esa especie de muralla china a la inversa que atravesó gran parte del sur de la provincia:

“El sistema que puso en práctica el doctor don Adolfo Alsina […] en 1875, estableciendo una línea de fortines a la altura de las regiones de Carhué, Guaminí, Puán, Vuchaló, Trenque Lauquen, etc… ha sido la más acentuada de las ideas que se pueda haber concebido para reducir por hambre a los indios y sin efusión de sangre. Después de mediados de 1876, los indios no se animaron a invadir […] Después de dicho año los indios entraron en una situación decadente por falta de alimentos y por su completa desmoralización, que fue cada vez aumentando más la ruina hasta que se iban comiendo los pocos animales que les quedaban, al punto de que se quedaban de a pie […] entre ellos se robaban hasta los perros flacos para carnearlos […] recurrían a los cueros viejos de los techos de los toldos y algunos lazos y correas, los cuales hacían hervir hasta que se ponían blandos como gelatina […] A fines del año 1877 cuando ordenó el doctor Alsina el avance del ejército hasta la guarida de los indios, estos se rendían cuando eran sorprendidos o alcanzados, sin pelear. A mi juicio el Dr. Alsina, a quien no tuve el honor de verlo por haber ya fallecido cuando yo fui redimido, ha sido el genio ideal de la expedición al desierto por la forma en que encaró, es decir trazando la línea de fortines a fin de reducir por hambre a los indios para que se entregaran por necesidad. De otra manera que se hubiese emprendido hubiese fracasado la expedición.”

El libro “Episodios militares” que el militar catamarqueño José Daza publicó en 1912, incluye varios relatos de su participación en la Conquista del Desierto. Daza enumera los peligros y dificultades de la empresa: la inclemencia del clima, la escasez de elementos indispensables para poder subsistir, la presencia del indio “que en todo tiempo se ha hecho respetar y temer”, pero reconoce que el peor enemigo de aquel entonces, bajo la guía de Julio Argentino Roca, era algo aún más temible que el salvaje: “aquello que se llama –nos dice Daza– administración militar.”

Así comienza su relato este capitán de caballería. El peor enemigo no es el indio, sino la administración, para ello Daza elige y recluta para la campaña al desierto a los mejores soldados, aquellos jóvenes que están física y mentalmente preparados para enfrentar, por sobre todos los avatares, el despropósito estatal.

Llama la atención desde el punto de vista militar que Julio Argentino Roca haya iniciado su breve campaña del Desierto a fines de abril de 1879, exponiendo a seis mil soldados al crudo invierno patagónico. Para ese entonces los militares bajo el mando de Alsina habían atrapado alrededor de diez mil indios y Namuncurá con los pocos indios de lanza que le quedaban se retiraba a la cordillera.

Según Félix Luna, la revelación de Roca sobre como ocupar el Desierto se dio una noche de invierno de 1873 en el “Hotel de France” de Río Cuarto. Durante una cena con unos amigos el entonces teniente coronel entró en la cocina para dar unas indicaciones y se halló con una italiana amasando la pasta para los tallarines. Ver el palo de amasar sobre la vasta pasta –una especie de Salinas Grandes en escala– llevó al militar a delinear su futura estrategia militar: “un rodillo que pasara implacablemente por la superficie a conquistar […] cinco o seis divisiones rodando coordinadamente para que la pasta quedara blandita, dispuesta a convertirse en lo que nosotros quisiéramos”.

Roca partió de Buenos Aires hacia el Desierto el 19 de abril de 1879 al son de las campanas de las iglesias. Su plan fue avanzar en tren hasta Azul, luego en volanta hasta el Río Negro, celebrar el 25 de Mayo en Choele-Choel, sacarse una foto con su plana mayor, la cual sirvió de modelo para el famoso cuadro de Juan Manuel Blanes, y regresar en barco a Buenos Aires para el 9 de julio. Su incursión personal al desierto le llevó alrededor de dos meses y medio. El 17 de julio celebró su cumpleaños, y el 18 –todo preparado– realizó un gran convite para dos mil personas en el Politeama Argentino en donde se insinuó su futura candidatura a presidente entre los concurrentes. El 8 de octubre renunció a su cargo de ministro, el 17 de noviembre oficializó su postulación. “Se podría decir –nos dice el poeta Bartolomé Galíndez– que Roca colgó en él [Politeama] sus charreteras, recién doradas por una gran victoria, y miró con una sonrisa el sillón de los presidentes argentinos.”

Roca llegó a Choele-Choel el 24 de mayo y al día siguiente celebró un Tedeum en homenaje al 25. Antes de regresar a Buenos Aires para celebrar su cumpleaños el Ministro de Guerra en Campaña decidió fundar el pueblo “Nicolás Avellaneda” en honor al presidente. En su discurso de inauguración vaticinó que nuevos pueblos, como este que fundaba [a la manera de la bandera de Estados Unidos] “serán nuevos Estados que vengan a aumentar estrellas en el escudo de la Patria”. El porvenir del pueblo duró alrededor de dos semanas.

El capitán Daza cuenta que para la elección del lugar Roca recurrió a la comisión de sabios que lo acompañaban, el ingeniero francés Alfred Ebelot y los botánicos y zoólogos alemanes Paul Günther Lorentz, Gustav Niederlein, Adolf Döring y Federik Schulz. Los facultativos, conocidos por los soldados como “los gringos adivinos”, eligieron en el mismo valle “la zona situada entre el río principal, que corre al naciente, y el arroyo del Salado al norte, que nace de una bifurcación del mismo río”. De nada sirvió que un indio viejo les advirtiera a los sabios del riesgo que cada tanto suponía la creciente del río. Colocaron la piedra fundamental y realizaron una solemne ceremonia en la que “hicieron uso de la palabra los generales Villegas, Cerri y otros”.

El 17 de junio —cuenta el capitán Daza— comenzó la inundación: “el río se había abierto en una corriente vertiginosa de 15 cuadras de ancho. El ejército acuciado por el hambre debió recurrir a nadadores correntinos que “pescaban” caballadas muertas en el torrente. Se hicieron parapetos con enramadas y barro con la esperanza que el agua no cubriera al ejército. Algunos soldados, acuciados por el espacio, debieron dormir sobre un pantano, en medio de la caballada muerta, cuyo hedor hacía al lugar insoportable.

“Parecía adrede —nos dice Daza— en toda la zona en donde los sabios habían elegido para los grandes boulevares, ordenándome hiciera el trazado a medio rumbo, de modo que los futuros grandes edificios a erigirse fueran bañados por la luz y el aire, allí encontramos, en montones, ganado ahogado de toda especie. […] Al pasar por la plaza que hacía pocos días habíamos inaugurado pronunciando elocuentes discursos, y no obstante estar situada en la parte más alta del valle, encontramos allí cerca de doscientos toros muertos y empantanados.

A los pocos días una bajante permitió salir a las tropas del general Villegas y las familias que lo acompañaban. Unas horas después el nivel de las aguas volvió a subir cubriendo la corriente por completo el terreno donde se habían mantenido a salvo hasta hacía poco. El capitán Daza lamentó que no haya estado presente “el general Roca y sus sabios” cuando sucedió la creciente.

Domingo Faustino Sarmiento, que aún tenía ilusiones de ser elegido nuevamente presidente, escribió en El Nacional: "Lindos los generalitos del día, que dejan todo un ejército sobre las resacas del caudaloso Río Negro a merced y capricho de las olas".

La balsa de Villoldo no es una conjunción de “La balsa” de Los Gatos ni del “Choclo” de Villoldo, sino de la balsa del teniente Manuel Villoldo, una de las crónicas más increíbles de la historia militar argentina. La creciente del Río Negro había separado del cuerpo principal a un destacamento de 40 soldados del 1º de Caballería al mando de este olvidado teniente. Rodeado por el agua y sin posibilidades de salir, mandó a construir en la parte más alta un gran enrame de árboles talados. Los soldados aseguraron unos a otros con sogas y tientos de cuero, y arriba de estos apisonaron un terraplén hecho de paja y barro. Al improvisado proscenio lo ataron a los árboles más robustos de alrededor. El teniente almacenó leña, carneó cuatro vacas y “colocó toda la provisión en su barco de ramas y resaca, sin descuidar las leyes del equilibrio […] Con la creciente, su campamento flotante se elevó sobre las aguas arriba de los dos metros, y así Villoldo sobrevivió como un viejo Noé en ese monte Ararat que se llama Choele Choel”. 

Cuando bajó el río, tropas y familia pudieron abandonar a salvo el pueblo fundado por Roca en homenaje a Avellaneda, al que el capitán Daza nombra con ironía “el lugar del pueblo elegido”.