La poesía encierra una hipótesis de representación que puede aliarse con la forma dramática. El poema pide ser dicho, demanda un cuerpo porque es un material que se sustenta en la oralidad.
El ritmo del poema necesita ser interpretado por una voz. En el espectáculo Instalaciones dramáticas para una poesía hay una búsqueda de la teatralidad del poema a partir de cuatro intérpretes que asumen una sucesión de los textos. La estructura conserva la síntesis del poema, la característica de evitar cualquier desarrollo para quedar impregnado de una imagen como si se tratara de la captura de un instante.
Sol Pavéz como directora realiza un trabajo dramático a partir de un conjunto de poemas que dialogan entre sí, que manifiestan cierta afinidad o referencias comunes. Hay algo del orden de lo coloquial, de una poesía no lírica que vincula a poetas surgidas en los años noventa como Verónica Viola Fisher y Laura Witner donde se expresa una estética más liviana y espontánea con una autora como Diana Bellessi, suerte de maestra e inspiradora de esa generación, más allá que su estilo manifiesta cierta densidad y una potencia más contundente, con autores de los sesenta como Alejandra Pizarnik (influencia de buena parte de la poesía de la últimas décadas) y Oliverio Girondo que con su impronta de la anti poesía abrió la posibilidad de emparentar el poema con la forma dialogada.
De este modo las actrices que asumen estos materiales, por momentos entrecortados, donde los fragmentos se continúan en escenas separadas o recaen en una u otra intérprete como ocurre con el poema Cadáveres de Néstor Perlongher, se alejan de cualquier estridencia y experimentan los modos de decir y habitar el poema. Mariángeles Bonello, Natalia Casielles, Micaela Cortina y María Vives parecen estar situadas en un lugar imaginario, puramente ficcional gracias a la escenografía pensada por Pavéz que funciona como una construcción plástica, como una instalación visual o como una pequeña casa infantil que a las actrices les permite transitar un mundo alejado de la literalidad, un universo puramente poético.
Más allá que los textos de las escritoras y escritores argentinos (la lista se completa con Alejandro Berón, Celeste Diéguez, César González, Susy Shock y Juano Villafañe), se convierten en pancarta , en carteles, en escritura dibujada en los cartones que pueblan la escena. El vestuario de María Vives hace de las intérpretes una suerte de artistas de atelier con esos overoles alegres, pintados, enteritos que remiten a un trabajo plástico pero que también las iguala, como si estuvieran comunicadas a partir del no lugar de la poesía.
El poema, especialmente cuando surgen los textos de Susy Shock y César González, tiene el impacto político de una palabra que puede asociarse con la realidad más cercana. Lo mismo sucede con el poema Cadáveres de Perlongher que en esa enumeración sincopada y brutal parece rastrear en la historia y en el presente todas las imágenes de la aniquilación. En las cuatro actrices la poesía siempre va a un lugar vital, diáfano, donde la imaginación es una instancia sensible que surge de la posibilidad de hacer de la palabra una experiencia compartida.
Instalaciones dramáticas para una poesía se presenta los sábados a las 20:30 en Ítaca Complejo Teatral.