Esa pasión por la ignorancia puede ser inclusive más pasional y apasionada que el odio mismo, ya que cuando (voluntaria o involuntariamente) se la pone en evidencia, en el otro, desata tempestades de furia, cataratas de antipatías, dado que ello desnuda la falta constitutiva, estructural, del sujeto humano. 

Esa pasión, la ignorancia, se nutre de la certeza y desestima toda duda. Nada quiere saber aquel que está convencido de saberlo todo. La posibilidad de saber desata el pánico al saber. Es que lo no sabido siempre es infinito, es decir, no podemos reunir en un conjunto el todo de los significantes. De ahí que las bibliotecas no dejen de evocar en un punto algo de lo siniestro, como en el cuento de Jorge Luis Borges “La Biblioteca de Babel”

El odio y la pasión por la ignorancia cortocircuitan el lenguaje y hacen fracasar la palabra. El enojo o el insulto pasan entonces a ocupar el lugar de la discusión o el debate. En esa dirección van esas lamentables frases como, por ejemplo: "es así porque lo digo yo", "lo aprendí en la universidad de la calle", "tengo la escuela de la vida", "está lleno de burros con título", etc. El practicante de la mencionada pasión, en su indestructible convencimiento, en su infranqueable certeza, corta camino, arriba a conclusiones apresuradas, desprovistas de toda fundamentación y verificación, y, aun cuando luego los datos de la realidad desdigan las versiones iniciales, prosigue sosteniendo su férreo auto-convencimiento. 

En la película La Aldea (2004), del director M. Night Shyamala, una de las protagonistas, no obstante enterarse de que los monstruos que asedian en los bosques de los alrededores de la aldea no existen, sino que son meros simulacros, luces, disfraces creados por los amos del poblado para mantener cohesionados a los habitantes y disimular los conflictos internos, igual les habla, les ruega, les pide que la dejen salir a comprar medicamentos para su amado. 

Es decir, necesita mantener la creencia, el convencimiento imaginario que justifique, por ejemplo, sus frustraciones y neurosis. Muchas veces ni las investigaciones más serias, ni los dictámenes de los mismos jueces que imputaron a alguien por un delito y que finalmente lo sobreseen, ni los datos de la realidad más evidente y tangible, logran desarmar la creencia imaginaria. En estos casos nada se quiere saber de lo que ya se sabe. 

En esa dirección van, por ejemplo, las frases congeladas, los sintagmas cristalizados, que no se dialectizan ni se articulan en una cadena significante y que el sujeto repite a perpetuidad. Sería inútil pedirle a alguien imaginariamente auto-convencido más detalles y precisiones, más información o fundamentos de su decir. Sólo se limitaría a repetir la incansable frase, vertida anteriormente innumerables veces por las usinas mediáticas colonizadoras de la subjetividad. 

Cabe aclarar sin embargo que la pasión por la ignorancia suele apasionar también a muchos “ilustrados”, ya que en definitiva no sólo se trata de ausencia de conocimientos, sino del no reconocer una falta estructural y no admitir que el saber es “no-todo”. Lo opuesto a la clausura mental generada por la pasión aludida, es el afán de investigación de los niños. Por eso, nunca habría que dejar de tener seis o diez años de edad, aun cuando se tengan setenta u ochenta. Felizmente, la curiosidad y el asombro ante el mundo se llevan muy mal con la pasión por la ignorancia. 

En realidad, la pasión por la ignorancia, propia del rebaño, se nutre de sentencias imperativas que le llegan al sujeto desde las paredes como al psicótico (la certeza es propia de la psicosis, así como la duda lo es de la ciencia). En el caso de la pasión por la ignorancia, el mandado irrestricto viene hoy desde los muros de las pantallas televisivas o las redes sociales que colonizan las mentalidades y ordenan a sus acólitos lo que deben decir, o, mejor dicho, repetir al unísono. No hay ahí reflexión, sino obediencia. Esta pasión ha calado actualmente tan hondo en el espíritu de los ciudadanos que creen que no hay que informarse o que es suficiente hacerlo por uno o dos canales televisivos o sólo a través de las redes sociales de Internet. Es curioso observar cómo, a medida que crece la inteligencia artificial, disminuye la inteligencia cultural, la capacidad de discernir entre los datos, seleccionar, articular un pensamiento lógico. 

Para los practicantes de esa inconmovible pasión, la duda es una jactancia innecesaria y la rectificación de un pensamiento constituye un signo vergonzante. Y si la realidad los desdice, como siempre, recurren a los pseudos justificativos y excusas y apelan a las repetidas sentencias: “desde que el hombre es hombre”, “la culpa del actual desastre es enteramente de los gobiernos anteriores”, etc. En síntesis, sospecho que el país está atravesado por esa pasión que atañe a todas las ideologías y estamentos sociales. 

A la pasión por la ignorancia le agradan los reduccionismos, las posiciones taxativas, las sentencias irreductibles, el prejuicio, los simplismos del pensamiento. Aseverar, por ejemplo, que la música del noroeste argentino no es música argentina, como sostuvo hace algunas semanas un diputado nacional, o que el charango (el “charanguito” como despectivamente lo menciona) no forma parte de los instrumentos musicales del país, es una aberración. 

El diputado en cuestión olvida todo el acervo cultural y musical de las regiones y que el charango, la caja, las flautas, la quena, el erque, el siku, etc., constituyen instrumentos fundamentales en los ritmos tradicionales del noroeste argentino desde la época de la colonia. Por supuesto que olvida también el mestizaje, la evolución de la lengua, la presencia del incario en una parte importante de lo que es hoy el territorio argentino, los aportes de las lenguas indígenas al español, las mixturas culturales, etc. Pero nada quiere saber quien cree que lo sabe todo, y, aun cuando algo sepa sobre el tema, lo niega. 

En conclusión, hoy la pasión por la ignorancia da prestigio, se luce, se ostenta, se muestra, se vanagloria, es prepotente, da "chapa", se proclama, sin pudores ni ambages.

*Escritor y psicoanalista