Se dice que fue Martín del Barco Centenera (1535-1605) y su poema La Argentina o la Conquista del Río de la Plata quien dio con su obra el nombre a la Argentina. Centenera, es de observar, fue vicario en aquella ciudad de La Plata, hoy llamada Sucre, en Bolivia. Su importancia, y los discretos homenajes que se le hicieron a su persona, están dados principalmente por ser el autor de un título que prendió en el imaginario de nuestra futura nación. Pero el extenso poema no solo trata de la conquista de la Argentina actual, sino también del Perú, Bolivia, Paraguay, Chile, Uruguay y parte del Brasil. Como obra literaria el poema deja bastante que desear, y del Barco Centenera como persona pareciera que también. Para ser el poeta que otorga su título a un país independiente se le acusa de haber ayudado desde su vicariato a sofocar un levantamiento de criollos en las ciudades de Asunción y Santa Fe. También se dice que trataba a sus vecinos de judíos y moros y aprovechaba su cargo para ajustar cuentas personales. Se lo acusó de ebriedad, de usura, de comercio, de relaciones con mujeres casadas y finalmente la Inquisición lo inhabilitó para el ejercicio de su cargo.
La Villa Imperial del Potosí, proyección de los deseos españoles hechos realidad, creció de manera acelerada. De sus 75 habitantes iniciales, en apenas 18 años ya contaba con 120.000, un número similar al de Londres y superando ampliamente a la mayoría de las ciudades de Europa. Más de la mitad de su población eran indígenas –unos 65.000– obligados al trabajo de minas y desplazados junto con sus familias; les seguían en número los criollos, 35.000, más 7.500 españoles y 6.000 esclavos negros. La ciudad estaba dividida por un extenso río artificial al que llamaban La Ribera. Nacía en la laguna Chalviri y del embalse construido para llevar agua a los hornos donde fundían el metal. La Ribera se había realizado sobre canales de piedra, madera y tierra y el mismo servía, al igual que los ríos naturales, de división política. De un lado vivían los indios, del otro los españoles.
En 1626 la villa fue arrasada cuando cedió por la fuerza del agua acumulada en San Idelfonso, una de sus tantas represas. Esta destruyó 14 barrios del lado indígena lo que preocupó sobremanera a los capitanes de minas que ante el accidente perdían su mano de obra. Las dos horas que duró la inundación destruyeron la mitad de la ciudad, arrasando 800 casas y 2000 almas. El padre franciscano Diego de Mendoza atribuye el desastre a la codicia. El corregidor de la Villa, don Bartolomé Astete de Ulloa, quería mantener llenas las presas para el refinado del metal, pero el vallado se “desportilló”. El agua no encontró resistencia a su paso y los pobres tajamares hechos de paredes de césped, piedra y barro fueron arrancados y empujados hacia la población junto a las maquinarias de ruedas, ejes y mazas. A pesar del desastre, nos dice un corresponsal, “en un año estuvieron los ingenios corrientes y molientes y mejorados en su fábrica”, además del reemplazo urgente y necesario de mano de obra.
El historiador Vicente Quesada nos dirá sobre aquella población minera:
“…se servían sin piedad de los indígenas reuniendo el metal regado por las lágrimas y la sangre de aquellos desgraciados. La imaginación no alcanzará jamás á concebir la cruel realidad de aquellos días de pesar profundo y terrible prueba para los súbditos del Inca. La muerte los amagaba por todas partes; morían por el exceso del trabajo, morían por no descubrir tesoros que los conquistadores suponían ocultos, morían por huir de aquellos blancos, feroces y crueles”.
El propio cronista del Potosí, don Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela (1674-1736), expresará en estos términos la situación de los indígenas:
"De suerte que no pudiendo los naturales tolerar aquella sinrazón, los más se fueron á las remotas provincias del Perú, á vivir entre aquellas incógnitas naciones sin fe ni conocimiento del verdadero Dios. Otros se quitaban las vidas con sus mismas manos; otros se remontaban de cincuenta en cincuenta, y de ciento en ciento, y se escondían en las quebradas y grutas de los montes, con sus mujeres é hijos, y allí morían de hambre; otros quedaban con los españoles, hechos esclavos sin razón, ley, ni caridad; pues no eran habidos por derecho de la guerra, que las más de las provincias se les dieron gratuitamente; y ellos las tiranizaron de tal manera que no hay que lo pueda significar. Por lo cual se puede decir seguramente que aquellos españoles no conquistaron el Perú, sino que todo lo redujeron á tiranía".
El bioquímico español José Rodríguez Carracido (1856-1928) no estaba de acuerdo con los conceptos de Arzáns de Orsúa y Vela, ni con los de Quesada. En 1892 elogiaba al Virrey del Perú en una conferencia dictada en Madrid, asegurando que: “el diligentísimo D. Francisco de Toledo, modelo de gobernantes, redactó inmediatamente las Ordenanzas que regulaban el trabajo de los indios, con espíritu tan humanitario, que no se comprende la injusticia de los historiadores que las acusaron de codiciosas y crueles. ¿Qué mayor dulzura en las relaciones de conquistadores á conquistados que pactar con los caciques de las provincias mitarias el servicio de las minas y dividir á los indios inscriptos en tres grupos, para que turnasen por semanas? ¿Con qué fundamento se llama codiciosa á una legislación que garantiza á cada obrero un descanso de ocho meses por año? […] El calor con que muchos caciques y aun cacicas pedían permiso á las autoridades para dedicarse con sus familias y servidores al trabajo de las minas, prueba de modo irrecusable que los indios no odiaban este género de labores como algunos afirmaron; pero aun suponiendo que este odio existiese por mortificar los inveterados hábitos de su vida vagabunda, ¿con qué derecho se acusa á quien suavemente se propone educar al indisciplinado? Con este criterio, todos los padres que aspiran desde la infancia de sus hijos á convertirlos en hombres útiles son unos tiranos”.
Según el historiador Alberto Crespo Rodas (1917-2010) los indígenas ingresaban a las bocaminas el lunes y permanecían allí hasta el sábado. Se les permitía salir los miércoles para una comida caliente. Dentro de las minas se trabajaba con velas de cebo, lo que provocaba que el aire fuese aún más escaso. El sistema de trabajo impuesto por el mencionado virrey imitaba aquel del imperio incaico. Implicaba el tributo de trabajo sobre las etnias que vivían bajo el territorio de los conquistadores. Los hombres entre 16 y 50 años debían servir en las minas en grupos que se rotaban regularmente. Recibían una paga mínima por parte del propietario de minas y sus comunidades de procedencia estaban obligadas a alimentarlos.
El padre franciscano Diego de Ocaña (1565-1608) describe las casas de los indios de Potosí como “pocilgas”: piedras puestas con un poco de barro y un poco de paja como techo, los cuales eran tan bajos que no se podía estar de pie. No tenían camas y dormían sobre el suelo.
Los hidalgos españoles –a la par del bioquímico Rodríguez Carracido– veían a los indígenas como indolentes y perezosos necesitados del trabajo obligatorio como un modo de moralizarlos. Desde Cuzco a Potosí eran llamados a la mita las provincias de Quispicanches, Canas y Canches, Azángaro y Asillo, Cabana y Cabanilla, Chucuito, Paucarcolla, Omasuyos, Pacajes, Sica-Sica, Carangas, Paria, Chayanta, Porco y Chichas. Los convocados viajaban con sus mujeres e hijos, lo que hacía del llamado un éxodo de unas 60.000 personas, obligadas muchas veces a recorrer a pie un camino de mil kilómetros de montañas. En principio, los mitayos convocados debían servir en la mina durante cuatro meses y en ciclos de 7 años, pero la gran mortandad y la deserción, obligaba a los que quedaban a trabajar en turnos cada vez más frecuentes. En consecuencia, la ciudad estaba colmada de etnias diversas: Canas y Canches, Collas Urcosuyo, Collas Omasuyo, Lupacas, Pacajes Urcosuyo, Pacajes Omasuyo, Carangas, Quillacas, Soras, Charcas y Caracaras.
Garcilaso de la Vega comenta que los indios eran tantos y de tantas partes que solo un afamado loro era capaz de reconocerlos. El pájaro era tan locuaz y observador que: “a los indios e indias que pasaban por las calles les llamaba por sus provincias a cada uno de la nación que era, sin errar alguna, diciendo colla, yunca, huairu, quechua, etcétera, como que tuviera noticia de las diferencias de tocados que los indios en tiempos de los incas traían en las cabezas para ser conocidos”.