Voy por una costanera en auto con Lila. Ella maneja. Es un mediodía de sol y el agua se extiende a nuestra derecha bordeando la ruta, que corre sobre una barranca. A mi izquierda están los rulos espesos de Lila; a mi derecha, el espacio. Desde mi asiento de copiloto, donde existo en este sueño como mero testigo, me abismo en el paisaje. Lila solo puede verlo de reojo, la vista al frente en el camino. Necesita hablar, y habla. Sin soltar el volante, con su voz potente de actriz de tragedia, Lila se lamenta del mal estado de las cuevas que están debajo de la barranca. Las han abandonado y todo podría desmoronarse. Empiezo a pensar un cuento que comience con esta escena. En mi cuento, Lila es opositora al gobierno totalitario que nos oprime y que tiene a sus soldados esperándonos en el retén de la costanera.

¿Están esos soldados y ese retén al acecho, amenazándonos desde un punto futuro de esta única ruta, por la que tenemos que bordear la costa sin desviarnos, sin detenernos? ¿O los puede haber inventado mi miedo? O puede que existan, más allá de mi sueño, y que este sueño en el que ahora estamos forme parte de mi esfuerzo creativo, inconsciente, por conjurar el inclaudicable terror. No sé, no recuerdo. Es una zona terrorífica y confusa.

En mi cuento, Lila se esconde en la red de cuevas bajo la barranca y logra evadir el retén, pero además queda viviendo ahí fuera de la sociedad.

No he escrito el cuento. Lo tengo en mi cabeza. Lo tengo que escribir cuando nos detengamos, si eso fuese posible, y luego se lo mostraré a Lila.

Pienso que tengo que agregar en mi cuento, por el bien de Lila, que esas cuevas tienen salida porque son los antiguos túneles del contrabando. Pero se me mezclan los conceptos de cueva y de túnel y no sé cómo seguir.

El sueño tampoco sigue. ¿Llegamos al retén? ¿Nos detienen allí?

Puedo seguir inventando. Ya es casi mediodía en el mundo físico.

Tengo aquí un cuerpo sólido, que transpira para aliviar el calor. Tengo dos manos, que mi cerebro guía con precisión por el mapa del teclado para que la máquina vaya produciendo exactamente las letras que forman las palabras que necesito decir. ¿Necesito decirlas? ¿Quién, quién necesita realmente estas palabras? Yo lo que necesito es sentir que mi cerebro todavía controla con puntual precisión el tecleo de mis dedos. Y esta congruencia me saca del mundo, me arma un pequeño mundo aparte, donde somos nada más que mi cuerpo, la máquina y mi casa alrededor. Mi gato duerme echado a mi derecha junto a la ventana que se abre al paisaje.

Lo mejor de este paisaje es que tiene verde y un cielo. La ventana es lo suficientemente grande como para que el paisaje sea una presencia. Esto me tranquiliza. No volveré al sueño, al menos en lo que resta del día. En el sueño, no tengo un cuerpo tan definido. Tampoco podemos elegir, ni Lila ni yo, si vamos o no vamos hacia el retén. Es un ir inexorable, al encuentro de la amenaza. Los atajos que pienso para mi cuento son lo único que se me permite inventar, pero fracasan. ¿Qué es una cueva? ¿Qué es un túnel?

Un túnel tiene salida, una cueva no. Se puede vivir en una cueva, pero no en un túnel. Mientras Lila se lamenta del peligro de derrumbe, trato de imaginar un camino que una la costanera con los túneles. Sí, van a ser túneles los de mi cuento. No cuevas. Los túneles del contrabando recorrían la ciudad por debajo y permitían que los contrabandistas salieran al puerto.

En un puerto hay barcos. Un barco bien podría llevarla a Lila, a la Lila de mi cuento dentro del sueño, a otro país más libre, sin retenes. Temo que eso sólo sea posible en la realidad de mi cuento dentro del sueño, más evanescente y maleable aún que el sueño mismo. ¿Qué revolución lidera Lila en mi cuento? Tendré que decir algo de esto. ¿Será creíble? ¿Tendrá efectos en el mundo físico? Por ahora todo lo que hago es escribir y sudar.

No tengo televisor. Si lo tuviera, estaría encendido en el noticiero del mediodía. Suena el timbre. Es la vecina. Ella sí tiene el televisor encendido. Le abro la puerta. Entra. Se asombra de encontrarme en mi casa. Cruzo los pocos metros de palier que separan las dos puertas, entro a su casa y miro. En el noticiero muestran el retén, el grupo de soldados, la luz del mediodía sobre la costanera, cómo los soldados rodean un auto negro detenido. Veo a dos mujeres que bajan del auto. Una de ellas, la que baja desde el asiento del conductor, tiene una cabellera espesa, llena de rulos, y se queja en una voz potente de actriz de tragedia. La otra soy yo. Soy yo y en mi cabeza estoy escribiendo un cuento, un cuento en el que estoy en mi casa escribiendo un cuento inspirado en un sueño que tuve anoche. Mi yo del noticiero trata de escapar del retén, buscando un camino que conduzca a uno de los túneles del contrabando: un túnel que llegue al puerto, un puerto donde me esté esperando un barco. Sigo viendo el noticiero. Las cámaras ya no me toman. Lila también ha desaparecido. Sé que viene conmigo. Sé que hallamos el camino, que hallamos el túnel, que hallamos el puerto, que hallamos el barco y zarpamos, huyendo, hacia otro país más libre, sin retenes. En el noticiero, los soldados tiran tiros al aire con toda su furia.

La cámara se apaga. La vecina adopta a mi gato y cierra la puerta.