El miércoles 26 de marzo pasado tuve la oportunidad de conversar con tres mujeres de Paraguay encerradas y aisladas, por orden del Ministerio de Justicia del actual gobierno naciona de ese paísl, dada su presunta pero injustificada peligrosidad, desde mediados de octubre pasado, en la cárcel de varones de Minga Guazú, que alardea de ser un “centro de reinserción social” por el camino –imposible– del punitivismo extremo. Carmen Villalba, Laura Villalba (su hermana) y Francisca Andino padecen condiciones inhumanas dentro de un régimen especial improvisado para ellas, al que fueron sumando otras diez mujeres excluidas de una vida digna casi desde sus nacimientos, con no pocas irregularidades que aparecen detectadas e informadas por el Mecanismo Nacional de Prevención de la Tortura del mismo Estado Paraguayo.

Los encuentros fueron gestionados formalmente dos semanas antes por Salvador Sánchez, abogado defensor de ellas, y autorizados por la dirección de la cárcel. Me presenté con mi hábito franciscano, que generó alguna inquietud y extrañeza en el personal penitenciario, aunque obviamente no me eximió de ser revisado y palpado.

Cada una de las tres fueron llegando al locutorio esposadas y tabicadas con una capucha negra, que las hace respirar con dificultad por su grosor y hediondez, conducidas por guardiacárceles mujeres, que las llevaron descendiendo por empinadas escaleras desde el piso superior del penal, escaleras por las que podrían caer y golpearse al no poder contar con un mínimo de autonomía visual. Solo están libres de capucha cuando están en su reducida celda, jaula casi sin pertenencias personales, donde está su duro lecho de descanso, su letrina maloliente, un grifo de agua salada, y donde intentan llevar una rutina de gimnasia y lectura, cuando no llegan para amedrentarlas con innecesarias e imprevistas requisas.

Se les quita la capucha para sentar a una por una, por espacio de una hora, delante de mí, separados por una repisa de cemento, sobre la que apoya un grueso vidrio, que solo permite que hablemos a través de auriculares a uno y otro lado, yo manejando el mío con manos sueltas que puedo alternar, ella manejando su auricular con manos esposadas que dejan marcas en sus muñecas.

La primera que llega es Carmen, privada de libertad desde 2003, los últimos años en la cárcel de mujeres del Buen Pastor (en Asunción), donde terminó sus estudios universitarios de sicología, con una institución privada, de modo virtual, que se pudo pagar vendiendo comidas y artesanías desde el penal, trasladada a Minga Guazú sin explicaciones, habiendo cumplido en Asunción su condena más de dos años antes, pero prolongada amañadamente, ella cuidándose de hacer buena letra para salir y colaborar en la búsqueda de su hija Lichita –como hace tiempo le indicó el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU al gobierno paraguayo-, desaparecida el 30 de noviembre del 2020, a manos de las impunes Fuerzas de Tarea Conjunta del Estado Paraguayo. Carmen aparece tenaz, lúcida, decidida a resistir, atenta a su salud mental, reclama igualdad de trato con los varones encerrados en los pisos inferiores bajo el mismo régimen. Ellos reciben las encomiendas permitidas de sus allegados en sus celdas y cuentan con elementos de limpieza en cada celda, ellas, cuando en el mejor de los casos reciben algo, se lo dan fraccionadamente. Quienes tratamos de acercarles alguna encomienda con frecuencia quincenal o mensual notamos un “agujero negro” que se traga, digamos sin eufemismos, se roba, lo que está destinado para ellas. Escoba, escurridor y palangana ellas tienen que pedirlos vez por vez, también el agua para beber –imaginemos días de mucho calor y por tanto mucha sed-, primero con paciencia, al cabo de un rato insistiendo, y luego de horas, a los gritos y golpeando los barrotes. Cada vez tiene más dificultad para comunicarse con Laura (hay otras tres celdas de por medio) y más aún con Francisca (a ocho celdas). Leer le hace mucho bien, para no enloquecer, le rompieron un libro en la última requisa. Me pidió El malestar de la cultura de Freud. Agradece el acompañamiento fiel de su familia, ahora exiliada en Venezuela, ante el retiro de asilo político en Argentina, y de quienes llevamos una campaña internacional de solidaridad con ellas. Palmas con palmas, vidrio grueso por medio, ha sido el saludo inicial y ahora el final, antes de que la encapuchen y se la lleven.

Viene Laura, hermana diez años menor que Carmen, de profesión enfermera, trabajó en una clínica privada en Puerto Rico (Misiones, Argentina) hasta que tomó licencia para cruzar a Paraguay en diciembre del 2019, de donde no pudo volver más. Laura aparece serena pero preocupada, serena pero triste, tan patente ha de conservar el recuerdo del horror cuando presenció la emboscada de las Fuerzas de Tarea Conjunta que, en un fraguado operativo antiguerrilla, vejaron y fusilaron a su hijita María Carmen y a su sobrinita Lilian Mariana, ambas de 11 años, el 2 de setiembre de 2020, mientras ella y otras niñas, incluida Lichita, huyeron de la balacera para salvar sus vidas. Me pregunta si esta vez podremos depositarle alguna encomienda con leche, yerba mate, alguna proteína bajo forma de paté o fiambre aunque no sean alimentos saludables. Le preocupa conservar su salud mental en los treinta años de encierro que tiene por delante, condenada en un juicio donde testificaron en su contra los mismísimos asesinos de las niñas. Sospecha que, aunque rechazan la atención siquiátirica que les prescribe sicofármacos, algo les estén mezclando en los alimentos y en el agua. Se alegra de tener en cuenta que, cada quince días puede tener una videollamada de 45’ con su familia, con sus cuatro niños vivos. En cuanto a lecturas le hablo de La isla bajo el mar de Isabel Allende, y me pide alguna otra novela de Rafael Sabatini, distinta de Scaramouche que ya leyó. Con la energía de un amor respetuoso y compasivo fluyendo a través del vidrio entre nuestras palmas, llegó también la otra energía sistémica cruel de la carcelera que la encapuchó y se la llevó.

El último turno fue con Francisca, compañera de prisión de Carmen desde los tiempos del penal de mujeres en Asunción –tiene para unos diez años más de encierro-, de sesenta y cinco años como yo, a la que ví radiante, aún con sus ojeras, entusiasmada, con mucho por contar a otro hermano franciscano como ella, admiradora como éste, del testimonio de cristianos argentinos como Carlos Mugica y Enrique Angelelli, quienes, dice, no estudiaron sino que vivieron la teología de la liberación. Francisca está agradecida con los libros de Ivonne Gebara sobre teología ecofeminista, que una compañera de la campaña de solidaridad pudo acercarle. Recuerda cuando con Carmen y Laura estaban entrando a ese régimen cruel en Minga Guazú, seis meses atrás, Carmen les recomendó que, en medio del ambiente hostil y de muerte en el que iban a sumergirlas, se afirmaran en lo positivo de sus vidas; viene esto a su memoria porque en estos días está escuchando a una joven presa cercana que alucina con una calavera que la atrae y se siente como en un cementerio, y ella le dice: “No! estamos vivas! No te dejes llevar por la calavera, aquí nos sostenemos unas a otras!”. Francisca tiene recuerdos agradecidos de su vida como religiosa franciscana, aunque su coherencia de vida la llevó fuera de su congregación, más cerca y comprometida políticamente con el campesinado empobrecido de su país. Se alegra de las aves de distintos colores que puede ver más allá de los barrotes, de la lluvia que puede oler, de las alabanzas de los varones presos de abajo en los atardeceres, espera salir, integrarse a un grupo que integre la fe con la política, recuerda y desea la visita de monseñor Melanio Medina, del jesuita Alberto Luna, con quienes comparte una fe más encarnada en la bienaventuranza de los sedientos trabajadores por la justicia y la paz. Terminamos, antes que se la llevaran, cantando salmos y “Señor hazme un instrumento de tu paz”.

Esa misma tarde, luego de volverme a Ciudad del Este, se fugaron ocho varones, vinculados a carteles narco según las noticias, el “centro de reinserción social” está intervenido, probablemente la crisis será ocasión para recrudecer el maltrato y la lesa humanidad allí, con la aprobación de la opinión pública que inocula sed de punitivismo, ignorando la cruel barbarie normalizada que enfrentan Carmen, Laura y Francisca.

* Franciscano, cura en Opción por las y los pobres.Capilla San Cayetano, Barrio La Teja (Pontevedra, partido de Merlo).