Mié 22.09.2010

CONTRATAPA

Mutantes

› Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO La sensación de estar flotando en clima raro, donde nada está del todo en su sitio, donde alguien desatornilla –con sádica y regocijada lentitud– el mobiliario en la cubierta del barco de nuestros días, del Titanic de nuestras noches, mientras nos dirigimos hacia ese iceberg con una palmera en su centro para convertirnos en la risa última de un chiste con náufragos esquimales. ¡Ya está aquí!

DOS Veo por televisión una/otra película tonta de Roland “Apocalipis” Emmerich. 2012 y John Cusack corriendo en limusina mientras, a sus espaldas, Los Angeles se pliega sobre sí misma. Y uno se ríe nervioso y feliz de no estar allí, dentro de dos años, condenado por la onda expansiva de una antigua profecía maya que se traduce, científica, en neutrinos mutantes cociendo a la tierra desde el núcleo hasta su superficie, como dentro de un horno de microondas. Lo curioso –lo no tan divertido– es que a la mañana siguiente, en el diario, informan sobre el efecto espacial de tormentas solares igualitas a las de los efectos especiales del film. Tormentas que nos alcanzarán, sí, en el 2012 y que fundirán la totalidad de nuestra red eléctrica y, tal vez, de paso, unos cuantos millones de vidas. Los científicos, cautos, explican que “no es fácil que esto ocurra; pero se trata de una posibilidad real”. Ah. Gas caliente y fuerzas magnéticas viajando hacia nosotros en 1.600.000 kilómetros por hora y hasta hay un antecedente registrado: el llamado Efecto Carrington, en 1859, donde un ex abrupto de Febo produjo el colapso de los telégrafos en un planeta aún no del todo electrificado. Ahora, claro, hay muchas más cosas para colapsar que el simple STOP de esos telegramas donde siempre viajan las mejores pésimas noticias.

TRES Mientras tanto y hasta entonces, las mutaciones están a la orden del día. Fidel Castro afirma que el modelo cubano ya no sirve ni para Cuba (para después explicar que fue malinterpretado). Hierve y quema el Tea Party. El Papa (esa carita, esa vocecita) sale en gira para cobrar por pedir perdón, aquí y allá, por aquello de dejad que los niños se acerquen a nosotros. Sarkozy eyecta gitanos mientras recibe palmaditas en la espalda de sus colegas (el socialista Zapatero incluido y quien, la semana pasada, revolucionó al patio con eso de “debemos tener una visión distinta de lo que es desempleo y empleo. Una persona cuando está formándose, está trabajando”). Stephen Hawking advirtió que Dios no tiene nada que ver con todo esto (algo ya sospechaba yo). Y el resto mira al cielo con anteojos 3-D. Mientras tanto, Europa se derrumba y España no levanta cabeza y se habla de una inminente “generación perdida” que –de seguir así las cosas– no tendrá oportunidad de insertarse en el mercado laboral. ¡Usted es el próximo! Por suerte, eso sí, todos estarán formándose. Y deformándose. Como mutantes.

CUATRO Leo en The New York Times que está de moda entre ricos y poderosos instalar –en penthouses y casas de fin de semana– acuarios muy grandes y muy poblados. Gana el que tiene el acuario más grande y con más ceros, parece. Y un nuevo reality show ibérico, El Marco, se convierte en fiel exponente de los tiempos que malvivimos. No lo he visto, no puedo ni quiero verlo; pero copio y pego aquí sus reglas retorcidas: “Ocho parejas convivirán en el espacio de una casa que prefieran sin poder salir de 20 metros cuadrados elegidos, ni recibir ninguna visita. Dispondrán de un máximo de 40 minutos diarios que se repartirán para dejar ese espacio individualmente. Cada vivienda del edificio tendrá una señal propia de televisión, de manera que las ocho parejas estarán expuestas a los espectadores las 24 horas, siete días a la semana”. Y supongo que éste será un gran pasatiempo para todos esos españoles sin dinero para comprarse un acuario: mirar pescados por TV, boqueando, cada vez con menos oxígeno en el agua...

CINCO ... y paren las rotativas: bañarse en piscinas cubiertas tratadas con cloro produce mutaciones genéticas y aumenta considerablemente las posibilidades de sufrir grandes trastornos cutáneos y ganarse un cáncer de vejiga. Parece ser que las reacciones que se producen entre los desinfectantes del agua en combinación con sudor, células de la piel y la inevitable orina no son buena cosa. Ya saben: otro deporte que hace mal. Pero a no ponerse tristes: los científicos ya trabajan en la creación de una piel artificial y sensible para cubrir el metal de los cuerpos de robots, androides y afines. “Las personas normalmente saben cómo agarrar un huevo sin romperlo... Si queremos tener algún día un robot que sea capaz, por ejemplo, de lavar la vajilla tendrá que sujetar las copas de vino sin romperlas y a continuación agarrar una cacerola pesada sin que se le caiga”, explicó uno de los investigadores. Nadie informó aún en cuanto al desarrollo de un protector solar que salvaguarde a los autómatas electrónicos de ser achicharrados durante la próxima tormenta solar.

SEIS Y el viernes pasado –a miles de metros de altura, en el centro de una tormenta desbordante de truenos y rayos, la noche disparando relámpagos como si jugara a la ruleta rusa con el avión subiendo y bajando por la montaña rusa de nubes negras y gigantes– yo estoy sentado y atado en el asiento 14 A, mirando ese infierno por la ventanilla del cielo. Y la verdad que nunca creí demasiado en eso de que, al morir, toda la vida pasa frente a uno como una película catástrofe o una comedia musical en plan arrivals and departures. Lo que sí estoy en condiciones de asegurar desde el viernes pasado es que, cuando uno está seguro de que va a morir, lo único que se te ocurre (entre flashes sonrientes y polaroids mentales de seres queridos, tan lejos, ahí abajo, en tierra más o menos firme) son cosas raras. Y, en el aire incierto, yo –vaya a saber uno por qué– me acordé del recién fallecido Kevin McCarthy. Actor más bien regular pero inmortalizado en los fotogramas de ese clásico paranoico y sci-fi y ambidextro –¿denuncia a los comunistas o a los denunciadores de comunistas?– que es Invasion of the Body Snatchers. Clásico casual filmado y firmado por Don Siegel en 1956 y, desde entonces, revisitado un par de veces con cierto buen gusto (mucho mejor la remake con Donald Sutherland que la remake con Nicole Kidman y Daniel Craig), pero sin superar la potencia del original. Recuerden: aliens descendiendo como esporas y vainas en un pueblo californiano y suplantando a sus habitantes cuando se duermen para despertar distintos. Allí, McCarthy fue el doctor Miles Bennell, quien detecta la conspiración secreta y casi termina corriendo por una autopista gritando a cámara, gritándonos, aquello de “¡Ya están aquí! ¡Usted es el próximo!” sin que nadie le haga caso. Dije “casi termina” porque, en su momento, los productores juzgaron ese final demasiado tremendo y pesimista y decidieron agregar breve coda en que la advertencia de Bennell es atendida por las autoridades y los invasores, si no rechazados, al menos asumidos como amenaza cierta. Y aquí vienen los muchachos de las fuerzas armadas y ya saben cómo seguirá por más que (Invasion of the Body Snatchers no contó, a diferencia de 2012 con un gran presupuesto) no vayan a verlo. Pero yo sí veía la tormenta perfecta y multimillonaria y tan plugged aunque no digitalizada ahí afuera (el cataclísmico Emmerich no lo habría ni la habría hecho mejor) y no se oía el vuelo de una mosca mientras volábamos sintiéndonos insectos a punto de ser aplastados. El piloto no dijo por los altavoces nada porque no había nada que decir y –minutos que a todos nos parecieron siglos más tarde, ya aterrizados– el hombre salió a saludar entre aplausos con sonrisa turbulenta y color verde alien. Y, enseguida, todos corrimos en busca del bar más cercano para brindar por todo. Por seguir aquí. Porque, por lo menos y al menos, todavía quedan un par de años para seguir brindando. Salimos de allí adentro –de ese avión– mutados y mejores, al menos por un rato. Gimiendo un “ya estamos aquí” y mirando a los pasajeros que se disponían a embarcar con cara de “¡ustedes son los próximos!” y, por favor, otro más. Doble. Triple. Con hielo, para descongelarnos, para dejar de temblar, salud.

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