Jue 04.08.2011

CONTRATAPA

“La escuelita” no publicaba avisos

› Por Eva Giberti

Estábamos en Ushuaia. Me había enviado el ministro Noblia (1958-1962) a realizar una tarea acerca de maternidad e infancia. En aquel entonces, todas las casas de los habitantes de la zona habían sido construidas con la noble madera de la región. Advertí que una casa había sido construida con cemento. Me contestaron: “¡Ah... Esa es el prostíbulo! Pertenece a la Base Naval”. Igual que las casas de los oficiales que estaban en el otro extremo de la ciudad, que se dividía entre la zona destinada a las familias de los miembros de la Marina y, del otro lado, los civiles.

El prostíbulo se construyó en la zona destinada a los civiles. Se comprende: cuando llegaban los barcos al puerto de la región, las tripulaciones se lanzaban en romería hacia el prostíbulo y armaban las colas delante de su puerta, obligando a que la policía naval, bastones en mano, mantuviera el orden. Los niños y niñas de las familias civiles estaban obligados a alternar con esos desórdenes coyunturales. El saber popular bautizó al prostíbulo con el nombre de “La escuelita” para explicarles a los chicos a qué se debían esas colas que pugnaban por ingresar, borracheras y empujones mediante, en plena calle.

Yo debía trabajar con el doctor Juncosa y le pedí que me introdujese en el prostíbulo. El pediatra comenzó a acompañarme después de haberle explicado a la madama que yo llegaba desde el Ministerio de Salud Pública. Durante cuatro días conviví con las mujeres y con los parroquianos en espera de sus turnos. Recién algunos años más tarde me di cuenta de que había ingresado y vivido en un núcleo de trata de personas. El recinto de ingreso tenía un bar donde los clientes esperaban su turno para ingresar en los sucuchos denominados habitaciones. Mientras bebían y gritaban, yo miraba las paredes de ese bar, tapizadas por los banderines de todas las naves de la histórica marina nacional, donados por los clientes marineros. Sentada a una de las mesas, y tomando mate cocido junto a la madama, ingresé en la historia de la trata, que yo desconocía. Esta señora, una morocha de piel muy blanca, con años acumulados, decidió contarme lo necesario, con la ingenua suposición de que yo podría modificar en algo aquello que era motivo de queja: “Por favor, dígale al ministro que nos mande preservativos a otro precio, porque nosotras tenemos que pagarlos 2,50 cada uno y después los muchachos no los quieren usar. Podrían mandarnos mayor cantidad, a mejor precio”. Pregunté: “Pero, ¿de quién dependen ustedes?”. Ella, asombrada por mi zoncera: “Nosotras somos de la institución, pertenecemos a la Marina. Contesté: “Entonces pídanles a ellos que les entreguen los preservativos...”.

“No”, me explicó, “porque los preservativos forman parte de nuestro trabajo”.

Como era un día tranquilo me invitó a recorrer el prostíbulo: un corredor y a cada lado los sucuchos con una cama-jergón, colchas revueltas, mesa de luz con dos rollos de papel higiénico y alguna estampita. Las mujeres, asombradas por la visita, se me fueron acercando, eran tres las que no estaban “trabajando”. Hasta que llegué a la habitación más amplia, donde pernoctaba la madama. Mi impresión inolvidable: una gran caja fuerte, a cuyos costados, de un lado y de otro, la Virgen de Luján y, a la vuelta, la foto de Evita. “Aquí guardamos los preservativos...”. También el dinero. Porque éste no era un servicio gratuito que ofrecía la institución.

Sentadas en la cama grande que usaba ella cuando era preciso aumentar la cantidad de servicios, le pregunté por una gruesa cicatriz que tenía del lado izquierdo del cuello, malamente suturada: “En una época quise escaparme... Me persiguieron y me obligaron a volver... Yo tengo una hija en Buenos Aires, la están educando en una escuela de monjas y quería escaparme de aquí para estar con ella... Pero me tiraron...”. Imaginé el balazo. “Nosotras pertenecemos a la institución de la Marina. Pero aquí no vienen los oficiales. A veces piden que les mande a alguna de las chicas hasta la base. Ellos están tranquilos porque saben que les mando chicas sanas.” El tema me lo había explicado el doctor Juncosa: mensualmente o quincenalmente, estas víctimas eran trasladadas al hospital en un auto con cortinitas, para que no se las viera desde la calle. El médico de turno constataba su estado de salud, firmaba la libreta y regresaban al prostíbulo, sabiendo que no se podrían escapar ni conectarse con el exterior. Escaparse en Ushuaia... con el equipo de seguridad que las vigilaba... mal pronóstico como lo había aprendido la madama. Cada vez resultaba más evidente que estaba hablando con esclavas y no con prostitutas que “habían elegido” estar allí. “A alguna de las chicas la trajo el Fulano –un sujeto de seguridad–. Vienen de otra casa (prostíbulo). Otras veces llegan desde la base.”

El prostíbulo tenía un pequeño y romántico jardín, con un puentecito debajo del cual transcurría un hilo de agua fresca. En sus alrededores crecían fresas y frutillas. Lo cuidaba un hombre jorobado, como Quasimodo, que transitaba con una canastita en la mano, recogiendo las frutas. Durante varios días me senté en un banquito del jardín a comer frutillas con este personaje, gran amigo de “las muchachas”. Que, sin imaginárselo, me abrió las compuertas de los distintos avatares de la trata de personas, narrándome historias de las víctimas encerradas, sin alternativa. “Y... si se enferman... las sacan... No sé a dónde las llevan, pero aquí no pueden estar enfermas...” Se entiende: cuando llegan las tripulaciones tenían que atender entre 12 y 14 clientes por día (la estadística no se modificó, aun sin tripulaciones).

Cuando en el año 2007 inventé, por indicación de Aníbal Fernández, la Oficina de Rescate y Acompañamiento a las Personas Damnificadas por el Delito de Trata, como un área especial dentro del Programa Las Víctimas contra las Violencias, no improvisé. Sólo recordé lo que décadas anteriores había vivido.

Comprendí que no se trataba de allanar prostíbulos –solamente–, sino de incorporar mujeres, civiles, que ingresaran en los locales para hablar con las víctimas, y no dejar los procedimientos en manos de los varones de las fuerzas de seguridad. Que tienen que ocuparse de los clientes y de los rufianes que regentean el bar. En Ushuaia ¿quiénes eran los rufianes?

Yo no habría vuelto a escribir esta historia si no me hubiera encontrado con una catarata de llamados telefónicos y consultas acerca del rubro 59 y su relación con la trata. Hay suficiente material descriptivo del estado en el que se encuentran las víctimas de trata cuando se llega con el rescate, pero la historia que resulta de la convivencia con ellas, durante los cuatro días compartidos en el lugar de trabajo, es distinta. Porque se escuchan los argumentos que sostienen la resignación repetida, el pensamiento del esclavo que no puede soñar con la libertad (Hegel y Lacan, con diferencias entre ellos, se ocuparon de esta forma de pensamiento). Ahora la esclavitud viene disimulada: “Somos tres chicas jóvenes que ofrecemos masajes de rélax al cliente...”, anunciando que ofrecen una experiencia inolvidable. La perversión de estos avisos reside en que hacen aparecer a las víctimas como promotoras de sus ofertas. O sea: “Vea señor, asista a mi convocatoria porque yo le ofrezco ser buena y dócil con usted, que podrá hacer conmigo lo que quiera. Siempre de acuerdo con un precio previamente convenido”. Cuerpos y poder comerciados. Lo que está en juego es lo que evidenciaban los banderines en el bar de Ushuaia: los clientes, cualquiera sea su pertenencia, están avalados institucionalmente por la garantía que el patriarcado –como institución rectora– garantiza.

En la puerta del prostíbulo de Ushuaia se amontonaban en malón los marineros, ahora los que se acumulan en malones son los avisos y las ofertas en los medios y en las calles. Los rufianes exhiben a sus pupilas por medio de avisos con frecuencia firmados por ellas: ellas hacen cola ante la posibilidad de elección del varón, que revisa cuál de las ofertas le convendrá más. Y de ese modo ponen a competir a “paraguayitas muy cariñosas” con “bebotas imaginativas”.

Las posicionan “matándose” entre ellas para privilegiar un número de teléfono.

Si a alguien se le ocurriera medir el centimetraje que ocupan los senos y las nalgas publicados para decidir la sanción estaría lejos del foco de la trata. La mensura está dada por la revuelta, por el retobe que significó prohibir estos avisos, política diferente de la que autorizaba los banderines de la Armada nacional ilustrando las paredes del prostíbulo, donde “trabajaban” las víctimas “que pertenecían a la institución”.

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