Vie 06.10.2006

CONTRATAPA

El interpretador

› Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO En un mundo perfecto, la mención del concepto best-seller no debería producir, refleja y automáticamente, un arqueo despectivo de cejas y/o un escalofrío en los huesos de nuestras bibliotecas sino, por lo contrario, la felicidad de que lo más vendido también puede ser lo mejor escrito. De tanto en tanto –nada es del todo perfecto pero, leve consuelo, nada es del todo imperfecto– nos llegan señales desde esa dimensión más noble y elegante y, así, un buen libro para muchos se convierte también en un buen negocio para algunos. Todo esto para decir que hay nuevos motivos para ser felices una vez más: acaba de aparecer The Mission Song, novela número 20 del magistral escritor inglés de 75 años David Cornwell, mejor conocido como John Le Carré.

DOS Y están los que dicen que Le Carré ya no es lo que era. Que perdió causa y efecto cuando se cayó el Muro y se descongelaron los espías de la Guerra Fría (no estoy de acuerdo) y los que preferirían que, desenchufada la heladera, se hubiese dedicado a la novela histórica (tampoco estoy de acuerdo, aunque no me molestaría viajar hacia atrás alguna vez de tanto en tanto para reencontrarme con Smiley & Karla) y que escribiera ahora thrillers de época en los que no existen computadoras portátiles ni teléfonos más portátiles todavía. Le Carré, en cambio, se dijo que optaría por el camino más difícil y aceptaría la misión más arriesgada: seguir viviendo y escribiendo en el presente y convertirse en un “autor de protesta”, un confeccionador de apasionantes diatribas donde –con furia apenas contenida– se denuncia un paisaje en el que posiblemente haya menos agentes ejecutores, pero cada vez hay más ejecutivos con licencia para matar.

TRES En The Mission Song, con guiños cómplices y de igual a igual a Conrad (y a Kipling y a Greene y a Kafka), Le Carré regresa al Africa de El jardinero fiel, aunque nada de la acción del libro tenga lugar allí sino en Londres y en una isla sin nombre del Mar del Norte. No importa. Para Le Carré, hoy Africa está en todas partes. Africa es ese continente que se ha convertido en su nuevo tablero donde disponer las mismas piezas de siempre, las que maneja como ninguno: la traición, el secreto, la corrupción, los manejos y choques frontales del poder y la frágil figura de un hombre decente tratando de hacer lo mejor en un ambiente indecente. El protagonista de The Mission Song es Bruno Salvador –“Mis amigos me llaman Salvo, lo mismo mis enemigos”, nos informa en la primera línea de la primera página–, un intérprete profesional de veintinueve años quien, también, es un “cebra”. Un mitad y mitad, un negro blanco o un blanco negro: madre congolesa, padre misionero irlandés, ciudadano británico todo lo integrado que se puede llegar a ser y sentir, y agente de inteligencia part-time quien, de pronto, se encuentra metido en situaciones que lo superan y que lo arrastran a las telarañas de un golpe de Estado y al proyecto de una guerra civil por encargo que se van tejiendo lenta pero inexorablemente. Salvo empieza la novela como un hombre ingenuo y bienintencionado. Alcanzada la última página –nada más se contará aquí–, Salvo ya no es el que alguna vez fue. Digámoslo así: todo aquel que empieza muy Marlow acaba, inevitablemente, bastante Kurtz.

CUATRO Y si Salvo es un intérprete fluido de inglés, francés, swahili y varios otros dialectos tribales, entonces Le Carré es un insuperable interpretador del idioma secreto –pero no por eso menos evidente y audible, apenas subliminal, todas las noches en los noticieros– de las fuerzas que rigen nuestra cada vez más irreal irrealidad. Le Carré es alguien muy conocido que ha asumido en los últimos años de su vida la responsabilidad de ser la voz de los muertos que nadie conoce pero que ahí están, sumando y siguiendo, en pilas cada vez más altas. Si Salvo traduce Le Carré, deduce e ilumina al llamado “Continente Oscuro” reportando al detalle –sin que esto signifique debilitar una trama con momentos de comedia y amor– el minué que aquí bailan una compañía minera norteamericana con apoyo de la CIA y su contraparte británica conocida como “El Sindicato” y auspiciada por algo subterráneo y difuso que responde al nombre de “La Habitación del Chat”. Unos y otros aseguran que lo que quieren es llevar la libertad y la democracia al Congo pero, claro, lo que en realidad quieren es llevarse diamantes, uranio y lo que venga. Está de más decir que la intriga es formidable, que la investigación y documentación es más que fiable (días atrás Le Carré publicó en The Telegraph un extenso y formidable diario de research para The Mission Song), que la prosa no desmerece la medalla de un Nobel y que, como de costumbre, cuesta hacer altos antes de llegar al final que mueve y conmueve.

Años atrás, Le Carré justificó su entrada al servicio secreto inglés porque lo consideraba “la última iglesia en pie de la teología del Imperio”. El sitio perfecto para que un hombre (como lo cuenta en su perfecta Un espía perfecto, considerada en su momento por Philip Roth como “la mejor novela en inglés desde el fin de la guerra”) se concentre en el perfecto arte de hacer verosímiles las mentiras y sacarle perfecto provecho a la “esquizofrenia controlada” de aquel que sólo quiere convertirse en la perfecta sombra de una sombra de una sombra. Pero los templos se derrumban y la vida da vueltas y –paradojas de la Historia y de las historias– hoy Le Carré está bajo el sol, apenas protegido por un alias que ahora es más legítimo que su verdadero apellido, y gritando verdades para los oídos de todo aquel que quiera oírlas y los ojos de todo aquel que quiera leerlas. Por suerte para nosotros todavía somos muchos, suficientes. El resto –los otros, los demasiados demás–, que sigan dando vueltas por ahí descifrando códigos y lavando sudarios tan preocupados por la incierta progenie de alguien que –como en muchas novelas de Le Carré– murió porque sabía demasiado pero no lo suficiente como para salvarse y, mucho menos, para salvar a toda la humanidad. Esa humanidad que, a la hora de la verdad, siempre prefiere mirar para otro lado o, lo que es lo mismo, taparse la cara y los ojos con un best-seller de Dan Brown.

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