Jue 11.03.2010

EL MUNDO  › CONSTITUCIóN, LA CIUDAD MáS CASTIGADA POR EL TERREMOTO CHILENO

La vida sigue después del tsunami

Según el gobierno, Constitución es la ciudad donde falleció más gente (88 personas) y hay al menos 41 desaparecidos. De camino, en la ruta, entre los bosques y los aserraderos, se multiplican los carteles de cartón que piden ayuda, agua y comida.

› Por Emilio Ruchansky

Desde Constitución

El tsunami llegó una hora después del terremoto a las costas y riberas de Constitución, sin que hubiera una alerta oficial. El mar hizo desbordar al río Maule y generó olas, dicen acá, de hasta 30 metros. Casi nada quedó en pie sobre la parte baja de esta ciudad de veraneo y pesca de 40.000 habitantes. En un informe difundido ayer por la Universidad Católica, se estima que varios barrios no podrían reconstruirse. Mejor dicho, no deberían, por estar cerca de la ribera. Constitución también fue elegida por Sebastián Piñera para su primer viaje como presidente; vendrá hoy mismo, después de almorzar con los mandatarios que van a su asunción. Según la última lista del gobierno, es la ciudad donde falleció más gente, 88 personas, y hay al menos 41 desaparecidos. De camino, en la ruta, entre los bosques y los aserraderos, se multiplican los carteles de cartón que piden ayuda, agua y comida.

Sobre el cerro, a pocos kilómetros de Constitución, ya están terminadas las primeras casas de la campaña “un techo para Chile”. Allí, los agrimensores trabajan junto a 450 voluntarios, mientras los evacuados esperan en carpas en el centro de la ciudad. La terminal quedó destruida. Los micros paran en un corralón del sindicato de transportistas, la boletería es una simple casilla de madera y funciona para todas las empresas. Como muchos negocios también están sobre el piso, en la plazoleta de un boulevard que da al río Maule se estableció el mercado. Se venden granos, verduras, frutas, pan, frazadas, ropa, lencería, enchufes, elementos de cocina, herramientas y hasta útiles escolares.

A un costado del boulevard, un camión cisterna reparte agua a cientos de personas. Muchos andan con barbijos. “No es por el olor, sino por el polvo que viene de los ladrillos de adobe o de la misma arena”, explica Iván Pereira Morelli, chofer del Ministerio de Salud, que también hizo de paramédico la madrugada del 27 de febrero pasado, llevando alrededor de 150 heridos entre gente fracturada, con la cara cortada por los vidrios o infartada. “El terremoto hizo mucho daño, pero el tsunami fue lo peor. Destruyó el 60 por ciento. Primero llegó una ola del río Maule, vino una ola de 5 metros, después una de 7 y la última, de 12, llegó como cinco cuadras adentro”, dice el chofer.

Lo del mar, cerca de la desembocadura del Maule, parece un relato bíblico. Pereira Morelli relata que al principio las aguas se recogieron, dejando ver el fondo del mar, y después vinieron tres olas gigantescas. “La primera se tragó la mitad del puerto de Maguellines”, dice el chofer, que ya extraña el pollo a la marinera y las empanadas de mariscos que solían servirse sobre la costa en el restaurante Dumont. “No quedaron ni el Dumont ni la costa, son solo buenos recuerdos ahora.” Calle abajo, entre la arena negra y el lodo desprendido de las casas de adobe durante la crecida del río, no quedan rastros del asfalto. Tampoco de la hostería Constitución, solo se ve la fachada y, según cuenta el chofer, “tenía tremenda vista al río”.

La calle Echeverría, que recorre la costanera, está siendo limpiada por las palas mecánicas para que puedan pasar los camiones con ayuda. Los helicópteros van y vienen para trasportar la ropa y víveres que llegan en barcos que no pueden amarrar cerca. El nivel del mar sobre la costa es muy bajo. Este barrio se llama La Poza y además de ser turístico, muchos pescadores tienen sus casas aquí. Ahora es un rejunte de montículos de maderas, puertas, redes, lanchas, pedazos enteros de paredes de cemento y muchas cosas más. Lo más seguro es que no pueda reconstruirse el barrio. Ya debería estar deshabitado, pero los pescadores no quieren irse al cerro. “Nos quieren echar al campo cuando no tenemos idea del mundo forestal”, comenta Agustín Díaz, mientras se dispone a salir de pesca, después de casi dos semanas de inactividad.

Frente a una habitación entera de madera, que era un segundo piso y fue arrancada por el río, hay tres carpas y un árbol con un curioso cartel pegado: “Amigo por favor no me boten, soy un sobreviviente del tsunami, soy un peral. Tengo 45 años”. El pedido, dice César Pinochet Gallardo, el dueño del terreno, es para las autoridades que están limpiando y cortando árboles sin avisar. El hombre duerme en una de esas carpas, las otras dos las tiene para invitados ocasionales: médicos, rescatistas y algún que otro familiar. El día del maremoto logró escapar, como muchos, gracias a los simulacros de emergencia que solían hacerse en Constitución. “Nadie nos avisó, pero uno sabe lo que tiene que hacer, po...”

Mientras su tío separa maderas entre los montículos de restos para cocinar y hacer fogatas nocturnas, Pinochet Gallardo pasa el día limpiando y consiguiendo agua. Logró rescatar, a tres cuadras, algunos de los muebles de su casa: la biblioteca, la cama, algunas cómodas y ropa. “Aquí los ricos saquearon supermercados y ahora venden lo que robaron al doble”, asegura el hombre, un trabajador de las madereras, y señala el cerro Corvi: “Allí los tienen a todos esos ladrones juntos”. El mismo sábado del maremoto, él logro sacar a una niña muerta y ayudó a trasladar otros cadáveres. “Fue como una guerra”, dice. Los perros ya pasaron olfateando el lugar, no quedan esperanzas de encontrar algún desaparecido vivo.

A pocos metros, Johan Alvarez, un interno de ginecología, camina con una caja llena de medicamentos. Es parte de la asociación Médicos Todo Terreno y advierte que tuvieron que venir a atender a los pescadores porque no se querían mover del cerro. “Algunos tenían heridas que llevaban días sin curación, es una situación grave. Ahora se vienen las epidemias. Ya hay casos de hepatitis A, diarrea, tétanos y enfermedades respiratorias”, dice. La base de esta organización está en un club de pesca, sobre la orilla del mar, donde reparten leche y otros alimentos.

Allí, entre el esqueleto de cemento que quedó, atienden médicos clínicos, dentistas y pediatras. También hay una inmensa montaña de ropa, donde se hundió un bebé que está tan chocho como si estuviera en un pelotero. Su madre busca y selecciona entre la ropa; su hermana, Francisca, acaba de encontrar una botita rosa y está obsesionada. No encuentra el par por ningún lado. Un militar pasa cargando una niña, rodeado de familias que lo alientan. Se lo ve sonriente. Su jefe, Fernando Aguilar Cáceres, es más formal y está bastante agrandado. “Trajimos orden, seguridad y apoyo”, dice, mirando siempre al frente mientras los demás cargan frazadas y alimentos en una camioneta: “Ayudar es parte de nuestro trabajo”.

El suboficial Aguilar Cáceres asegura que lo que más lo emociona es la solidaridad entre la gente misma, ver personas que piden licencias en sus trabajos o vienen los fines de semana para ayudar. Hay un ejemplo allí mismo. Se llama Rogelio Cáceres Peña, un camionero que trabaja transportando uva para una bodega. Junto a su mujer y dos hijos, se acercó con su vehículo cargado con 100 cajones de manzanas.

Sobre la calle Pintos, las casas de material que están en pie fueron escritas con aerosol por sus propios dueños, antes de refugiarse en los cerros. “Familia Moraga, todos ok, no demoler”, se informa en un chalet amarillo, sin ventanas y con algunos muebles dentro. “No llores perlita del Maule, vamos que se puede, familia Rojas”, dice la casa vecina, que seguramente será demolida. Enfrente una casa de madera quedó mirando para el costado, el mar la hizo girar sobre su propio eje. “Avisar para cualquier decisión (demoler)”, rezan las pintadas en otra casa. En casi todas figura el apellido familiar, siempre seguido del OK y el teléfono por si las demuelen.

Camino a la municipalidad, dos chicas andan angustiadas con las mochilas supercargadas. Están buscando a un niño de dos años y medio que desapareció en medio del maremoto. “Se llama Luis Guillermo Enrique Castro Rojas, su madre no lo quiere, nosotras lo estábamos criando y se fue con el padrastro aquí enfrente, en la isla Orrego. La familia que estaba al lado falleció entera. Aparecieron todos los cuerpos, menos el del niño”, explica Roxana Alarcón Rojas, de Talca. Ya buscaron en la morgue, en los campamentos, orfanatos y hospitales. Ayer, los buzos tácticos seguían rastrillando la zona pero el niño no aparece. El padrastro se salvó, pero no aportó datos: “Estaba carreteando en la ciudad esa noche”, aclara Brígida Sepúlveda Rojas, la cuñada de Roxana, que a punto de llorar dice: “Se nos va la vida si no aparece”.

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