Sáb 06.08.2011

EL MUNDO  › ASUME AMORIM EN BRASIL

Milicos enojados

› Por Eric Nepomuceno

Desde Río de Janeiro

Tan pronto se supo, en la noche del jueves, que Dilma Rousseff había invitado al embajador Celso Amorim (foto), titular de Relaciones Exteriores de Lula, para reemplazar a Nelson Jobim en el Ministerio de Defensa, surgieron las primeras reacciones –bastante negativas– en los círculos militares. Amparados por la oscuridad del anonimato, militares de los altos comandos de las Fuerzas Armadas dijeron a diversos periódicos que ha sido “la peor elección posible”. Siempre que se crea que esas fuentes consultadas son efectivamente altos mandos, se trata de algo insólito pero comprensible. Insólito por la insubordinación, comprensible por la clara dificultad que los militares brasileños siempre demostraron a la hora de aceptar subordinarse a un civil.

Ninguno de los ministros de Defensa, a excepción de Nelson Jobim, logró imponerse realmente a la caserna. Eso viene ocurriendo desde la creación del ministerio, todavía en el gobierno de Fernando Henrique Cardoso, en 1999. Es una de las más sonoras herencias de la larga dictadura militar que tuvo lugar entre 1964 y 1985, en un país que se niega a saldar cuentas con el pasado y la memoria. Al reunir las tres Fuerzas Armadas –Ejército, Marina y Aeronáutica– bajo el mando de un civil, Cardoso entró en tema delicado. Al fin y al cabo, en una democracia el poder militar está subordinado al poder civil, pero persiste en Brasil la visible resistencia, en los cuarteles, a admitir esa realidad.

El principal foco de resistencia a Amorim está en el Ejército, que tuvo una relación difícil y conflictiva con otro embajador, José Viegas, que estuvo al frente del ministerio en el primer gobierno de Lula. El punto final de Viegas como ministro de Defensa ocurrió cuando, en un 31 de marzo, fecha del golpe militar de 1964, un comunicado de un alto mando castrense elogió la “revolución”. Viegas exigió que el texto fuese cancelado y quiso punir al general responsable. Fue necesaria la intervención directa de Lula, que actuó de manera furtiva: cesó al ministro luego de negociar con el comandante del Ejército el pase a retiro del autor del elogio al golpe.

Jobim tuvo buen tránsito en los cuarteles, pese a ser civil, porque de inicio se mostró un firme aliado de los militares a la hora de llevar sus reivindicaciones al entonces presidente Lula. Además, fue un colchón amortiguador a la hora de contener iniciativas que pretendían remover el pasado y aclarar memorias. Era una forma de diluir un supuesto perjuicio de un gobierno de izquierda contra los militares, según se comentaba en las casernas. Hasta el aire truculento y prepotente de quien parecía considerarse dueño de las Fuerzas Armadas era perdonado, cuando se recordaba su dura resistencia frente a iniciativas reparadoras de la memoria nacional.

Lo que contó para los militares ha sido el empeño de Jobim en lograr avances en el presupuesto, en buscar formas de mejorar la capacitación y elevar la profesionalización de las Fuerzas Armadas, en impedir lo que los militares consideran mero revanchismo de la izquierda, o sea, la instalación de una Comisión de la Verdad, para no mencionar los intentos de revisar la Ley de Amnistía, que concretamente significa el perdón para los responsables por el terrorismo de Estado en Brasil.

Celso Amorim es visto, entre los soldados, como un embajador de izquierdas, el hombre que mantuvo diálogo con dictadores y mandatarios izquierdistas, y no como el diplomático con una larga y sólida experiencia en dirimir conflictos internacionales y en negociar temas de interés para el país. Para empeorar, fue nombrado por una presidenta con pasado de militante de una organización armada, que ha sido presa y torturada. Para los viudos de la dictadura, tenerlo como jefe va más allá de lo soportable. La frase más amarga –“a los militares no les cabe gustar o no gustar de Amorim”– no ha sido proferida por Dilma, sino por Lula. Para la caserna, da igual: es todo lo que no querían oír, porque es lo que vale.

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