Vie 12.03.2010

EL PAíS  › OPINION

Otra vuelta de tuerca

› Por Mario Wainfeld

Miguel Pichetto, jefe de la bancada del Frente para la Victoria, contaba y recontaba senadores. Los números, por esta vez, le daban bien. Así y todo, se tomó unos minutos. Consultó a su par en Diputados, Agustín Rossi, seguramente llamó a Santiago de Chile y a Olivos. Y se tiró a la pileta, que en la ocasión rebosaba agua. La estrecha mayoría en Senadores había cambiado de mano. El conglomerado opositor hizo lo que le marcaba el tablero: retaceó el quórum, incurrió en esa táctica consabida que había demonizado días atrás. “La oposición”, ese singular tan plural y fragmentado, había calculado mal.

Ofuscados por el discurso de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner en la Asamblea Legislativa, decidieron llevarse puesta a Mercedes Marcó del Pont. Esta vez no mintieron la existencia de un acta, pero se confiaron en exceso, se arrobaron con su propio relato. Las senadoras Roxana Latorre (Santa Fe) y María José Bongiorno (Río Negro) probaron que el porotómetro del Frente del rechazo funciona mal. No sería tan mala nueva si fuera ése su único problema.

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El resultado del 28 de junio no termina de ser metabolizado ni por el oficialismo ni por las distintas piezas del rompecabezas opositor. El kirchnerismo, en especial en su vértice superior, subestima el pronunciamiento adverso que le restó votos, bancas y disminuyó su legitimidad. Los opositores, cada uno de ellos, se arrogan representar al 70 por ciento que diseminó sus preferencias entre ellos, sin conceder hegemonías ni amplia implantación territorial a ninguno.

La interna se exacerbó, porque todos suponen que si la ganan tienen la Casa Rosada al alcance de la mano. El número de presidenciables alternativos al kirchnerismo creció. Coaliciones electorales exitosas se centrifugaron: el Acuerdo Cívico y Social es una sigla olvidada, Elisa Carrió y Margarita Stolbizer se alejan día a día, “Francisco”, “Mauricio” y “Felipe” eligen cada cual su propia aventura.

El radicalismo, la segunda fuerza por donde se la mire, adolece de falta de liderazgo. Julio Cobos es su candidato con más potencialidades, pero los correligionarios le retacean otra eminencia. Algunos imaginan un futuro promisorio prescindiendo de ese renegado serial.

El peronismo federal sigue esperando a un Godot conductor. Carlos Reutemann no se decide ni deja libre el espacio. Nadie lo desplaza. Los restantes compañeros federales llevan, cual predicó el General, el bastón de mariscal en la mochila. De momento, no les sirve para verticalizar la tropa, así que lo usan para meterse zancadillas.

En ese magma difícil de sintetizar priman lógicas políticas de libro. Los más intransigentes con el oficialismo son los que tienen (desde junio de 2009 hasta hoy) menos chances de ganar las presidenciales sin catástrofe de por medio. Es el caso de Eduardo Duhalde, que no participó el año pasado y que es mancha venenosa para sus compañeros con algo de imagen positiva. También el de Felipe Solá, que fue a la zaga de Francisco de Narváez y el de Elisa Carrió, que compitió seriamente apenas en dos distritos y salió tercera.

Los radicales, Cobos muy especialmente, vacilan más en sus manejos tácticos: están competitivos, no tienen por qué jugarse todo el pozo en cada baza.

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Las desconfianzas pululan entre compañeros y correligionarios de ruta. Son también un rebusque para sacarse ventaja en la puja por el 2011. El mejor argumento crítico es ser funcional al oficialismo. Minga de debates programáticos, se presume que piantan votos.

Semanas atrás, las recriminaciones llovieron sobre los peronistas federales que no supieron contener (sinónimo de pagar) a Menem. Gerardo Morales fue el más castigado en esta semana: Carrió (impiadosa cuando el jujeño no se pliega a su conducción) y Solá (que fustiga al radicalismo para crecer entre los peronistas federales, que le cuestionan su seguidismo a “Lilita”) le dieron como para que tuviera. El cordobés Luis Juez hizo valer el peso de sus dos bancas y lo forzó a violar un acuerdo con el Frente para la Victoria. Las bancas bisagras valen oro y así se cotizan.

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La normativa y la costumbre parlamentarias facilitan la división de los bloques, proliferan las pymes o los microemprendimientos parlamentarios. El fenómeno se traduce en mapas multicolores en cada Cámara. Ningún sistema parlamentario eficaz (digamos el inglés, el alemán, el francés o el español) podría funcionar con esa policromía. En un régimen presidencialista tiene sus bemoles que se mitigan cuando hay partidos dominantes. Un equilibrio como el actual maximiza el peso relativo de los no encuadrados. El pampeano Carlos Verna fue el primero en percatarse y sacó ventaja. Pero cualquiera que disponga con cierta autonomía de su voto será relevante en este Senado.

Roxana Latorre tenía cuentas pendientes con Reutemann, su ex jefe político, quien la maltrató después de un episodio que un dirigente con más muñeca podía haber superado de taquito. La santafesina viene diciendo, con buena verba y mejor razón, que hay reflejos golpistas en mucha dirigencia opositora.

María José Bongiorno proviene del Frente Grande de su provincia, que se alió con Pichetto en 2005. Dos años después los peronistas ganaron la elección senatorial: Bongiorno era la segunda candidata. Su referente provincial era Julio Arriaga, otrora frepasista, quien fue intendente de Cipolletti y diputado nacional. Bongiorno se alejó del oficialismo hace más de un año, pero no se opuso por método a sus propuestas. Votó a favor las retenciones móviles y de la ley de medios, por ejemplo. Y contra el adelantamiento de las elecciones legislativas.

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Las votaciones recién terminan cuando se cuenta el último sufragio. Ese postulado clásico de la política si cabe, se potencia en este Senado. La taba parece haberse dado vuelta, pero la confirmación de Marcó del Pont sólo será un hecho si lo indica el tablero electrónico. El trámite por venir debería ser una nueva reunión de Labor Parlamentaria y el tratamiento en el recinto la semana que viene.

En estos días se ha hecho un lugar común alabar las dotes profesionales de Marcó del Pont, aun entre quienes querían almorzársela tras cocinarla fast food. Su coherencia ideológica, superior a muchos de sus antagonistas y a varios de sus defensores, es inusual en la cultura política doméstica. En el penoso trámite parlamentario hizo gala de otras dotes que le hacen honor. Dio todos los debates en los medios y en la Cámara ante una oposición hosca y prepotente. Jamás perdió la chaveta, no se victimizó ni fue agresiva con los que la cuestionaron o destrataron. Lo cortés nunca quitó lo valiente ni la sonrisa fue sinónimo de liviandad conceptual o falta de enjundia. Más allá del resultado final (que, queda dicho, no está sellado) dio una lección de cómo se pueden tener en alto las convicciones sin perder estilo democrático. Si la prospectiva inaugurada ayer se confirma, habrá una titular de perfil novedoso para el Banco Central, hecho promisorio por donde se lo mire. Dos mujeres le dieron una mano inesperada, el cronista no exagera con las hipótesis de solidaridad de género... pero quizá no haya sido pura casualidad.

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