Lun 27.09.2010

EL PAíS  › OPINIóN

¿Noticias dominantes?

› Por Eduardo Aliverti

Cada tanto hay que pegarse una vuelta por la relación entre lo que privilegia la prensa masiva y lo que cabe presumir como interés popular.

Decir esto puede parecer grotescamente obvio en la etapa que vivimos los argentinos: es inédita por completo al ser tan explícito, e incluso virulento, el posicionamiento político de medios y periodistas. Pero la referencia no apunta a eso, que está muy bien porque era hora de que esta actividad se despojase de su ridícula pátina de impolutez, objetividad, neutralidad y estupideces por el estilo. Sólo deben contar la sinceridad y el profesionalismo. Unos y otros estamos cruzándonos por casi todos lados, desde las “trincheras” bajo las que interpretamos dónde pararse. Vos respondés a tal o cual direccionamiento ideológico y político que tiene equis interés. Y vos a este otro. De ahí, para arriba o abajo, cuentan los antecedentes de cada quien. Y confiar, primero, o eso hace uno, en cuánto cada quien tiene tranquila la conciencia. Y después, en cuánto los destinatarios de su mensaje sabrán apreciarlo visto de esa forma; es decir, la relación entre lo que se dijo toda la vida y lo que se sostiene hoy. Empero, este choque abierto –entre órganos mediáticos y comunicadores, pero no sólo– remite al modo en que se juzgan las noticias impresas, dichas, inventadas, operadas, etcétera. El desafío expresado al comienzo, en cambio, pretende registrar cuántas o cuáles de esas noticias de actualidad interesan al público de manera auténtica, en vez de partir desde lo que los periodistas entendemos o denunciamos que hay detrás de ellas.

Por ejemplo: la prensa dominante (en tanto poder por la cantidad de medios que controla, ya que pasó a ser incierta, al menos, su capacidad de convencer a rajatabla) dio amplia cabida al hecho de que el Gobierno perdió el control del Consejo de la Magistratura. Desde veredas oficialistas –no importa con qué intensidad– podría decirse que el hecho es nimio porque se trata de un organismo reducido en cantidad, además de sometible a infinitos laberintos de internas y burocracia judicial; y que, ergo, haberle dado gran despliegue a la información es parte de las operetas opositoras para horadar al kirchnerismo. Y desde la oposición es atendible que el episodio sea (tomado como) relevante porque el oficialismo deja de timonear al cuerpo que designa y remueve jueces. Muy bien: pero esto es lo que le pasa a la noticia si se la aprecia desde los intereses políticos involucrados directamente. Por el contrario, correspondería inferir, ¿qué le pasa con esa misma noticia a la inmensa mayoría de la sociedad? Y sí: le importa un pito, empezando porque esa misma mayoría no tiene ni la más remota idea de en qué consiste el Consejo de la Magistratura. Por si acaso pudiera creerse que el ejemplo tiene tinte K, pongamos el caso de Papel Prensa. Desde ya, no cabe interrogante alguno sobre la importancia del asunto si se lo enmarca, ante todo, en las revelaciones crecientes a que da lugar la guerra entre el Gobierno y Clarín; y, después, acerca de cómo sirven esos destapes para que otra Historia Oficial incorpore más o mejores elementos en torno de la complicidad cívico-militar en la dictadura. Pero, ¿el grueso popular perdía o pierde el sueño por este tema? ¿Había o hay una demanda social respecto del prontuario de esa empresa?

No se desea, ni de lejos, sujetar la trascendencia de cuestión alguna al grado de atracción colectiva que despierte. No es eso sino lo que puede inferirse, en política, de la distancia entre la cotidianidad periodística de primera plana y lo que le importa a “la gente”. Esa contradicción fue muy nutrida en las últimas semanas. El gobierno nacional desoyó el fallo de la Corte Suprema sobre el procurador santacruceño y está claro que es un encontronazo de poderes significativo. Pero presentarlo cual síntoma de una crisis institucional gravísima, como se lo hizo, es también indicador de una manipulación informativa obscena. Del mismo modo, el caso del chileno Sergio Apablaza fue mostrado como eventual detonante de un peligroso conflicto diplomático con Chile. Hay un brete, por supuesto, porque se reclama esa extradición hace años y la Corte argentina acaba de respaldar la solicitud chilena, pero el Gobierno se ampara en lo que vaya a dictaminar la Comisión Nacional de Refugiados. Punto. ¿Delicada situación entre la Argentina y Chile? ¿Estaremos a la puerta de una ruptura de relaciones? ¿Se afectará el intercambio comercial? ¿De qué hablan? Sin embargo, para seguir la línea de razonamiento propuesta, la mirada no prioriza esas instalaciones noticiosas sino cuál es el verdadero atractivo que despiertan. ¿Alguien piensa seriamente que esas noticias adquieren un rango de inquietud social a la altura de la amplificación dada?

Tal vez vaya a ocurrir otro tanto con el peleadísimo escrutinio en la interna de la CTA. En realidad, ya pasó lo que debía suceder desde un primer examen de los medios de la derecha: hablar de una división profunda, quizás irreversible, y del cierto papelón que implica ambas listas dándose por ganadoras. La rajadura existe, por supuesto, y es verdad que no deja una buena imagen semejante discrepancia en el recuento de votos. Eso no se discute, como tampoco deberían negarse o disimularse los bochornos de la dirigencia opositora, en particular del llamado Peronismo Federal y la Coalición Cívica, cuyos combates de egos y zancadillas constantes jamás figuran a la cabeza del escrutinio periodístico. Pero acontece que el debate en la CTA lo es de un sector del progresismo. En consecuencia, los mastines se relamen si hay problemas en ese espacio y mucho más si, por carácter transitivo, pueden afectar al Gobierno. De hecho, ya comenzaron también las especulaciones a propósito de si, cualquiera sea el resultado final y ante la paridad de fuerzas, no habrá de acentuarse acaso que el kirchnerismo se recueste en la CGT como opción preferente del palo sindical. Sea como fuere, un dato saliente de la elección, junto con lo saludable de dirimir las diferencias de manera horizontal, es que concurrió a las urnas un porcentaje escueto del padrón, por debajo de lo que se esperaba (¿o hay que dejar de inflar los padrones?). Eso no va en perjuicio de todo lo que significó y aún representa la CTA como factor dinamizador de las luchas sociales y la democratización gremial, aunque pone un llamado de atención que podría asentarse en una paradoja: la poca concurrencia revelaría un conformismo mayoritario con el rumbo del Gobierno, y a caballo de eso el sector afín al kirchnerismo no habría considerado determinante asegurar la victoria con una militancia más intensa. Es apenas una hipótesis.

En cualquier caso, este sí es un dato de valía porque arriba de 200 mil asistentes electorales, si bien pocos en comparación con el total de habilitados, encarnan un compromiso social activo para cuya disección habrá que esperar un poco. El conjunto del resto noticioso, en promedio, solamente escenifica unas reseñas que les dicen casi nada a las grandes mayorías. Más bien serían la muestra de que la falta de ideas alternativas se corresponde con la necesidad de agrandar sucesos problemáticos. Y hasta de inventarlos.

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