Dom 21.05.2006

EL PAíS

El backstage de la Plaza

Opinion
Por Mario Wainfeld


El oficialismo, el Presidente en persona, dedican buena parte de sus afanes de estos días al acto en Plaza de Mayo. El kirchnerismo es una cultura política muy expresiva de sus prioridades y el fasto del 25 innegablemente lo es. Es más difícil comprender qué esperan lograr, si se pretende zafar del facilismo. ¿Lubricar el camino de la reelección? Las posibilidades de Kirchner son previas a la movilización, en jerga económica podría decirse que tienen fundamentals sólidos. Y, colmo de colmos, es el mismo Kirchner el que atiza la discusión acerca de un eventual paso al costado, en pro de la primera ciudadana. Para cualquier opción, la sustentabilidad futura de cualquier candidato de la Rosada dependerá de la marcha de la economía, de la inflación, de la distribución del ingreso, de cómo evolucionen los salarios. Hasta de la política. Cuesta imaginar que ese futuro dependa en algo de cuál sea la asistencia o de qué banderas flamearán o se arriarán.

Puestos a especular, es más fácil suponer costos que beneficios, por caso si se suscitan incidentes entre los manifestantes, una contingencia posible cuando conviven muchas personas, tras largos periplos y prolongadas esperas.

Tampoco es claro que un acto “en el que se cantará la marchita” será auspicioso para mejorar las trémulas chances del Frente para la Victoria en el díscolo territorio porteño.

Y, sin embargo, ahí está muy jugado el Presidente, que no suele dar puntada sin nudo.

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Es de cajón comparar la celebración con la del primer cumpleaños promovida por el mismo Gobierno, en la misma plaza pero con muy otra convocatoria. Fue una suerte de mega espectáculo musical animado por la flor y nata de artistas consagrados en los parnasos de la progresía y de los nac & pop. Un gesto político, más vale, pero sustentado en una interpelación apartidaria con fragancia de novedad. El resultado fue más que agradable y el kirchnerismo lo propuso como una edificante lectura de los nuevos tiempos. Tocaba a su fin el año más disruptivo de Kirchner, el que produjo más sorpresas. Rupturas que el Gobierno no ha desbaratado pero sí complejizado con una suerte de reperonización que, quién sabe, tal vez sea el dato más observable del acto y del tercer año.

El escrutinio sobre “la gente suelta”, “los independientes”, “las familias con sus chicos” (elija usted su propio sonsonete) en cotejo con las masas encuadradas será un tema de disputa durante el fin de semana que viene. El balance del trienio de Kirchner es más relevante que lo que pueda verse en la Plaza, pero la agenda de discusión de estos días invierte los términos. Contribuyen a ello tanto los dirigentes oficialistas como muchos medios y periodistas en un quid pro quo bastante más frecuente que lo que ambos sectores gustan admitir.

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Vale la pena dedicar unas líneas a observar cómo operan los armadores del acto. En un primer nivel hay una agitada ida y vuelta con gobernadores, intendentes, líderes de movimientos sociales, punteros azuzando su compromiso, que se ponderará en función de la cantidad que movilicen. En espejo, hombres y mujeres habituados a sus manes “garantizan” asistencias que, en muchos casos, no conseguirán. Oscar Parrilli puntea ese padrón a diario o más que a diario. Cuesta creer que tanto esfuerzo no remate enuna muchedumbre, muy dominante respecto de los no encuadrados. En el Gobierno, empero, hay quienes auguran que no será tan así.

Para lograrlo, se despliega en paralelo una convocatoria personalizada dirigida a los artistas que compartirán el proscenio con Kirchner y también con intelectuales y referentes ciudadanos de todo pelaje. El mismo Parrilli y otros operadores oficiales también procuran a personas que, dicho de modo descriptivo sin la menor sorna, sólo podrían “garantizar” su propia asistencia pero que podrían enaltecer el ropaje simbólico de la tenida. La manida “clase media” también integra el repertorio de preocupaciones kirchneristas. El viernes, el Frente para la Victoria porteño convocó de arrebato a una conferencia de prensa cuya foto-mensaje dispuso a Daniel Scioli (un neoperonista super clásico salvo por su abrumadora buena onda) a un costado de Alberto Fernández. En el otro flanco posó Graciela Ocaña. La titular del PAMI, una de las incorporaciones más auspiciosas del Gobierno en su formidable primer año, sigue estando en su puesto y es una buena emisora para ciudadanos que quizá no se conmuevan mucho si los alcaldes del conurbano duhald..., perdón, kirchnerista, honran sus promesas y convocan varias decenas de miles de participantes. “Vilma Ibarra también tiene que hablar”, redondea ese sentido común, un avezado dirigente porteño.

Nadie debería reducir a falsía esas presencias, Ocaña e Ibarra integran la coalición oficial desde hace un rato. Lo que se pretende subrayar es que la cúpula kirchnerista registra el límite que le significaría un acto peronista, tout court, y apela a sus propias herramientas para embellecerlo.

Merece unas líneas, tal vez algo digresivas, la asistencia de otras dos mujeres, referentes innegables (y hasta hace poco bastante polares) del movimiento de derechos humanos. Hebe de Bonafini y Estela Carlotto, todo lo indica, irán a la Plaza coronando una relación muy amigable con el Gobierno y el Presidente. Esa relación tiene como pilar la decidida acción oficial en materia de derechos humanos. La más lograda institucionalmente pues incluye gestos de enorme simbolismo, añade la derogación de las leyes de la impunidad y remata en la designación de una Corte que garantizará la vigencia de derechos esenciales, más allá de lo que suceda con el actual gobierno o el que lo releve. O sea, la amistad se funda en la consagración de reivindicaciones de la militancia por los derechos humanos. No es un pacto turbio, entonces, pero su traducción proselitista quizá lesiona la imagen de las dirigentes en cuestión.

El movimiento de derechos humanos tiene una honrosa trayectoria institucional, fuertemente estatalista. Reclamó ante la Justicia, ante el Parlamento, ante los Ejecutivos por condenas, leyes dignas, resarcimientos a las víctimas por no dar sino los ejemplos más patentes. En el caso de las Abuelas de Plaza de Mayo, también hubo una formidable conducta que fue logrando niveles muy altos de aceptación y comprensión social. Carlotto devino una de las más altas autoridades morales de un país que cuenta con pocas merced a la esforzada búsqueda de los nietos, por el modo en que se obró, por el respeto hacia los menores y a las familias adoptantes no apropiadoras.

Ese prestigio no se extingue pero sí se deslee cuando la titular de Abuelas asiste a un acto político partidario o de coalición o como se lo llame. La adscripción a un colectivo político, que necesariamente acarrea luces o sombras, es una apuesta arriesgada, quizá no la mejor. Es posible que la asistencia de Carlotto mejore el potencial simbólico del acto pero la somete a una discusión pública en la que no tiene todas las de ganar.

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Kirchner es un convulsionador de identidades políticas. Tal como él mismo reseña (ver reportaje de página 2), ha rehusado presidir el peronismo, algo que antes ningún peronista de primer nivel hubiera pensado. Pero, al tiempo, “conduce” al peronismo, lo que lo expone a su fuerza de gravitación, que no es poca. No debería simplificarse esa tensión dialéctica, cuyo resultado cualquiera puede intentar vaticinar pero que quizá no esté predeterminado.

La Plaza K, éste es uno de los designios para el 25 de Mayo, pondrá en escena la coalición que Kirchner desea conducir a partir de ahora, o de 2007. Un conglomerado sincrético entre peronistas, radicales, progresistas, militantes sociales y de derechos humanos. Las proporciones, todo un detalle en las alquimias, están por verse.

En la entrevista ya mencionada el Presidente propugna que este conglomerado en germen debe ser “superador”, promesa y profecía que estará sometida a controversias y supeditada a su propio desempeño. ¿Se diferenciará el acto del neokirchnerismo de un acto peronista, con Kirchner a la cabeza? Otra pregunta válida de cara a lo que acontezca el jueves que viene.

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Kirchner intenta poner en estado de asamblea a los partidos realmente existentes pero sus seguidores traducen sus mandatos en términos por demás tradicionales. Dirigentes de todo pelaje largan los bofes por llegar con micros llenitos. El día después, es un dato, estará recorrido por curiosas ecuaciones que ponderen el número, la distancia, la población relativa de los distritos representados. Un asistente que venga desde el NOA o la Patagonia no califica igual que uno que llegue de Avellaneda, limítrofe y muy poblada. Todos contarán cuánto miden los otros, todos lo extrapolarán con distintas varas.

Viejos saberes en nuevos odres, pues. Un veterano dirigente de provincias niega misterio, ambigüedad o polisemia a la convocatoria presidencial.

“Esto es como las colectas que hacía anualmente el PC. ¿Para qué se hacían?” –inquiere, socrático, a Página/12.

“Para juntar plata”, responde este diario, sabedor de que ésa no es la respuesta, que será más sutil e incluirá una moraleja.

“No, querido, el oro venía de Moscú. Se hacían para medir las lealtades, los compromisos.”

Puede que de eso se trate, deflactado por el tiempo, la distancia, la densidad de provincias muy misceláneas.

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El cronista no comparte una extendida tendencia al desdén de ciertas tradiciones y lógicas de la política. Ni comulga con el dogma que propone que los ciudadanos independientes integran una suerte de elite superior a los embanderados o simplemente comprometidos (“la gente” vs. “los que son llevados”). Tampoco se sentirá muy a gusto si, como es de rigor, en los próximos días cunde un discurso entre negador y peyorativo respecto de quienes concurran convocados por “los aparatos”. Por añadidura, cree que las movilizaciones populares son un ingrediente indispensable de una democracia moderna. Y no dejará de tener su interés que, tras muchos años en que la movilización fue un recurso casi monopólico de los críticos, los opositores o los demandantes se asista a un acto oficialista. La intolerancia hacia el otro, el desdén de clase y un gorilismo epidérmico seguramente tendrán un breve agosto en los días que vienen.

La Plaza del 25 dará material para hablar y para medir. Y, sin embargo, lo más posible es que el 26 de mayo se parezca mucho al 24.

Ah, sí. El 25 Kirchner irá al Tedéum, una añeja costumbre antirrepublicana de maridaje entre Iglesia y Estado a la que sería deseable poner fin. Pocos hablan de eso, una distracción que (como tantas otras cosas) es común denominador entre oficialismo y oposición. Instar cambios republicanos, máxime si pueden colisionar con intereses tradicionales, es (para todos) menos seductor que discurrir sobre la agenda que propone el Gobierno.

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