Mié 18.10.2006

EL PAíS  › EMOCION Y ANSIEDAD EN LA LARGA CARAVANA QUE ACOMPAÑO AL CAJON

Postales de una procesión peronista

Los que se acercaron para darle el último adiós. Los que tiraban flores y los que querían sacarse una foto con la cureña.

Jorgelina Velarde estaba desconsolada. Tenía que hacerse un encefalograma esa mañana, pero no podía fallarle al General. “Quería darle el último adiós”, pero cuando llegó al cementerio de la Chacarita ya habían retirado el cajón. “Van a hacer turismo con él, a los pocos peronistas que quedamos no nos van a llevar a San Vicente. Es una infamia que no nos pusieran una combi a los que venimos a sufrir y llorar acá”, se quejó esta anciana de 81 años, mientras revolvía las tiras de papel higiénico prolijamente dobladas –que finalmente no secaron sus lágrimas–, en busca de la foto en la que aparece junto a Juan Domingo Perón. Ayer, la ex tumba de Perón quedó desierta de placas: “Se las llevaron al mausoleo”, comentó unos de los policías que pasaron la última noche porteña del General, por si aparecía “algún iluminado” que intentara amargar la fiesta. No hizo falta.

“Perón dijo: cuando un peronista se cree más peronista que otro, es señal de que se está pasando a la vereda de enfrente”, profetizó Mario Villagrán, un empleado del cementerio, que aseguró que se adelantó el traslado para no molestar a los otros muertos y a los vivos que van a visitarlos. Antes de irse, Jorgelina preguntaba cómo llegar a la CGT. Alguien se acercó, intentando esperanzarla: “Vaya para allá, seguro que consigue micro para ir San Vicente”.

“Quilombo en Retiro, quilombo en Azopardo, quilombo en San Juan, quilombo en Huergo, quilombo en Plaza de Mayo” anunció el taxista a las 10.30. Pocos minutos después, por el radio le avisaron que toda esa zona estaba colapsada. No era para menos, todos querían ver salir a la cureña. Sobre las escalinatas de la facultad de Ingeniería, cientos de obreros con cascos azules, verdes y amarillos gritaban eufóricos: ¡Perón, Perón, Perón! “Vos sos el soldado llorón. ¿No? Bueno, llorá, hay que llorar”, le gritó alguien desde la multitud a un soldado que esperaba en un jeep, que contestó con una sonrisa. A metros, un hombre tenía un gorro de papel con varias fotos del General y frases bastante interesantes. En una de las imágenes se veía al Perón hablando con su perro caniche, abajo decía: “¿Y nosotros seguimos sin aprender?”. “Imaginate, si el perro lo entendía, ¿cómo puede ser que nosotros todavía no?”, aclaró. Finalmente, a fuerza de violentos empujones, salió el cuerpo, acompañado por una camioneta desde la que saludaban Hugo Moyano, Osvaldo Mércuri, Eduardo Duhalde y Luis Barrionuevo. La gente se abalanzó sobre la cureña, desapareciéndola.

La fanfarria tocó la marcha fúnebre, compitiendo con los tambores, mientras los espectadores saludaban al ex presidente levantando los brazos y haciendo la V. La procesión enfiló por la avenida Paseo Colón, mientras muchos de los asistentes buscaron acomodarse en los micros. A medida que avanzaba la larga caravana, algunos vehículos comenzaron a colarse. A los costados de la ruta, la gente se amontonaba para saludar a la procesión mientras tiraba flores a la cureña, que luego pisaría a un joven de 20 años. Pocos soportaron la ansiedad impuesta por los 20 km por hora de la guardia protocolar. Cuando la ruta se limitó a un carril de ida y otro de vuelta, los colectivos, autos, tractores, grúas, chatas, camionetas, carros de bomberos y camiones empezaron la pelea por acercarse al féretro.

Faltaba poco cuando los vehículos invadieron el campo y la competencia pasó a ocupar cinco carriles. En un parate de los escoltas, en medio del campo, una abuela ayudada por su nieto se inmiscuyó entre los guardias para tocar el cajón, poner un clavel y sacarse una foto. Varios helicópteros seguían la procesión, un peronista de “25 años de militancia” miraba y saludaba: “Ahí está el Presidente, cuando se calme este lío seguro que baja”. Pese a los incidentes, la caravana fue recibida con aplausos y gritos en San Vicente, confirmando aquel viejo dicho de que “para un peronista, no hay nada mejor que otro peronista”.

El último tramo hundió a la procesión en una polvareda. Alertados por los enfrentamientos, la guardia protocolar tomó un atajo para entrar por una puerta lateral. Eran las 17.45 cuando el General entró a su quinta; sobre la muralla que la resguarda, la gente apoyó vallas a manera de escalera. Además del Día de la Lealtad Peronista, ayer también se cumplía un nuevo aniversario de la primera transmisión de televisión en Argentina. El dato no es menor: a sólo 50 metros de los quinta, los vecinos de San Vicente miraban, en vivo y en directo, los enfrentamientos desde una pantalla gigante.

De regreso, los vehículos pisaban una y otra vez las flores que quedaron en la ruta. El cajón del General estaba en su sitio, aunque para Jorgelina “tendría que estar en el lugar donde nació, en Lobos, esa era su voluntad”.

Informe: Emilio Ruchansky.

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