Dom 29.10.2006

EL PAíS • SUBNOTA  › DOS MONJAS MISIONERAS ANTE LA CONSTITUYENTE

Encuentro y desencuentro

› Por W. P.

Pueblo Illia: un paraje de tierra colorada, salpicado por algunas casas rústicas, de barro y paja, entre las que se destaca una escuela y un albergue. Los hijos de los campesinos pasan toda la semana allí para no caminar kilómetros y kilómetros hasta sus casas. Juegan descalzos sobre la tierra cuando un remise se detiene. De él baja una mujer vestida de negro. Camina con dificultad hasta la escuela. Se trata de Adela Helguera, a quien llaman “la monja de la motoneta”. Habla con uno de los vecinos y se acerca hasta donde está Ivonne Pierron, la misionera francesa, compañera de las monjas Alice Domon y Léonie Duquet, secuestradas en el operativo que orquestó el ex capitán Alfredo Astiz. Viene a preguntarle a Pierron si va a apoyar al gobernador de Misiones en su proyecto reeleccionista. Es un cruce entre dos historias divididas por una elección: Adela acompaña en la lista al obispo Joaquín Piña contra el gobernador; Ivonne no dice a quién votará, aunque se conoce su simpatía hacia la gestión de Carlos Rovira. “La gente tiene que recordar lo que pasó hace algunos años en la provincia”, sostiene Ivonne.

El encuentro ocurrió hace una semana, pero sigue fresco en la memoria de sus protagonistas, que se lo relataron a Página/12. “Me había llegado el rumor de que estaba apoyando a Rovira. Así que la fui a ver. Y volví admirada de mi hermana. Es una gran mujer, un luchadora que ha enfrentado a la muerte”, cuenta Adela. “Vino en un taxi, estuvo una hora y se fue. Le dije que nunca me van a ver en una lista”, relata Ivonne. “Ella sí siente que podría haber un tercer mandato para completar las políticas que impulsa Rovira. El fantasma de ella es Puerta”, interpreta Adela, quien aclara: “Yo respeto que haya opiniones distintas”.

Monja piquetera

Ya no usa más la moto, luego de una caída que sufrió (no pudo esquivar un bache y terminó de boca contra el asfalto, con una fractura de fémur). Ahora tiene una prótesis en la pierna y el médico le prohibió volver a subirse a su vieja motocicleta. Pero Adela no perdió nada de su potencia. “Ahora lucho con el bastón en la mano, ¡¡así que soy más peligrosa!!”, bromea a los 70 años.

Adela vive en Santa Rosa, una de las barriadas de Puerto Iguazú, donde las casas todavía son de chapa y madera. “Es una zona pobre. Antes lo llamaban el barrio de ‘arreglate como puedas’. Pero ya no es de los peores. Logramos poner cloacas y electricidad”, asegura. La zona se encuentra lejos del centro, donde los restaurantes turísticos conviven con personas mendigando o guaraníes que intentan vender artesanías para sobrevivir. Para Adela, el principal problema es la tierra. “Es un problema para los guaraníes, pero también para los colonos. Muchas familias campesinas –dicen– son ocupantes ilegales. Pero, ¿qué ocupan? Latifundios en la selva misionera. Esos son los verdaderos ilegales”, remarca. Hace poco, propuso una ley que salde las deudas de los propietarios de esas tierras mediante la expropiación.

La compañera de lista de Piña llegó a Iguazú hace doce años, después de trabajar en las villas del conurbano y pasar cuatro años en París y viajando por Japón, Filipinas, la India, como asesora en el Consejo General de la Congregación. La crisis de 2001 la encontró quemando gomas. Integró el Frente Nacional contra la Pobreza (Frenapo) y en 2002 protagonizó un corte de ruta con desocupados de la zona. “Pedimos que se le diera comida a la gente. Que los chicos mueran de hambre es un atentado. Y, aunque ya no es como en 2001, acá en Iguazú los chicos siguen muriendo de hambre”, denuncia. La Gendarmería se presentó poco después de que empezaron el corte y la tomó como interlocutora. “Es delito cortar rutas”, le espetó el gendarme. “Más delito es que estas criaturas se mueran de hambre, ¿no le parece?”, respondió Adela, quien terminó detenida.

“¡Aguanten compañeros!”, les gritaban los vecinos, que se tostaron bajo el sol en pleno febrero en la puerta del juzgado. Hasta que salieron. Como les prohibieron los cortes, empezaron a hacer procesiones. Hicieron un via crucis “de Jesús y del Pueblo, que sufre hambre y fue traicionado de sus gobernantes” por el medio de la ruta. “A partir de eso, soy la monja piquetera”, chancea Adela.

En 2006, ante el cierre de 11 comedores, tomó la municipalidad y organizó una olla popular como parte de una asamblea ciudadana, que se reúne en la ciudad frontera. Desde la asamblea, denunciaron al intendente rovirista Claudio Filippa. “Filippa fue elegido como justicialista. Y al cabo de dos años, dijo: ‘Si sigo en el PJ, no consigo nada para la municipalidad’. Y se cambió la camiseta. Y recibió. Y robó. Nosotros lo hemos denunciado por enriquecimiento ilícito por diez millones de pesos. Por supuesto, que está con telarañas el expediente en Eldorado”, explica.

La candidata del Frente Unidos por la Dignidad le apunta al clientelismo. “Nunca he visto tanto dinero. Acá en Iguazú se ha rifado un coche, motos, junto con las boletas de re-re que dicen, K Sí – R Sí. Lo dejan pegado a Kirchner”, denuncia. “Kirchner se equivoca al apoyarlo”, insiste ante este diario Adela, que niega que sea una pelea entre el Gobierno y la Iglesia. “La Iglesia siempre ha hecho política. Desde el tiempo de Jesús y el Evangelio. Nosotros lo seguimos a él, que se enfrentó con Herodes, con Pilatos y con la Iglesia de aquel momento”, afirma.

También le huye al abrazo del oso del ex gobernador Ramón Puerta. “Puerta no es ni el ideólogo, ni el que sostiene al FUD, que está caminando con sus propias patitas. Piña puso como condición que Puerta no estuviera. Y Rovira agita mucho el fantasma del pasado”, reconoce.

Los fantasmas del pasado

Hay un solo teléfono en Pueblo Illia, rodeado de un mar verde a 220 kilómetros de Posadas. Ivonne tiene que acercarse fatigosamente para atender a Página/12. Los 79 años le pesan, pero no la detienen. Al empezar la conversación aclara que no dirá a quién va a votar. “Mi voto me lo reservo para mí. Yo sola lo sé”, afirma Ivonne quien, sin embargo, no oculta su aprecio al gobernador. “Lo que se ha visto es que hay una preocupación por mejorar las cosas. Los campesinos, los aparceros te dicen que están mejor, más seguros a nivel sueldo y obra social”, comenta con un acento francés que permanece intacto. “No es solamente Rovira acá, sino que hubo un cambio a nivel nacional”, aclara en alusión a Néstor Kirchner.

Ivonne es renuente a hablar de la oposición, aunque lanza una advertencia que conduce a Puerta: “La gente tiene que recordar qué pasó hace unos años en la provincia. Me refiero a lo que se ha vivido en todos estos años. Yo llegué en 1987 y he visto bastante”.

“Yo no me metí en ninguna lista. Mi forma de lucha es codo a codo con mi pueblo. No pasa por meterme a los 70 y pico de años en una lista”, indica. Suena a reproche a Piña. Aunque nada quiere decir sobre él. “Me da mucha pena lo que pasa en Misiones. Se ha vuelto triste, porque es la única provincia en la que se ve esta competición del poder. Hay que pensar en el pasado de Misiones”, insiste. Esa competencia del poder la lleva a recordar a un latifundista en Corrientes. “Cuando se estaba muriendo, en el lecho de muerte ese explotador le decía a su familia: ‘¿Qué están haciendo con todo lo que acumulé? ¿Qué hacen con mi dinero?’”, relata.

Pronto sus recuerdos la llevan a Perugorría, el pueblo correntino en el que compartió su opción por los pobres con Alice Domon y donde era a la vez enfermera y militante de las Ligas Agrarias. Había venido de Francia en 1955. Pronto se sumó a los piquetes de los campesinos para reclamar a los acopiadores de tabaco que aumentaran el precio que pagaban. Lo consiguieron. En 1974, los hacendados mandaron su tropa. Allanaron la casa de las monjas y confiscaron sus Biblias, en versión latinoamericana.

Los aprietes fueron in crescendo. Un mensaje oportuno de Alice en plena dictadura le permitió escapar. Se exilió un tiempo en Francia, después viajó a Nicaragua y volvió a la Argentina en democracia. Recaló en Pueblo Illia, donde comenzó un hogar, una casa de madera sobre pilares, donde le enseñan a una treintena de pibes. Antes tenían que caminar hasta 20 kilómetros a pie. Ahora tienen el albergue, que Ivonne les encargó a dos ex alumnos. “Eso de quedarse con los brazos cruzados no va conmigo, así que acepté ser asesora en Derechos del Hombre de la provincia”, relata. Aunque de inmediato advierte: “Nunca aceptaré un cargo, porque te ata las manos”. “Lo que pido es que el pueblo abra los ojos para distinguir lo que se ha hecho o no en estos años. Lo que apoyo es la liberación del pueblo, porque aquí en el monte vi lo que es la explotación”, concluye.

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