Lun 11.02.2002

ESPECTáCULOS

En Cosquín Rock, una aplanadora dejó sin defensas a la plaza folklórica

Unas doce mil personas esperaban anoche por Charly García, en el cierre de un festival que regaló potencia y adrenalina rockera.

› Por Esteban Pintos

Desde Cosquín
Un intenso Cosquín Rock Nº 2 concluía anoche al cierre de esta edición, con toda la expectativa puesta en el show de Charly García que, de acuerdo al respetable atraso que llevaba la programación del domingo, haría su aparición bien entrada la madrugada de hoy lunes. Algo así sucedió en la larga noche del sábado: Divididos cerró el día del rock, blues y power tríos con un set inflamable que concluyó ¡a las seis de la mañana! Ayer domingo, Turf, los locales Armando Flores –con la participación especial del santiagueño y cordobés por adopción Raly Barrionuevo–, Kapanga y El Soldado cumplieron: dieron lo suyo y la pequeña multitud que los acompañó desde temprano, respondió en consecuencia. Con Buda, el grupo del histórico baterista de Sumo Alberto “Superman” Troglio, hubo indiferencia que ni siquiera se pudo remontar con la participación especial de Andrea Prodan, el hermano de Luca.
Cuando la noche ganó el cielo serrano, Erica García se presentó con una cacerola en escena, arengó a la audiencia y pudo ganarse a los chicos y chicas que querían a Las Pelotas. La chica positiva se fue en medio de un número caótico de cierre de performance rockera, incendio de guitarra incluido. Erica tiene actitud para sostenerse y aun en el riesgo permanente de rechazo que vivió se las arregló bastante bien. Después sería el turno de Mimi Maura, Pez y el trío estelar Babasónicos-Las Pelotas-García. Unas doce mil personas cubrían la plaza Próspero Molina, en la última jornada de un festival llevado adelante con pasión de parte de los organizadores, músicos y público. Todos pusieron lo suyo para que fuera posible algo que, en este contexto depresivo de crisis, parecía imposible de concretar con éxito. Este festival fue un éxito, aun nadando contra la corriente del recelo municipal y policial, y el mismo desorden que toda multitud de jóvenes puede provocar en una pequeña villa serrana como ésta, acostumbrada a otro tipo de presencia popular movilizada por la música.
La noche del sábado será recordada, en el balance de este festival, como la de las guitarras al palo y un fervor que fue y volvió desde el escenario a la plaza y viceversa. De Pappo quedó dicho que, tanto con Pappo’s Blues como con Riff, se ganó el corazón de los miles de pibes que esperaban por Divididos. Desde el costado del tablado, Andrés Ciro y Ciro Pertusi lo observaban con la expresión típica del fan: los dos cantantes, el de Attaque 77 y el de Los Piojos, crecieron escuchando el rock de Napolitano y disfrutaron de los dos shows que dio el dueño del perro Cactus. Pappo vino, vio y venció en Córdoba, eso quedó claro. Un rato después, la energía incandescente de Catupecu Machu invadió la noche coscoína: este grupo sostenido en el carisma de los hermanos Ruiz Díaz es cosa seria. Aunque Fernando, el cantante y guitarrista, llegue a saturar con su recurrencia por los discursos entre canción y canción, tienen el encanto fresco de una banda que está en ascenso, y lo sabe. Cuentos decapitados, su disco del despegue definitivo, puede mantener con sus canciones el peso de cualquier performance en vivo y si además irrumpen dos arengas eléctricas para poguear y saltar como “Elevador” (el primer hit del grupo, cuando los cincuenta o cien que los iban a ver terminaban sobre el escenario) y “Dale”, el partido está ganado y por goleada. Ahora Catupecu deberá enfrentar el desafío de seguir en ese nivel, hacer otro disco de buenas canciones (“Y lo que quiero es que pises sin el suelo” y “Eso vive” podrían ser el más directo antecedente) y continuar con el mismo entusiasmo contagiante frente a cualquier público.
Pese a lo informado ayer en la edición de Página/12, hubo algunos incidentes en las primeras horas de la madrugada del domingo. No hubo balazos de goma, quedó dicho, pero sí algunas corridas, destrozos de vidrieras y una cierta sensación de caos a unas diez cuadras del escenariodel festival. Por supuesto que estos hechos deben ser considerados menores al lado de lo que se vivió el viernes. La instalación de una pantalla gigante afuera de la plaza contribuyó a calmar los ánimos. La voracidad de Crónica TV por anunciar “violencia en el rock” no pudo ser satisfecha, por suerte.
El show de Divididos, cerrado con una salva de canciones de las mejores que haya legado Sumo para la historia del rock argentino (“Estallando desde el océano”, “El ojo blindado”, “Mejor no hablar de ciertas cosas”), fue impactante. De buen humor, el trío-aplanadora no dejó títere con cabeza por casi dos horas, yendo de aquí para allá en su propia historia y descargando su batería de canciones infalibles, las que son capaces de levantar un muerto. Piénsese en “Rasputín” o “El 38”, por ejemplo: ¿quién se puede resistir a moverse, saltar y sacudir la cabeza? El gran pogo cordobés previsible para “Cielito lindo”, estuvo a la altura de las circunstancias: fue monumental, tanto como la interpretación que el grupo brindó. Se sabe, en el rock, que Divididos no falla nunca, esto es: Arnedo construye la pared con Araujo, sobre la que Mollo canta como nadie en su estilo y toca la guitarra ídem. El fuego parece siempre estar garantizado con ellos. Quienes estuvieron en su show de la segunda edición del Brahma Cosquín Rock, tienen de qué vanagloriarse. Un recital de Divididos lo merece.

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