Sáb 13.07.2002

ESPECTáCULOS

La tortura, un monstruo grande que ataca del modo más solapado

La obra “Las incertidumbres de un torturador discreto” expone el drama de dos mujeres que no ven la tragedia que se cierne sobre ellas.

› Por Cecilia Hopkins

Novelista, dramaturgo y escenógrafo nacido en Bordeaux en 1943, Claude Bourgeyx ha escrito obras tanto para niños como para adultos, siendo 42 historias extravagantes uno de sus textos más conocidos. Adaptada y dirigida por Fito Dorin, su obra Las incertidumbres de un torturador discreto (la primera de su autoría que se estrena en el país) cuenta con la interpretación de Alicia Palmes y Susana Behocaray, la misma dupla que pone en escena desde el año pasado la exitosa Marta y Marta, con dirección de Elvira Onetto. No es la cocina esta vez la que las reúne: ahora encarnan a dos personajes que se encuentran internados en un sórdido hospital, sin conocer los motivos por los cuales fueron confinados en una habitación junto a un tercer desconocido.
El aburrimiento y el desconcierto aproxima a ambas mujeres: Reina (Palmes) tiene veleidades intelectuales y afirma haber sido una actriz famosa en el pasado. En cambio, Doña Elvira (Behocaray) –un ama de casa sin demasiadas luces– encuentra en el tejido compulsivo la mejor forma de matar el tiempo. Pero antes de que las mujeres comiencen a compartir sus historias tienen lugar breves momentos a través de los cuales son presentadas las condiciones de los encierros forzosos. Allí cobra especial relevancia el inquietante conjunto de elásticos de camas (ése es todo el mobiliario del que dispone la habitación) y el altavoz desde el que se imparten órdenes precisas sobre el comportamiento que se espera de las internas. De tanto en tanto, un enigmático hombre de traje y guantes grises (a cargo de Darío Fernández) se asoma para comprobar cómo evoluciona el tercer personaje, que se encuentra totalmente tapado por las sábanas y conectado a lo que se supone es un respirador artificial.
Contrastando con lo tenebroso del lugar, las dos mujeres intentan animarse mutuamente a través de los recuerdos del pasado, memorias que mechan con exabruptos de vecinas mal avenidas. Pero las situaciones se tornan previsibles a causa de la obviedad de las implicancias políticas del texto. De modo que, una vez pasado el momento de las anécdotas –el tramo más vital de la obra– y con la conciencia de estar encerradas en una suerte de ratonera, las dos mujeres se enfrentan con la desesperación de matar o morir, sin que los personajes dejen a un lado el trazo grueso con el que fueron delineados. Si bien llegan a la conclusión de que existe un torturador que piensa eliminarlas, no tienen tiempo de comprender que la brutal tarea queda absolutamente a cargo de ellas mismas.

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