Dom 10.02.2002

ESPECTáCULOS • SUBNOTA

La segunda noche de Cosquín tuvo mucha música, pero sin represión

› Por Esteban Pintos

La segunda jornada del Brahma Cosquín Rock transcurría anoche, al cierre de esta edición, dentro de aquellos límites de orden que el viernes por la noche-madrugada del sábado (ver recuadro) habían sido vulnerados, paradójicamente, por la acción policial. Una imagen: a las 9.30 de la noche, cientos de chicos y chicas circulaban tranquilamente por la calle San Martín, la principal de la ciudad del folklore –y desde ahora, también, del rock–, algunos esperaban por sus amigos, otros mataban el tiempo con una cerveza. Una larga fila, ordenada y sin empujones, avanzaba hacia el ingreso a la plaza Próspero Molina. En el cielo, las estrellas de siempre (muchas). Y sobre el escenario Yupanqui, Pappo hacía temblar las cuerdas de su guitarra en el solo de “Desconfío”, tal vez la mejor de todas sus canciones en treinta años. Todo lucía y estaba tranquilo, esperando por Riff, Catupecu Machu y Divididos, las grandes atracciones de la noche. Una multitud estimada en doce mil personas siguió cada uno de los doce shows del día, coreó sus canciones favoritas, saltó y se dejó empujar (contagiándose la energía del otro). Los pibes fueron felices. Después de la agitada noche de viernes, entre la fiesta y la represión, esto se pareció a un estado ideal de rock en vivo, en Argentina. Lo que siempre debería ser, la verdad.
Este sábado coscoíno, a juzgar por las actuaciones de las principales figuras del cartel, fue de blues y rock and roll duro, generalizando. En verdad, hubo un segmento “purista” del primero con Botafogo y más tarde con la Mississippi, otra clase de rock garantizado por Catupecu Machu y Divididos, y... Pappo. El veterano rocker es un caso aparte en todo sentido. Llegó con su perro Cactus –al que presentó en el escenario durante su set con Pappo’s Blues–, su hijo Luciano y dos bandas para liderar. Algo molesto por tener que tocar antes que Catupecu Machu, montó su número a lo largo del día en el bucólico paisaje serrano. Pappo es el primer y verdadero “hombre de negro” del rock argentino: en ocasiones como ésta, su figura se eleva. Hay que verlo todo de negro, gafas incluidas, pisar el escenario con esa actitud única. Su panza sigue creciendo y se entiende poco lo que dice, pero casi siempre es gracioso, filoso, lapidario. Haciendo música, que es lo que importa, lució en gran forma. Primero, levantó de verdad y por primera vez la temperatura de la noche, con una seguidilla inicial demoledora: “Desconfío”, “Tomé demasiado” y “Sucio y desprolijo”. Más adelante, Alejandro Medina –otro histórico– subió a cantar “Todo el día me pregunto”. Fue la gloria para los miles de chicos y chicas que se agitaban pegados a la empalizada de madera que separa al público del área de escenario. Más tarde, volvió con Riff y ahí todo subió en intensidad y volumen. Las apariciones de Pappo, intermediadas por la Mississippi, introdujeron a otra gran noche de rocanrol.
El viernes, de no haber sido por los balazos de goma, también hubiese merecido el mismo juicio. El Otro Yo revalidó su gran momento y dejó a todos con la boca abierta. Tienen carisma, canciones y una forma de pararse en un escenario únicas para el medio local, y no parecen detenerse en su ascenso. Más tarde, Attaque 77 confirmó su buena salud como banda punk que hace rato dejó de serlo, al menos en cuanto a las posibles limitaciones que el “género” parece traer consigo. Es un grupo maduro con cuatro fuertes personalidades, un compacto bloque de canciones que suenan frescas y contundentes (el caso de la reactualización del clásico adolescente “Hay una bomba en el colegio”, es una muestra) y nunca parecen estar detenidos. Debe ser la banda argentina que más shows concretó en los últimos cinco años, aquí, allá y en todas partes. Ese rodaje resulta un argumento incontrastable cuando se debe pensar por qué suenan como suenan.Hubo momentos de gran intensidad y emoción en su largo show: “Canción inútil”, dedicada a los desaparecidos y precedido por la voz de Hebe de Bonafini. Una línea de esa canción, “parecen ser adolescentes siempre... Es como debe ser” quedó resonando en la plaza.
Los Piojos, por lejos los más convocantes y festejados, dieron rienda suelta a la fiesta alrededor de las dos de la mañana del sábado, precedidos por una salva de fuegos artificiales y el espectáculo habitual que brinda su público cada vez que tocan. Tocan los músicos y acompaña la multitud que conoce cada uno de los momentos de su show: los coros que acompañan ciertos estribillos (“Te diría”, gran comienzo; y por supuesto “Tan solo”, “Ay ay ay”, “Genius”, “Ruleta”), el “Maradó, Maradó” de la gente que precede a la canción del mismo nombre y el gran final, cuando llega el repaso de las banderas y las zonas que representan. Esta vez, hubo agregado de chicas sobre el escenario para “Muévelo”. Todo en un contexto de fervor popular que se mantiene inalterable o, mejor dicho, cada vez mayor.

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