Jue 09.09.2010

PSICOLOGíA  › EN EL ATUENDO MUSULMáN, EN EL HáBITO DE LA MONJA

Erotismo del velo

En el velo de la mujer musulmana, como en el hábito de la monja cristiana, el autor encuentra determinaciones que no corresponderían a una “sumisión religiosa”, sino a “un goce que la invocación religiosa encubre”.

› Por Eduardo Foulkes *

De las monjas y el erotismo de su hábito, el Decamerón conserva páginas memorables. De lo que experimentan las mujeres musulmanas con su velo, sabemos menos. También ellas lo presentan como una manifestación pública de su religiosidad, pero no faltan testimonios de un goce del velo, que la invocación religiosa encubre.

La exposición del rostro sólo facilita un acceso a una identidad fisonómica, sin permitir por ello atravesar ese velamiento del sí mismo que es el rostro como máscara, cuya máxima expresión se alcanza en la sociedad victoriana, una cultura de la disimulación, la contención y la compostura de emociones y sentimientos. Este dominio, como se sabe, sólo se alcanza relativamente, pero sirve, como decía Aristóteles, para dominar a los demás. El anhelo musulmán de ocultar el rostro responde a otras premisas y tal vez no se trate tanto de esconder la identidad como de restringir al máximo la expresión pulsional.

Por eso tenemos derecho a suponer que la restricción religiosa deviene un síntoma, una formación de compromiso que incluye, en la misma prohibición, el goce de la pulsión escópica, de mirar. Es conocido el ejemplo del obsesivo que, al lavarse las manos, intenta lavar sus malos pensamientos pero, al hacerlo no deja de gozar, embadurnándose las manos con “... la caca”. Entonces, no sólo del integrismo religioso se nutren el velo o el hábito, y hay que pensar en el goce que el velo vela, pero que no logra hacer desaparecer. Ello remite al integrismo del goce y al goce del integrismo, aquí recluido en los pliegues del hábito y del velo.

¿Qué conduce a la mujer musulmana al uso del velo y a la monja al de su hábito? Para la opinión corriente, el hábito de las monjas o las prendas tradicionales de las mujeres musulmanas representan una demostración de sumisión religiosa que las obliga a ocultar su cuerpo y a veces su rostro. Pensar allí en un goce diferente que el del superyó, con su imperativo moral, se nos vuelve desatinado.

Si la pulsión y la mirada se despliegan en ese espacio del “verser vistoviendo”, en un circuito pulsional, la restricción pulsional del velamiento se nos hace evidente. El cine ha provisto de innumerables escenas eróticas de Santa Teresa gozando de su hábito. Con el velo musulmán tenemos menos imágenes eróticas y nuestra digresión, sin ser infundada, será menos generosa sobre esa relación larvada del velo con una identidad de goce. Hay un goce en la identidad que se refleja en la caracteropatía, donde se goza de la “forma de ser”, pero hay también identidades de goce, localizaciones o estaciones del goce que tienen inscripciones deletreables, y el velo es una de ellas. Gozar del roce de la tela, de sus pliegues y sinuosidades, de sus bordes y sus texturas, de su poder de evocar un paraíso capaz de conmover la fantasía del espectador.

Es lo que hace Gatian de Clérambault –único maestro en psiquiatría reconocido por J. Lacan– quien en su trabajo “La pasión erótica de las mujeres por las telas” descubre lo que es también su pasión, ciertamente, como ha sido señalado, más fetichista que la que él observa en las mujeres marroquíes que persigue estudiar: su trabajo fotográfico del velo de las mujeres musulmanas es bello y prolífico (ver ilustración). El velo, supuesto velador del goce, se revela su objeto y se vuelve emisario de una latencia pulsional que irrumpe intempestivamente en un giro o una pose de ese cuerpo cubierto, como algo desconocido que, acechando desde una interioridad velada, reclama su goce. Interioridad extranjera, el velo, más que reprimir realiza; más que disuadir, estimula; más que unificar el cuerpo, lo fragmenta en una imagen. La diferencia cultural, antes que diferencia religiosa deviene diferencia del goce. Se impone entonces preguntarse por el lugar que ocupa el goce en la defensa a ultranza de la identidad cultural.

Decimos que el velo, el hábito o cualquier vestido religioso o ritual se hacen frontera de una identidad de goce. El que se excita eróticamente con fantasías sexuales con monjas interpreta un libreto erótico que le dicta su inconsciente. El arte de la sensualidad se desprenderá en innumerables variaciones posibles, que irán desde cambiar el color al hábito, despojarlo brutalmente o bien, en un lento trámite de detenerse en la cofia, el ruedo.

En cada elección dictada por el inconsciente hay una identidad de goce jugada, que será además foco inevitable de envidia para cualquier semejante, ya que, si tratara de imitarla se encontraría decepcionado al ver que sólo coincide en parte con su fantasía. El goce del semejante se le escapa y siempre será el que a él le falta. Hay allí una razón para la defensa de la propia identidad de goce y su prevalencia ante el goce del Otro.

Manifestación religiosa o étnica, el velo de la monja que enseña en el colegio geografía, o de la joven musulmana que va a la universidad a estudiar filología inglesa, se burlan de la polémica europea, de plena actualidad, que pretende desentrañar su significado en normativas culturales que buscan facilitar la integración. Sin desmerecer el costado multiculturalista del colectivo de las religiosas o de las musulmanas con sus prendas tradicionales, sentimos erigirse la dimensión del goce como aquello que no hay que dejar fuera de consideración cuando se discute el choque intercultural. La cultura es también, y sobre todo, una afirmación de las raíces de un goce que el otro diferente me propone cuestionar, devaluar o abandonar.

* Anticipo de un texto que se publicará en el próximo número de la revista Imago Agenda (ed. Letra Viva).

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