Jue 09.09.2010

PSICOLOGíA  › SOBRE UN SUPUESTO ASESINO SERIAL

“Hannibal del subdesarrollo”

› Por Andrea Homene *

El caso que me ocupa es el de “Marcelito”, joven del Bajo Flores a quien importantes medios de comunicación sindican como el autor de varios homicidios, “asesino serial”. Si bien hasta el momento ha sido formalmente acusado por la autoría de dos hechos de homicidio y un ataque a balazos, mediáticamente ya se lo ha encontrado culpable y condenado como el autor de siete crímenes y cuatro ataques. Asimismo, “especialistas” han trazado un “perfil psicológico” del supuesto asesino serial, sin haber tenido el mínimo contacto con él.

Se habla de un pacto con San La Muerte, que es un personaje venerado en la antigua región guaranítica de América del Sur y principalmente en Paraguay, noreste argentino y sur de Brasil y, por causa de las migraciones internas, en el Gran Buenos Aires. San La Muerte es una figura esquelética que representa la similitud con todos los seres humanos. Tiene en su mano derecha una guadaña, como señal de la igualdad ante Dios. Sus ojos rojos simbolizan la sangre, cuyo color une a todos los seres humanos; su mirada se interpreta como la justa posición que Dios le ha otorgado para ver a los hombres de manera equitativa. Los portadores del amuleto de San La Muerte creen ser invulnerables a maleficios y desgracias, el amuleto atrae el amor y la buena fortuna. La creencia popular se basa en pedirle al Santo y, a cambio, hacerle una ofrenda: golosinas, whisky, cigarrillos o flores. Para esos medios de comunicación, el pacto con San La Muerte sería el resorte motivador de los crímenes aún no probados.

Resulta interesante la simbología en cuestión: igualdad ante Dios, similitud con todos los seres humanos, unión entre los humanos, posición justa de Dios, que vería a todos los hombres de manera equitativa: todo lo contrario a la realidad social. Los medios a su vez contribuyen a cristalizar perfiles: qué mejor que un joven del Bajo Flores, presuntamente devoto de un santo pagano o falso dios, para hacer de él una especie de Hannibal del subdesarrollo: un ser distinto de “nosotros”, que nos resulta ajeno, con quien nada nos une. A él, el supuesto dios no debería tratarlo de manera equitativa.

La literalidad de la lectura hace, además, que se suponga que, por denominarse “San La Muerte”, han de ser muertes lo que se le ofrenda. Si Marcelito fuera, efectivamente, el autor de los crímenes, y si se confirmara su ritual asesino, ello sólo pondría en evidencia que se trata de un joven con serias perturbaciones psíquicas. Si, en lugar de golosinas, whisky, cigarrillos o flores, ofrece muertes, él hace una lectura literal, que curiosamente coincide con la interpretación periodística en la comprensión de los requerimientos del santo.

El horror/fascinación que despierta la idea de un Doctor Lecter entre nosotros hace que todos los crímenes sin resolver, basta que presenten una mínima similitud entre sí, le sean atribuidos al recién creado monstruo. De paso, se “esclarecen” hechos que hasta ahora estaban en la lista de los casos en los que no habían sido hallados los responsables.

La violencia está presente en todas las esferas sociales, pero cuando se trata de jóvenes marginados, el tratamiento mediático es diferente. Nuestro serial killer más famoso, el Petiso Orejuddo, se negó sistemáticamente a solicitar su libertad, cuando ya estaba en condiciones de hacerlo. En un reportaje manifestó: “Yo me compadezco de ustedes: es terrible la violencia que hay afuera”.

* Psicoanalista. Perito psicóloga del Equipo Técnico de la Defensoría General de Morón.

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