Sáb 25.09.2010

SOCIEDAD  › VIOLENCIA DE GéNERO, MEDIOS Y SOCIEDAD

Mujeres quemadas

Después de Wanda Taddei, varias mujeres resultaron violentadas con ese mismo método por esposos, novios o ex parejas. Aquí, dos miradas reflejan la preocupación en torno del fenómeno. La inacción judicial y el riesgo de la repetición. Y la (escasa) repercusión social y mediática de esos hechos en comparación con otras mujeres atacadas, como Carolina Píparo.

Por Mariana Carbajal

¿Cuántas más vendrán?

Como en la Edad Media, cuando la Inquisición con impunidad y sadismo quemaba vivas a mujeres que le resultaban inconvenientes, con horror vemos por estos días una seguidilla de casos de jóvenes muertas como consecuencia de graves heridas producidas por el fuego. En seis meses fallecieron ocho mujeres en circunstancias más o menos similares –o sufrieron quemaduras o fueron degolladas y luego incineradas– y otras tres permanecen internadas en estado delicado, de acuerdo con el relevamiento que realiza el Observatorio de Femicidios en Argentina de la Sociedad Civil que dirige Ada Rico de la ONG La Casa del Encuentro. Casi siempre el libreto se repite: se habla de un “accidente” con alcohol. En la mayoría de los casos, la pareja, novio, o ex esposo había sido denunciado previamente por situaciones de violencia doméstica o aparece sindicado como golpeador, de acuerdo con el relato de familiares cercanos a la víctima.

La primera muerta en la hoguera fue Wanda Taddei. Tenía 29 años y sufrió quemaduras en el 60 por ciento de su cuerpo. Para que soportara el dolor estuvo en coma farmacológico, desde el primer día que la internaron, el 10 de febrero. Murió once días después. El hecho fue ampliamente cubierto por los medios por la fama de su esposo, el baterista del grupo Callejeros, Eduardo Vázquez, y las connotaciones que el fuego tenía con la banda y la tragedia de Cromañón. Según los dichos de Vázquez, se trató de un accidente en medio de una discusión. Estuvo preso, pero el juez Daffis Niklison le dictó la falta de mérito y lo dejó en libertad.

En la trágica lista que inauguró este año Wanda Taddei está escrito con fuego el nombre de Betiana Chávez. Tenía 21 años. Vivía en el barrio Cooperativa Río Grande, de Neuquén. El 85 por ciento del cuerpo le quedó quemado y tras 24 horas de agonía, falleció por la gravedad de las heridas. Detuvieron a su pareja, un hombre de 40 años, sospechado de rociarla con alcohol y prenderle fuego. El hecho ocurrió el 22 de mayo, pero el 7 de junio el diario La Mañana de Neuquén informó que el juez Marcelo Benavides dispuso la libertad del sospechoso por falta de mérito. “Lo que sabemos es que hubo una discusión y que en ese momento se encontraban los dos solos. Todavía no podemos saber cómo fue que la mujer terminó quemada, por lo que estamos trabajando en el hecho”, señalaron al matutino fuentes cercanas a la investigación.

El 22 de agosto, Fátima Catán, de 24 años, también resultó con el 85 por ciento de su cuerpo con serias quemaduras. Luego de estar internada en el Hospital Evita de Lanús, fue trasladada al Hospital San Martín de La Plata para una atención más especializada. El episodio sucedió en un departamento de Villa Fiorito, donde se encontraban ella y su novio Martín Gustavo Santillán, quien manifestó que se trató de un accidente: dijo que Fátima estaba limpiando los CD con un pedazo de algodón y alcohol, encendió un cigarrillo y se prendió fuego.

Desde el 5 de septiembre está internada en el Hospital de Wilde, Katherine, de 17 años, con quemaduras que afectan cerca del 40 por ciento de su cuerpo adolescente. Su padre y su madre sospechan de su novio, Pablo, de 19 años. Apenas algunas de las historias. La lista sigue. ¿Casualidad? ¿Se hubiesen repetido los hechos si la impunidad no acompañaba la muerte de Wanda Taddei?, es la pregunta que por estas horas se hacen quienes trabajan en la asistencia a mujeres víctimas de violencia de género. El fuego esconde indicios. Y la Justicia no los busca o no los quiere ver. “Si como sociedad la respuesta que damos a estas muertes es indiferencia para investigar, impotencia para descubrir, e inoperancia para castigar, no hacemos otra cosa que alimentar este tipo de conductas; tentando a ciertos varones a convertirse ellos mismos en la ley. Y utilizar una grieta donde la acción de dominación hacia la mujer más aberrante puede llegar a convertirse en el ‘crimen perfecto’, sostienen Fabiana Tuñez y Ada Rico, de La Casa del Encuentro. “Como un robo, el asesinato de una pareja es un hecho premeditado. Ninguno de estos asesinatos es producto de la emoción violenta. Lo que demuestra que no son crímenes pasionales. Los golpeadores se avivaron de que la muerte por quemaduras es difícil de probar. Y han recurrido a esta metodología como estrategia judicial. Esta seguidilla de muertes de mujeres es una prueba más de la ineficacia de la Justicia para proteger a las víctimas de violencia machista. Es la misma Justicia la que prepara el terreno para que estos hechos ocurran”, analiza, a modo de hipótesis, Ana María Fernández, profesora titular plenaria de la Facultad de Psicología de la UBA y autora del libro Las lógicas sexuales. Amor, política y violencias (Editorial Nueva Visión).

Pocos días atrás, en el grupo de ayuda mutua para mujeres golpeadas que coordina la Fundación Propuesta en una parroquia de Temperley, al sur del conurbano, una joven relató que su novio la había amenazado con la frase: “Te voy a quemar como a Wanda”. No fue el único. El mismo comentario se viene escuchando en las últimas semanas en distintas ONG que brindan atención a mujeres víctimas de violencia de género.

Mientras los femicidios queden impunes, mientras la Justicia no jerarquice las denuncias por amenazas o lesiones que diariamente presentan víctimas de violencia machista contra su pareja o un ex esposo y actúe para darles amparo a tiempo, las probabilidades de que estos hechos se repitan serán altas. ¿Cuántas Wandas más vendrán?


Por Pedro Lipcovich

Robos y femicidios

En estas últimas semanas se registra en la Argentina una serie de casos de mujeres que, rociadas con alcohol, fueron quemadas. Estas acciones, por las que fueron denunciados ex cónyuges de las víctimas, han tenido en la opinión pública una repercusión relativamente escasa, por ejemplo si se la compara con la que obtuvo la agresión a la señora Carolina Píparo en ocasión de robo. No es inútil preguntarse por las razones de esta diferencia, especialmente por cuanto la represión y prevención de los delitos ligados al femicidio depende de una disposición que debe verificarse al interior de la sociedad.

Para examinar esta cuestión, conviene no imaginar que la opinión pública sea víctima inocente de medios de comunicación que la manipularían: es preferible indagar cuáles son aquellos puntos ciegos, sintomáticos, inconfesables, donde en todo caso los medios encuentran anclaje para sus manipulaciones.

Carolina Píparo, como cualquier víctima de violencia en situación de robo, no fue agredida en tanto mujer sino en tanto propietaria; pero se destaca su condición de mujer embarazada, a punto de dar a luz: fue atacada una madre, y la atacó un extraño.

Las mujeres quemadas, en cambio, son agredidas, no en tanto propietarias, sino en tanto propiedad. El método empleado apunta a la destrucción del cuerpo, ante todo de la piel, la envoltura en la cual el cuerpo se constituye como deseable y deseante. Y quien presuntamente ataca no es un extraño sino el ex marido: el que tuvo (¿tiene?) derecho a ese cuerpo cuya su propiedad le fue arrebatada por ella misma, la mujer que así recibe castigo. Al igual que el culpable de homicidio en ocasión de robo, esta mujer ha pretendido robarle a otro su propiedad. En un acto insoportable, la propiedad pretende afirmarse como propietaria.

Además, está bien lejos de ser una madre. Si la imagen de la madre se consume en el desvelo por el hijo, bien lejos de todo deseo sexual, la mujer quemada es la que, en el acto de separarse del hombre, reveló su deseo. Nada más sexual que la mujer que, al no desear ya a un hombre, manifiesta su disposición a desear a otros.

Finalmente, el femicidio emerge desde el ámbito que se ha dado en llamar vida privada: esfera cuya apertura siempre es incómoda, que es mejor cerrar de inmediato y de la que es preferible que no se sepan ciertas cosas, precisamente aquellas en las que el sujeto podría verse llevado a desagradables identificaciones con el victimario o con la víctima. Mucho más objetivable, es decir, mucho más seguro para este sujeto de la opinión pública, es el crimen en ocasión de robo: ¿cuál no sería la repercusión, cuál la exigencia de castigo si, tras irrumpir un ladrón en una casa, la dueña fuera rociada con alcohol e incinerada?

En cambio puede hablarse con facilidad del femicidio cuando se da en el registro de una cultura diferente. Lapidaciones pueden tematizarse sin riesgo porque, claro está, quien lapida es el otro. Pero quemar viva a la gente, especialmente a mujeres, forma parte de la cultura cristiana en Occidente. Ello ayuda al magistrado a la hora de establecer que estas mujeres se quemaron a sí mismas o que fue la casualidad, el destino o el juicio de Dios lo que derramó alcohol sobre sus cuerpos.

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