Sáb 06.07.2002

SOCIEDAD  › DENUNCIAS POR GOLPES Y ABUSOS DE LOS GENDARMES QUE CUSTODIAN LOS TRENES

Terror en los andenes del ferrocarril sur

Un joven que iba a trabajar en el Roca fue confundido con un hincha de fútbol. Los gendarmes lo bajaron del tren, lo golpearon y lo obligaron a hacer 140 flexiones. A otro que se subió al andén por un lugar prohibido le advirtieron que su vida “no vale nada”.
Página/12 constató varios casos de golpes y malos tratos de Gendarmería a los usuarios.

› Por Carlos Rodríguez

Sebastián tiene 20 años y no hizo la colimba, que caducó en 1994 por la reacción en cadena que generó el asesinato, en un cuartel de Zapala, del soldado Omar Carrasco. Sin embargo, Sebastián pasó por un típico “baile” del servicio militar, como el que le costó la vida a Carrasco, cuando cayó en manos de unos gendarmes que lo golpearon, lo obligaron a hacer 140 flexiones y hasta un “saludo a la bandera” que tuvo que repetir varias veces porque le salía mal. El escenario del atropello fue un cuartucho con aspecto de oficina de campo de concentración, en uno de los andenes de la estación Burzaco, de la línea Transporte Metropolitano Roca. En todas las paradas de la red ubicadas en territorio bonaerense, la vigilancia en los trenes está a cargo de personal de la Gendarmería –con armas largas y bastones–, que desde febrero reemplazó en esa tarea a la controvertida policía provincial. El cambio fue para “garantizar la seguridad de los pasajeros y prevenir robos”, pero Página/12 comprobó que son varios los usuarios que pasaron por una experiencia similar a la vivida por Sebastián.
Gabriel, de 21 años, también sufrió un encuentro cercano del peor tipo, con individuos vestidos de verde que no eran marcianos. A Gabriel lo sorprendieron cuando se agachaba para pasar por el hueco de una alambrada, en la estación Monte Grande del ramal a Ezeiza, tomando por un atajo que significa caminar dos cuadras menos para llegar al andén. Gabriel tenía su boleto, sacado con anterioridad. “¡Alto!”, le advirtió una voz que llegó de las sombras, ya que eran las siete de la tarde del 25 de junio y el lugar estaba oscuro. Lo obligaron a permanecer con las manos en la nuca, mientras un gendarme le recordaba que la vida “no vale nada” si a uno lo están apuntando con una Itaka. Como Gabriel se ponía nervioso y se rascaba la cabeza, el gentil uniformado amenazó con cortarle el pelo, como aquellos “coiffeur de seccional” de los setenta.
Claudia E. no fue víctima, pero presenció un hecho de violencia que consideró “totalmente injustificado”. Un hombre de unos 40 años fue bajado del tren a mediados de junio, en la estación Burzaco, por tres gendarmes. “Dos lo llevaban agarrado y un tercero le pegaba golpes en la espalda.” Claudia, que es tía de Sebastián, se puso fuera de sí porque era muy reciente el episodio vivido por su sobrino. “Al hombre lo metieron en ese cuarto”, dijo refiriéndose al vestuario del personal de seguridad, que está al lado de la boletería y que se ha convertido en improvisada sala de torturas. “Yo pateaba las puertas (que son de madera aglomerada) y les gritaba que si era un ladrón tenían que llamar a la policía y detenerlo, pero que no tenían el derecho de golpearlo.”
Claudia llamó por teléfono a la policía, que nunca vino, y cuando regresó al andén comprobó que los gendarmes habían liberado al detenido. “El hombre gritaba que lo largaran, que venía de trabajar, y si lo largaron significa que no era un ladrón.” Dos mujeres, madre e hija, que sobreviven como vendedoras ambulantes en la estación Burzaco, relataron a este diario que los abusos son moneda corriente: “Nosotras vimos mucha gente pasar por el cuartito; hace una semana a un muchacho le habían pegado de tal forma que le sangraba la cara y tuvo que ir al hospital”.
No todos condenan el accionar de los guardias verde oliva. El vendedor de panchos que tiene su puesto en el centro del andén principal, ni se inmutó cuando este diario lo consultó sobre el tema: “No sé, si les pasa eso es porque ‘algo habrán hecho’”, dijo emulando el discurso de la dictadura, mientras mostraba los dientes con una sonrisa forzada. Sebastián, el colimba a la fuerza, tampoco tuvo éxito cuando intentó reclutar al panchero como testigo de su detención: “Me contestó que iba a ser testigo cuando me desfiguren el rostro”. Sebastián hizo la denuncia ante Transporte Metropolitano, ante la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense, ante el oficial Edgar Cardozo de la comisaría de Burzaco, ante la Unidad Funcional de Instrucción 9 de Lomas de Zamora, a cargo de Domingo Ferrari y ante Amnistía Internacional.
El episodio que vivió fue el primero de la serie. Ocurrió el domingo 26 de mayo, pero recién la semana pasada llegó a la Justicia. Al ser detenido lo señalaron como supuesto miembro de la hinchada de Temperley y lo acusaron de participar en incidentes ocurridos ese día en los alrededores de la estación Burzaco. De nada sirvió que Sebastián les dijera que venía de Glew, de dejar a su hija de 4 años en la casa de su ex novia, y que se dirigía a la Capital Federal, donde tenía que entrar a trabajar a las 16. Eran las 15.10 cuando lo hicieron bajar del tren y lo soltaron una hora después, con una crisis nerviosa y con las piernas doloridas por las 140 flexiones que le obligaron a hacer. Estuvo una semana en cama por los golpes que había recibido en la espalda, un tobillo, la mano (le pisaron los dedos con los borceguíes) y las nalgas, ya que lo hicieron permanecer en el piso, boca abajo, en posición de “cuerpo a tierra”. Y le pegaron utilizando como arma los bastones largos.
También le hicieron quitar la ropa y antes de dejarlo ir lo obligaron a practicar el “saludo a la bandera” (tenía que hacer la venia mirando hacia el lugar imaginario donde estaba el “pabellón nacional”). La última prueba que tuvo que pasar fue la de vestirse “en un minuto”, como en la colimba. Cuando se retiraba del andén, nuevamente en libertad, el empleado de Metropolitano que picaba los boletos en la entrada al andén, aprobó el accionar de los gendarmes diciendo: “Esto es hacer patria”. El gendarme que más lo verdugueó lo despidió con un “chau Tigre”, apodo que había utilizado en forma irónica cada vez que Sebastián se equivocaba. Los médicos del hospital Meléndez de Adrogué constataron las lesiones sufridas por Sebastián y el informe fue elevado al juez Ferrari.
Angela, la mamá de Sebastián, pide que se haga justicia “porque no puedo consolarme sólo con que mi hijo esté vivo. ¿Por qué tuvo que pasar por todo esto cuando él iba a trabajar para mantener a su hija de 4 años?”. Desde el día del incidente, Sebastián evitar pasar por la estación Burzaco, se baja en Adrogué y sigue viaje en colectivo. Gabriel también decidió evitar el atajo y ahora sigue el camino habitual, a través de un túnel, para llegar a la estación Monte Grande. Todavía resuenan en sus oídos las palabras del gendarme que lo apuntaba con la Itaka: “Tu vida no vale nada”. A los dos jóvenes le dejaron claro que “lo más fácil es pegarles un balazo y tirarlos por ahí”.

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