Sáb 06.07.2002

SOCIEDAD  › ENTRE CHICOS PORTEÑOS Y EN LA ANTARTIDA

Ajedrez por radio

Alumnos de escuelas primarias porteñas jugaron a través de un equipo de radiocomunicación una partida con chicos que están en Antártida. En la ciudad, las movidas se decidían por voto.

› Por Pedro Lipcovich

“Sí, pero, ¿cómo hubieran jugado ustedes con este frío?”, podrían haber argumentado los chicos de la Base Antártica Argentina que ayer, con mucho honor (y 65 bajo cero de térmica), perdieron con un equipo de escuelas porteñas en la primera partida de ajedrez infantil por radiocomunicación. El encuentro fue organizado por la Federación Metropolitana de Ajedrez y el Radio Club Argentino y sirvió para contestar varias preguntas: en lo tecnológico, qué pasa cuando chicos de la generación de Internet se ponen en contacto con la rara afición de los radioaficionados; en lo educativo, cómo la práctica del ajedrez puede equivaler a una experiencia de vida e incluso a un entrenamiento para la organización de asambleas democráticas.
“¿Se colgó?”, preguntó uno de los chicos al radiooperador, cuando la comunicación con la Antártida tardaba en producirse. Pero, a diferencia de las compus, “esto no se cuelga nunca”, contestó el hombre que manejaba los controles. Para evitar inconvenientes, los operadores de Radio Club Argentino le habían dado a su comunicación una potencia máxima, 600 watios; tan potente era la señal que, para evitar la saturación en la llegada, la enviaban en sentido inverso, de modo que llegara a la Antártida después de dar la vuelta al mundo pasando por el Polo Norte.
En cambio, para los seres humanos no era nada fácil desplazarse unos pocos metros a la intemperie, de uno a otro módulo de la Base Antártica Argentina: lo impedían los vientos de 120 kilómetros por hora que, sumados a 17 bajo cero de temperatura, hacían bajar la térmica a 65, y hubo que esperar.
El moderador del encuentro, Gustavo del Castillo (director general del Programa Iniciación Deportiva de Ajedrez de la Secretaría de Deportes de la Nación), entretuvo la espera narrando partidas célebres, y mostró que un relato de ajedrez puede ser tan atractivo como la mejor literatura juvenil. Así, en la fábula del chico que, enfrentado a un hombre grande, lo venció en su propio terreno. El grande le había tendido una trampa al chico que, al parecer, cayó en ella. Más avanzaba la confrontación y más se convencía el grande de que su adversario (¡era sólo un chico!) había caído en la red; el chico ya estaba casi derrotado, lo había perdido casi todo, cuando el grande descubrió (pero ya era demasiado tarde) que él había sido, todo el tiempo, el engañado. Ganó el chico, que tenía 13 años y se llamaba Alexander Alekhine: el vencido era campeón de ajedrez de Rusia, y la partida tuvo lugar a principios del siglo XX.
A las 13.55 de ayer, desde la Antártida, Cintia, Julieta, Florencia y Diego hicieron la primera movida.
La dinámica del juego era un entrenamiento en democracia directa: recibida la jugada desde la Antártida, el moderador, Del Castillo, la ubicaba en un tablero mural y preguntaba a los chicos qué jugadas proponían: cada movida se discutía brevemente y los participantes votaban a mano alzada para decidir, por mayoría, qué movida se iba a efectuar.
Para chicos criados con Internet, comunicarse con la Antártida podría ser una cosa de nada, pero no: lo que admiró a estos jóvenes –de 10 y 11 años, procedentes de varias escuelas porteñas– era que la comunicación no se daba en ningún ciberespacio sino en un espacio real, batido por huracanes que parecían aullar desde la radio. “¿Cómo es un viento tan fuerte?”, preguntó una de las nenas, y uno de los radiooperadores –que todo lo saben– le contó que, en la Antártida, cuando los vientos son tan fuertes la gente sólo sale a la intemperie en grupos, atados como los montañistas, porque desviarse unos metros equivale a perderse en la tormenta y morir.
Los radioaficionados lo saben todo porque están en comunicación con el mundo entero. ¿Como Internet? “Es otra historia, totalmente diferente –contestó Marcelo Annarumma, responsable técnico del Radio Club Argentino–: para comunicarse por radio, hacen falta habilidades específicas; hay que saber enfrentar los ruidos, las interferencias.” Todas las razones paraque alguien elija ser radioaficionado culminan en lo que Annarumma nombró como “un gusto, una pasión”. Pero, más allá de esto, la actividad de los radioaficionados mantiene total vigencia en emergencias y catástrofes: “El atentado a las Torres Gemelas de Nueva York cortó todas las comunicaciones menos las de este tipo, y la Asociación de Radioaficionados de Estados Unidos dio apoyo a la defensa civil neoyorquina”. Es que un equipo de trasmisión puede funcionar aun en la peor de las catástrofes, conectado a una batería de auto.

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