Dom 26.09.2010
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ENFOQUE

Cuba, mojitos y salarios

› Por Matias Muraca y German Pinazo *

El contrapunto entre el presidente de la Unión Industrial Argentina, Héctor Méndez, y el secretario general del gremio judicial de la CGT, Julio Piumato, pone sobre el tapete un problema concreto de la posconvertibilidad. Frente a una propuesta de discutir la participación en las ganancias por parte de los trabajadores, Méndez sugirió que Argentina se estaba pareciendo cada vez más a Cuba. Esa comparación lo llevó a Piumato a sugerir que el dirigente de la UIA se habría pasado de copas. Estamos en desacuerdo con las dos acusaciones. No creemos que Méndez se esté pasando de mojitos y, ciertamente, no creemos que Argentina se esté cubanizando. Sin embargo, ese contrapunto merece una reflexión, porque apunta a uno de los principales problemas: el nivel de los salarios y la cada vez más necesaria discusión sobre los márgenes y masas de ganancia del empresariado.

Valen algunos ejemplos para contextualizar la cuestión. Comprar en un hipermercado en Madrid, España, algunos productos de consumo popular tienen los mismos precios o incluso más económicos que análogos productos argentinos. Por caso, en el híper madrileño una cerveza de litro cuesta 1,20 euro, un litro de leche 0,50 euro, un kilo de queso gouda 5,50 euros y media docena de huevos 0,80 euro. En un híper argentino aparecen desagradables sorpresas en la comparación: la cerveza de litro cuesta 5,00 pesos, un litro de leche 3,60, un kilo de queso gouda 46 pesos y la media docena de huevos 3,60 pesos. En esos productos, el híper argentino es casi igual o más caro que su par madrileño. Los salarios, por su parte, también presentan sorpresas. El salario mínimo en España se ubica en 750 euros y el salario mínimo vital y móvil en Argentina está cerca de los 1200 pesos. El salario europeo es más alto que el argentino y, sin embargo, los costos de los alimentos son más bajos. ¿Qué es lo que pasa? Si bien suceden cuestiones mucho más complejas que la anterior comparación parece sugerir, existen aspectos extremadamente simples que es necesario remarcar. La devaluación de 2002 supuso una caída del salario real promedio de aproximadamente un 30 por ciento entre ese año y 2003. Esto fue producto básicamente del aumento de los precios asociado a la devaluación, y del no ajuste del salario nominal. Recién en 2005 el salario nominal promedio empieza a crecer a un ritmo superior a la inflación, para recuperar a principios de 2007 el poder adquisitivo que tenía en diciembre de 2001. Para tener una idea de la magnitud de la caída original sólo basta con precisar que durante el período 2002-2007, de enorme generación de riqueza, el salario real promedio medido a precios constantes de 1993 fue de 627 pesos, según se desprende de un informe del Ceped-UBA. Es decir, un 29 por ciento menor al promedio del período que va desde 1947 a 2007. Y en términos absolutos, el valor más bajo de toda la serie, incluyendo momentos críticos como la hiperinflación de 1989, los años posteriores a la dictadura militar, y los primeros años de ajuste del gobierno de Frondizi.

Casualmente justo en 2007 los precios minoristas comienzan su espiral ascendente. Si entre diciembre de 2001 y enero de 2007 su crecimiento promedió el 1,5 por ciento mensual acumulativo, entre enero de este último y diciembre de 2009 ese mismo indicador se disparó al 4,1 por ciento. Lo interesante de este comportamiento es que resulta difícil de ser explicado a partir de los saberes “técnicos” convencionales de ciertos academicistas, que tan sofisticadamente eluden la tan evidente pelea por el reparto de la torta. Al respecto, es sumamente elocuente la explicación que ofrece Eduardo Crespo en la nota publicada por Página/12 el 10 de mayo pasado.

Hay que reconocer que la realidad económica y política argentina presenta ciertas particularidades que son fácilmente utilizables para “embarrar” la discusión. Hay efectivamente un gran número de pequeños empresarios para los cuales resulta difícil mantener la pauta de crecimiento salarial que se viene registrando en los últimos años. Pero éste no es ciertamente el caso de otro gran número de los mismos, especialmente aquellos nucleados en la UIA. Cristiano Ratazzi, vicepresidente de la UIA y presidente de FIAT en Argentina, argumenta que los aumentos salariales son la causa de la inflación. Pero en la industria terminal automotriz la masa salarial era en 2007 apenas el 7 por ciento del valor agregado, según Adefa, siendo el valor más bajo de la industria automotriz desde 1959 (en 1974 llegó a ser del 58 por ciento). Lo mismo sucede en otros sectores como el siderúrgico, el alimentario y el petrolero.

Resolver el problema de la inflación supone encarar una pelea dura contra poderes de mercado que se vienen consolidando desde años, al tiempo de lograr que no se licuen los aumentos salariales. Como se sabe, la teoría del derrame se ha consolidado como mito urbano o como una variante de la ciencia ficción. Comenzar a discutir seria y racionalmente el reparto de las ganancias pareciera ser una reivindicación propia de realismo político de los trabajadores por un derecho que aparece en la Constitución Nacional argentina, y no en la cubana, como fantasearon algunos

* Investigadores docentes de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

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