Mié 17.03.2010
espectaculos

TEATRO › ALEJANDRO ACOBINO Y ABSENTHA, SU NUEVA OBRA

Ese deporte de la crítica

En la puesta que se presenta en el Teatro del Abasto, un taller de poesía se convierte en una batalla campal en la que, a partir de un ejercicio, los alumnos y su coordinador terminan intercambiando una serie de invectivas que llevan a la carcajada.

› Por Cecilia Hopkins

“Durante unos años viví una doble vida, entre la Facultad de Ciencias Exactas y el Rojas”, dice Alejandro Acobino, autor de Continente Viril, Rodando y Absentha, estrenada por el grupo La Fronda, con dirección de Ana Sánchez. Formado como dramaturgo en la EMAD, junto a Mauricio Kartun, Acobino abandonó la química y se dedicó al teatro. Los actores que interpretan su nueva pieza (Rodolfo Demarco, José Mehrez, Fernando Miguelez y Germán Rodríguez) lo convocaron para que diera forma a una idea que no terminaban de definir. El resultado puede apreciarse los sábados y domingos en Teatro del Abasto (Humahuaca 3549): la historia se desarrolla en un centro cultural barrial, donde tres alumnos de un taller de poesía, a instancias de su coordinador, pegan un salto cualitativo en la escritura a partir de un brindis con absentha, elixir de los poetas malditos. Sólo que la única poesía que el grupo puede crear pertenece al género de la invectiva y está destinada a demoler la obra de otros. Notablemente interpretado, el espectáculo critica e ironiza sobre muchos temas y da permanente motivo de salida a la carcajada. La relación entre los talleristas, la producción poética de cada uno, la necesidad de generar un arte de ruptura, todo se vuelve motivo de una comicidad que intenta, a la vez, activar un pensamiento crítico en el espectador. “Se tiende mucho a descalificar al otro, a rivalizar al que no es como uno”, dice el autor.

En esta obra (que sólo puede ocurrir en Buenos Aires, “ciudad de talleres”, apunta el autor) cada personaje es poseedor de una estética que defiende a capa y espada de la crítica de los demás: Gabo (Germán Rodríguez) es un tardío cultor de la rima, Aitor (José Mehrez) un vanguardista a destiempo y Mamu (Rodolfo Demarco), un simpático oportunista. Pero el nivel de la producción del taller es bajísimo. Todos discuten y defienden su modo de ver la realidad, como si estuvieran en una asamblea partidaria. El coordinador, a pesar de la frustración como creador que lleva encima, “detesta a sus alumnos y los descalifica con un discurso sólido que le sirve, además, para armarse su propio kiosquito”, según apunta Acobino. “Es una persona con un genuino hastío de época, ambiguo hasta en su ideología”, opina. Más allá de que en la obra siempre se habla de poesía, el espectador cercano a la actividad escénica podrá encontrar similitudes con lo que ocurre en los talleres de formación teatral y hasta en algunos elencos. “Yo no quería trabajar sobre el tipo que no alcanza a producir algo publicable sino sobre los impunes –cuenta el autor–. Arlt decía que existe una especie de ‘hampa’ que escribe cosas espeluznantes sin pruritos ni complejos.” En cuanto al gusto por la diatriba y el escarnio de estos poetas, Acobino vuelve a comparar: “El hablar mal de lo que hace otro es algo muy común en el teatro”.

–¿Qué significado tiene la absentha en el marco de la obra?

–El ajenjo tiene un valor simbólico, representa a los poetas malditos, a un momento de ruptura que ya no existe. Pero en vez de servir de estímulo, a éstos les sale lo peor de sí mismos.

–¿Qué pasa con el deseo de ser vanguardia en estos días?

–Es una época difícil para hacer un arte de vanguardia. Hay un malestar general que tiene que ver con la imposibilidad de generar rupturas.

–¿El arte sólo se abre paso a través de rupturas?

–No, pero me parece que aquí el ansia de ruptura se da hasta por inercia. En teatro no hay apego por las tradiciones sino ganas de romper con lo establecido. Los de mi generación somos descendientes de Leónidas Barletta, no de Florencio Sánchez. Tendremos subsidios y otro color ideológico pero tenemos una matriz parecida a Barletta, aunque no lo hayamos leído o ni lo conozcamos.

–¿Qué nuevas búsquedas hay en el ámbito del teatro?

–Hay una voluntad de remozar aquellos discursos que han perdido su frescura con la idea de superar o enterrar a lo anterior. Por ejemplo, el concepto de lo fragmentario ya se gastó y hay una necesidad de trascender eso. Igual con el minimalismo actoral. Pero también se plantean propuestas imposibles que no llegan a estrenarse. No obstante eso, hay mucha gente buscando en la oscuridad, a veces heroicamente. Tal vez haya que acercarse más a la literatura y no abusar tanto de cierto cine o series de TV.

–En la obra se habla mucho de “lo epocal”. ¿Cómo definiría esta época?

–Ya ni siquiera estamos en la posmodernidad. Podríamos hablar de una época de transición hacia otra cosa. Porque ya no nos sirve el slogan del fin de las certezas. Ya no se puede proclamar el fin de nada. El nuevo paradigma no es el que se imaginó, el siglo no fue ni será deleuziano, y el hecho de que el aleteo de las mariposas cree una tempestad al otro lado del mundo resultó una ingenuidad. Creo que hay una búsqueda de totalidad pero a la vez una gran confusión: en general, cuesta encontrar un discurso ideológico, estético o un marco teórico definido.

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