Lun 10.05.2010
espectaculos

TEATRO › JUAN PABLO GERETTO Y SU UNIPERSONAL COMO QUIEN OYE LLOVER

Mujeres de honestidad brutal

El actor, autor y director del espectáculo descubrió la actuación a los ocho años y el transformismo en la adolescencia. De la infancia llegan, precisamente, las ideas y las imágenes que se materializan en sus castradores personajes femeninos.

“Las cosas en la infancia pasan desapercibidas. No sería bueno tener conciencia de lo que sucede en ese momento.” Así es como Juan Pablo Geretto explica el nombre del espectáculo que lleva cinco años en cartel y que le valió este verano el premio Estrella de Mar al Mejor Unipersonal en Mar del Plata, además de otras tres nominaciones, entre ellas Actuación Protagónica Masculina de Comedia. Es que Como quien oye llover no tiene nada que ver con un fenómeno climático. Sí con uno temporal, porque las tres acaloradas mujeres a las que Geretto da vida nacieron de una retrospectiva de sus primeros años de vida en Gálvez, provincia de Santa Fe. Hubo un momento en el que la lluvia de la infancia inundó de imágenes a la adultez, “etapa en la que se revisa todo lo que pasó antes”, define el actor, autor y director de la pieza, que participó, a través de uno de sus personajes, de Nico trasnochado, el programa de Nicolás Repetto. Así fue como los vestidos de esas mujeres fantasma encontraron “un cuerpo para volver a vivir” cada viernes y sábado a las 20.30 y domingo a las 19.30 en El Cubo (Zelaya 3053).

Ana María es una señora pituca acostumbrada a “ser la otra” sin otro divertimento que festejarle el cumpleaños a su pekinés Apolo; Nelly, montada en unos entrañables zapatos San Crispino, una viuda despiadada que lanza atrocidades contra sus tres hijos y que encuentra satisfacción en las miserias ajenas; y la madre de Chucky, una platinada eufórica que al son de “El bombón asesino” revela que quiere “reventar a latigazos” a su hija, cuyo paradero se desconoce. La historia, no obstante, tiene como ejes “el amor, los vínculos y la comunicación”, desliza su autor. El elenco presenta un cuarto integrante: una suerte de álter ego de Geretto que, apretujado en un corsé entre los cambios de vestuario a la vista del público, entreteje los relatos al calor de confesiones que son verdades y otras que no lo son tanto. “No soy yo, sino un personaje que aparentemente soy yo. Sólo coincido con algunas de las cosas que dice. Además, no estaría bien que alguien salga del teatro planteándose cómo fue la vida del otro. El fin es que piense en la propia”, analiza Geretto en la charla con Página/12.

Una de las verdades que el contundente admirador de Niní Marshall lanza arriba del escenario es que en el jardín de infantes Santa Marta terminaba siempre en el rincón de las muñecas. “Yo no me acordaba de eso. Me lo dijo mi maestra, cuando nos reencontramos. Y eso me disparó la idea de armar la obra”, cuenta Geretto, quien descubrió la actuación a los ocho años y el transformismo –“un lugar interesante para decir cosas”– en la adolescencia. De los vestigios de la infancia también nació “la maestra”, un personaje que mostró en Mañanas informales y en Showmatch y que piensa retomar para dar vida a un nuevo unipersonal. De todas maneras, el autor de Solo como una perra no piensa todavía en abandonar a la troupe de féminas que lo llevó a Rosario, Uruguay y México, y que lo acompaña en Buenos Aires desde 2008.

–¿Cómo se sostiene un espectáculo durante cinco temporadas?

–Mis ganas de hacerla y de encontrarle cosas nuevas le inyectan vitalidad. Es una obra de estructura bastante abierta y, si bien soy muy formal con el texto, encuentro pequeños espacios para introducir cambios. Desde que comencé, todos los personajes cambiaron. En Buenos Aires la que más se modificó fue la mamá de Chucky. Las otras dos están más sólidas y estructuradas. También el público cambia la obra, porque se compone de individuos con energías e inquietudes particulares.

–¿Hay una coincidencia en los momentos en los que se ríen los espectadores en las distintas funciones?

–Y... sí. En mis espectáculos lo que juega es la identificación a partir de lo cotidiano. No hay un chiste en sentido estricto, sino remates a partir de lo dicho anteriormente. Son pequeñas historias que se cuentan. Y, si bien no sé cómo aparecen los lugares comunes al pensar en la construcción de la obra, no tengo problemas con ellos. Me remiten a necesidades fuertes de una sociedad. Si todo el mundo dice lo mismo es porque entiende que el contenido de esa frase soluciona algo.

–Las tres mujeres son dueñas de una honestidad brutal: gritan a los cuatro vientos que quieren matar a sus hijos, reconocen el rechazo del ser amado. ¿La gente no suele mentir un poco más?

–De las tres, Ana María me parece la más negadora, porque dice lo que quiere decir. Los personajes funcionan como cuando hablamos para nosotros mismos. Las hago decir lo que pienso. Creo que hay momentos en que las madres desean a sus hijos lo peor del mundo. Es un impulso que no se sostiene porque el amor lo cambia. El espectáculo es una historia de amor, sentimientos, vínculos y comunicación. Pero hay momentos en que uno tiene ganas de todo. Si uno analiza un grupo de personas se dará cuenta de cómo es el resto de la gente. No somos muy distintos. De eso se trata la identificación, de que una vida puede contar muchas. Nos parecemos mucho más de lo que creemos.

–Y en eso descansa la fusión de los universos masculinos y femeninos que consigue la pieza.

–Es algo que resuelvo en el escenario. Soy un hombre haciendo de mujer con un discurso que no deja de ser masculino. Jamás podría ser femenino. En la puesta, lo masculino está en la obsesión por los detalles. Y la energía femenina está en que es un espectáculo pensado globalmente, con la idea de bancarle al público un montón de cosas y de no caer en prejuicios a través del discurso. Las palabras abundan en la obra y las mujeres tienen una palabra más amplia que los hombres. Es tarea de ellas el enseñar cómo armar una oración, por ejemplo.

–¿Por qué la obra puede hacer reír a personas de distintas generaciones? ¿Todos tuvimos madres con algo de estas mujeres?

–Es que, más que de las madres, la obra habla de la situación en la que todos necesitamos amor y buscamos salir de la carencia. Se centra en la construcción de la infancia y en su finalización, en las personas que nos fundan y en aquellas que nos coartan la posibilidad de ser niños cuando todavía es tiempo de serlo. La gente suele decir que es un homenaje a las madres. No lo es, pero podría serlo, porque un homenaje se hace con una balanza equilibrada. La idealización nos hace muy mal. Tampoco sé si hay una crítica a un modelo social, como otros dicen. Es, en todo caso, una exposición.

–¿Qué pasa cuando los personajes migran a la televisión?

–Me cuesta mucho adaptarlos al lenguaje televisivo porque no lo conozco, es como actuar en checo. Entiendo más el lenguaje del cine, con su tiempo y su dinámica. Ana María –el personaje que estuvo en Nico Trasnochado– es una construcción más urbana, tiene más que decir en el ámbito de la televisión que las otras dos, que son más de barrio. Ella es típica de ciudades grandes. No viene a contar que tiene un amante ni un perro, sino que está sola. Y la sensación de soledad se genera cuando somos más. En un pueblo es difícil sentirse solo porque uno está pendiente de la mirada del otro.

–¿Le costaría desprenderse de estas tres mujeres, quitarse sus vestidos para siempre?

–No, para nada. Si un día mueren, mueren. Mi relación con ellas es similar a la que tengo con las cosas y no con las personas. Los personajes no son personas. Y puedo dejar de hacerlos, pero no por eso dejar de quererlos.

Entrevista: María Daniela Yaccar.

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