Vie 05.08.2011
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TEATRO › DEGUSTACION DE TITUS ANDRONICUS, EL NUEVO SHOW DE LA FURA DELS BAUS

Un banquete para matizar la tragedia

Buena parte de la espesura del texto de Shakespeare se diluye entre los efectos visuales y la exploración del espacio, dos pilares tradicionales del grupo catalán. Pero el público puede retirarse de la carpa con la sensación de haber sido parte del espectáculo.

› Por Paula Sabatés

El miércoles, el emblemático grupo catalán La Fura dels Baus aterrizó en Buenos Aires para dar inicio a la serie de presentaciones de su último espectáculo en lenguaje furero, Degustación de Titus Andrónicus, que se verá en el club GEBA hasta el domingo y luego seguirá su rumbo por Rosario, Córdoba, Mendoza y Neuquén. La cantidad de personas que parecía haber en la interminable cola para entrar se veía menor una vez dentro de la enorme carpa blanca instalada en el medio del estadio, armada especialmente para la ocasión.

Al entrar, lo primero que sorprende (y que no termina de entenderse del todo, incluso una vez finalizado el espectáculo) son las imágenes que se muestran en las pantallas que cubren las paredes de lona, que reflejan a varios bebés tierno-demoníacos contándose secretos. Luego, la voz de una gallega sexy que advierte a los alérgicos que se abstengan de probar los bocados que luego los intérpretes acercarán al público con largas varillas metálicas.

Todo indica que lo que está por suceder es un show completamente rupturista que versionará como nunca antes una tragedia de William Shakespeare. Y lo es en parte, salvando el detalle, no menor, de que semejantes pasajes deberían ser interpretados con el cuerpo y la sangre y no sólo declamados como un complemento decorativo de los desplazamientos físicos, como sucede en algunos casos. Claro que esto es difícil en propuestas como ésta, en las que el acento está puesto en los efectos visuales y la exploración del espacio (compartido con el público, fiel a la tradición del grupo). Pero no es menor para quien vaya con ganas de ver, por fin, pasionales interpretaciones de personajes que por lo general no tienen un espacio en el monopolio hamletiano de obras de Shakespeare en cartel.

Más allá de eso, las atracciones visuales –plataformas móviles, pantallas gigantes, luces y sonidos que cautivan el ambiente–, aunque efectistas todas, son coherentes entre sí durante todo el espectáculo. El público no sabe para dónde mirar, porque las acciones se suceden en simultáneo en múltiples rincones, lo que mantiene la atención en guardia durante la hora y media que dura el show.

Hay algunas “escenas” (las comillas son porque no hay delimitaciones temporales, salvo en los cambios de acto, que están señalados con números en las pantallas) que logran un clima especial, donde reina lo que escasea durante el resto del espectáculo: el silencio y el nudo en la garganta. Curiosamente, es en esas partes donde no abundan las motos, los tiros y los sonidos galácticos.

La inclusión de la gastronomía sí es un acierto. Nada enloquece a los espectadores como los momentos en los cuales los intérpretes se acercan a ellos con largas varas metálicas, que llevan colgados sobrecitos con bombones de fruta, pedazos de pan o copos de nieve. En ese momento, la desesperación no es por abrirse paso para no ser atropellado por los móviles que trasladan a los intérpretes, sino por agarrar uno de esos aperitivos que los hacen más partícipes de la representación. Además, la mezcla de olores dulces e imágenes horrorosas crea una sensación interna contradictoria, tal como aseguró Pep Gatell, director artístico de la compañía, en una entrevista concedida a este diario.

Durante el banquete final, último episodio del espectáculo y resolución del conflicto dramático, el gran Tito Andrónico invita a veintiocho personas del público –aquellos que posean una flecha de lanza que previamente se ganaron en un concurso de radio– a subir a la gran estructura montada en el medio del espacio. La acción no es más que una formalidad con guiños de comedia mediante los cuales Tito cambiará de lugar a cuanto comensal se le antoje, haciendo y deshaciendo la mesa durante unos minutos en los que el público ríe. Pero lo cierto es que la demorada subida de los elegidos (cuesta encontrar la escalera entre tanto amontonamiento) disuelve un poco lo dramático de la situación y le quita potencia a un final que podría ser extremadamente fuerte (y que lo es, de hecho, en la obra original de Shakespeare).

A pesar de todo, la selección de los pasajes de la obra es muy acertada y permite entender la historia entre el caos de la puesta. El público puede retirarse de la carpa con la sensación de haber sido parte del espectáculo (además de tocarles las manos e invitarlos a comer, los intérpretes hacen de cuenta que los espectadores son los “tribunos” de Roma, donde se desarrolla la acción, y se dirigen a ellos desde los parlamentos). Y, pese a los desaciertos, a la salida se expande la sensación de haber visto algo distinto.

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