Vie 08.10.2010
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CULTURA › LAS PALABRAS DE MARIO VARGAS LLOSA, FLAMANTE GANADOR DEL PREMIO NOBEL DE LITERATURA, EL PRIMER LATINOAMERICANO EN VEINTE AÑOS

“Este es un reconocimiento a la lengua española”

La Academia Sueca destacó “su cartografía de las estructuras de poder”. El autor se mostró sorprendido, subrayó el valor de las letras latinoamericanas... y se despachó contra lo que él define como dictaduras de hoy.

› Por Juan Martín Bregazzi

En estos días no dejará de repetirse, en todos los medios, que Mario Vargas Llosa obtuvo el Premio Nobel de Literatura, a sus 74 años. “Todavía no me lo creo. Desde hace mucho que mi nombre no era ni siquiera mencionado”, afirmó el escritor peruano, ayer, en una conferencia de prensa en Nueva York. Un sentimiento de sorpresa y asombro parece haberle generado la noticia, según sus comentarios. Es que él siempre se vio como un escritor conflictivo, poco “correcto”, o quizá demasiado radicalizado hacia la derecha para la Academia Sueca, que es la encargada de otorgar los Premios Nobel. “Me equivoque o no, siempre digo lo que me parecen las cosas y eso me hizo creer que no era el escritor que encajara con la manera de ver la literatura por parte del jurado.” Pero finalmente así fue: el comité decidió otorgarle el premio a él y no a Philip Roth o Carlos Fuentes, otros de los candidatos posibles según lo que se escuchaba en las últimas semanas. La Academia Sueca justificó el galardón destacando “su cartografía de las estructuras de poder y sus imágenes mordaces de la resistencia, la rebelión y la derrota del individuo”.

Autor de numerosos libros, la producción de Vargas Llosa puede dar cuenta, además, de un perfeccionamiento estilístico que se fue acentuando con los años, de los cambios en su perfil ideológico, de las transformaciones en su mirada sobre el mundo. Cómo pasar de defender de manera entusiasta la Revolución Cubana a ser un duro crítico de la izquierda y a manifestar luego, hoy en día, un rechazo total a las ideas que pueden englobarse en lo que se define como “socialismo del siglo XXI”, es una pregunta que no puede responderse en pocas líneas. Pero sí es posible describir una transformación argumental, en sus creaciones literarias, que dan cuenta del liberalismo que tiñe sus letras en la actualidad. Sus primeras obras, como Los Jefes (1959), La ciudad y los perros (1962) y La casa verde (1966), evidencian una perspectiva personal acerca de su país y de su gente, de sus costumbres y de las contradicciones humanas. “En Perú están las referencias –declaró una vez–, allí me formé, suyo es el español en el que hablo y escribo, a pesar de que he vivido ya mucho más tiempo afuera que allí.” El haber vivido luego en Europa, tanto en España –país en el que obtuvo su segunda nacionalidad–, como en Inglaterra y Francia, impregnó sus obras de otro tipo de problemáticas, distintas de aquellas que aquejan al hombre latinoamericano.

En Sables y utopías (2009), libro que recopila artículos periodísticos sobre política, Vargas Llosa escribió que admira la “energía e inteligencia” del presidente chileno Sebastián Piñera, que lo garantiza, así, como un “sólido líder de la derecha nacional”. Hace ya muchos años, Vargas Llosa inició un camino que lo reafirma, en la actualidad, como un defensor de la derecha liberal. Después de haber pertenecido al Partido Comunista, mientras estudiaba Derecho y Literatura en la Universidad Nacional de San Marcos, inició un viraje que lo llevó a inscribirse en la Democracia Cristiana y a postularse como candidato a presidente, en 1990, por el partido Frente Democrático, donde fue derrotado por Alberto Fujimori. “Ataco a los dictadores, sin excepción, incluidos los de izquierdas, como Fidel Castro o Hugo Chávez, como ataqué desde el primero hasta el último día a Pinochet. Ahora, ¿soy de derecha por criticar a la izquierda y no tragar con lo que ésta traga muchas veces, con el nacionalismo, y hasta el racismo?”, pregunta el autor. También se refiere a la Argentina, en la que ve un proceso de decadencia: “Cristina Fernández es un desastre total. Argentina está conociendo la peor forma de peronismo: populismo y anarquía. Temo que sea un país incurable”, declaró Vargas Llosa el año pasado en el diario La Nación.

“Este premio no es sólo un reconocimiento como escritor, sino también a la lengua española, que es en la que escribo y que tiene mucha energía. Es moderna y creativa”, dijo ayer el autor para la agencia de noticias EFE. Desde 1990, año en que Octavio Paz obtuvo el premio, ningún otro escritor de Latinoamérica parecía perfilarse como un candidato sólido. En ese sentido, las críticas a los Premios Nobel de Literatura nunca han dejado de reaparecer, sobre todo por ciertas ausencias que muchos creen injustas. “Me da un poco de vergüenza recibir el premio que no recibió Borges. Creo que es una ausencia muy criticada”, opinó el autor.

Vargas Llosa tenía 26 años cuando recibió, por su primera novela La ciudad y los perros (1962), el Premio Biblioteca Breve de Seix Barral. En ella cuenta la historia de un grupo de cadetes de un colegio militar de Perú que tuvieron que sufrir, en sus propias vidas, el clima hostil y violento de la institución. El mismo pasó, como estudiante, por un colegio militar. Sus experiencias personales nunca dejaron de ser las raíces de sus creaciones literarias. Sus siguientes novelas pertenecieron a lo que desde la crítica se dio en llamar como el “boom latinoamericano de los ’60”, en donde también se pueden enmarcar las producciones de Cortázar y García Márquez. Otra gran novela de Vargas Llosa, ineludible, es Conversación en La Catedral (1969), reconocida como una de las más importantes novelas latinoamericanas. Su historia transcurre en la época de la dictadura del general peruano Manuel Odria, pero la escenografía principal es un bar llamado La Catedral. En él se llevan a cabo las conversaciones de dos personajes, que van entramando una historia de frustración, pesimismo y nostalgia. Una historia sobre el presente y el destino de un país cercenado por la violencia y el autoritarismo.

“Voy a seguir escribiendo sobre lo que más me estimula. Defendiendo las ideas que tengo, la democracia y la opción liberal, así como con las críticas a toda forma de autoritarismo, a toda ideología que crea exclusión, discriminación, que cierra posibilidades del diálogo”, afirmó Vargas Llosa minutos después de enterarse de la noticia sobre su premiación. Política y literatura, dos campos que se entrecruzan en la vida y también en las obras del autor, que siempre manifestó su posición ideológica. Al respecto, volvió a remarcar su punto de vista sobre los gobiernos de Chávez y Raúl Castro: “Lo que para mí representa un retroceso es que todavía tengamos Cuba o Venezuela, pero mi impresión es que esa corriente autoritaria, antidemocrática, está como de salida, que cada vez tiene menos apoyo popular como se acaba de ver, por ejemplo, en las elecciones venezolanas”.

Además de escribir numerosas novelas, Vargas Llosa incursionó profundamente en el género ensayístico. Escribió García Márquez: historia de un deicidio (1971), donde analizó la obra del escritor colombiano –también Nobel–, Entre Sartre y Camus (1981), y otros textos del género, como un prólogo a El Falansterio, de Charles Fourier, en el que destaca la necesidad de creer en utopías y en sociedades libres.

En los últimos años, Vargas Llosa escribió tres novelas que, si bien no tuvieron la misma recepción que sus anteriores obras, continúan un estilo que intercala mínimas historias con contextos históricos particulares, de tensión y, en algunos casos, despotismo. En La fiesta del Chivo (2000) narra el asesinato del dictador Rafael Trujillo, no sin antes describir sus ansias de poder y sus actos de corrupción. Travesuras de la niña mala (2006) es, según declaraciones del autor, su primera novela “de amor”. Pero, de todas maneras, y de fondo, se puede leer las transformaciones sociopolíticas que sucedieron a mediados del siglo XX, tanto en Perú como en Inglaterra o España. Lo mismo ocurre con El Paraíso en la otra esquina (2003), novela que narra la relación –que en la vida real nunca existió– entre la escritora feminista Flora Tristán y el pintor Paul Gauguin. En ella, además de describir con una prosa minuciosa e inteligente la vida de ambos personajes, Vargas Llosa resume los intereses que siempre han sido centrales en sus libros y en sus declaraciones. Su obra demuestra la búsqueda del ser humano por una vida de felicidad, por una instancia utópica de libertad y bienestar, muchas veces imposibilitada de existir por la realidad social. Vargas Llosa, con sus 74 años, con su militancia de derecha –que se acentuará en estos días, gracias a la difusión que el premio le otorga–, seguirá siendo lo que una vez fue: un escritor de la condición humana, la melancolía y las posibles felicidades futuras.

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