Lun 10.05.2010
espectaculos

OPINIóN

La manzana cultural

› Por Pablo Bonaparte *

Hace muchos años estaba en casa de una abuelita viendo televisión recostado sobre una silla con mis manos entrelazadas sobre mi incipiente panza treintañera. Estaban dando una de esas viejas películas que mezclan dinosaurios con hombres primitivos. Junto a mí, la abuelita y una amiga suya charlaban entre sí discretamente y cada vez que un tema se agotaba miraban conmigo la película.

En una escena culminante un tarado que venía de ver a un dinosaurio le dice al otro con gestos ampulosos: ¡Agu! ¡Agu! ¡Agu! y el otro le contesta ¡Agca! ¡Agca! ¡Agca! Una de las abuelitas me pregunta “¿Qué le dijo?”. Le respondí con suficiencia, sin sacar los ojos de la pantalla, “le dijo que no vaya por ese camino porque del otro lado de la montaña hay un dinosaurio esperándolos, pero de todas formas el otro quiere ir igual”. “Ahh...” Al rato se comprueba mi pronóstico y escucho que le dice a la otra: “Qué de idiomas que sabe...”.

En ese momento aprendí que mi sabiduría está directamente relacionada con la ignorancia del otro. Con el tiempo también descubrí que la sabiduría nos introduce en otro tipo de ignorancia. Todo avance del conocimiento sólo consigue aumentar el territorio de lo que no se sabe. Saber más es darse cuenta, con mayor profundidad, de lo que no sabemos. Porque mientras la sabiduría crece aritméticamente, el conocimiento de lo que no se sabe crece geométricamente. Así tendríamos dos tipos de ignorancia, el que no sabe que no sabe y el que sabe que no sabe.

A esto se debe tanto que Sócrates recibiera el título de sabio como el motivo de la caída de Adán y Eva del paraíso, que no fue por querer conocer, sino por las consecuencias de ello. Kierkeggard buscó que nos levantáramos de tremendo golpe. Debemos reconocer nuestra finitud y encarar el retorno a partir de nuestra decisión de abandonar el plano de las apariencias sociales, aun del ético, para enfrentar el plano de la fe, que es el amor. Lo interesante es que debemos realizarlo en una sociedad donde tanto el reconocimiento de la angustia que nos causa nuestra finitud como el reconocimiento de nuestra ignorancia son vergonzosos. Nadie toma en serio a quien confiese su ignorancia. Es un pobre sin capital. Todos tratan de demostrar en algún tipo de territorio que tienen el saber y buscan la eternidad a través de él (nos gusta sentirnos lo que no somos).

Así formamos a nuestros individuos. Confundimos educación y cultura con acopio de capital y no de humanidad. Ofrecemos a nuestros semejantes una deliciosa manzana para que sean individuos poderosos, aunque por dos ideas no se diferencien de nuestra abuelita, y así venimos desde el principio de los tiempos cuando Eva y la serpiente se convirtieron en los dos primeros gestores culturales de la manzana. Una por ofrecer el árbol de la sabiduría, la otra a partir de la voluntad de organizar todas las acciones en función de un objetivo. Desde ese entonces los gestores culturales se mueven entre estos dos estilos. Los tiradores profesionales de disparos al aire, que esperan acertar cambios por acciones aisladas (amplia mayoría) y los que quieren generar condiciones culturales para determinados desarrollos. Un secretario de Cultura decía a invitados extranjeros que su política cultural era la suma de todas las acciones que se realizaban en su gestión. Era claramente un representante de los tiradores al aire. El Búfalo Bill de los secretarios. Otro quiso en su tiempo llevar cultura a barrios “carentes” de manzanas implementando medidas concatenadas. El creía justamente lo que denunciamos: la ignorancia es una falta de capital cultural. Presuponía, además, que los que “saben” son inocentes por la existencia de “ignorantes”. Pero esto es un tema aparte, nadie puede pedir que se meta con la clase social que usa carteras hechas con el cuero del primer gestor cultural.

Es más saludable involucrarse con las víctimas del poder y responsabilizarlas de su “ignorancia”. Lo patético es que se ven como seres de buena voluntad que reparten sabiduría. Todo esto nos lleva a preguntarnos por qué creemos tanto en las propiedades de una fruta que alimenta tan poco. Si hasta Borges vislumbra la imposibilidad del individuo en alcanzar el conocimiento absoluto. Ni contando con la memoria perfecta, ni contando con toda la eternidad para aprender, se puede llegar a ello. Quizá porque la búsqueda de Borges tiene el mismo horizonte que su sociedad: sólo epopeyas a escala individual.

Tal vez si enfocáramos el problema existencial del ser humano como colectivo, podamos hacerlo también con el conocimiento, no como propiedad del individuo sino de los pueblos. La gestión cultural debería centrarse entonces, en las formas de organizar las acciones para aprender a relacionarnos y compartir la información. Producir y participar, sin ser más o menos que nadie es el fruto a consumir. Porque es el conocimiento del pueblo el que trasciende, no el de los individuos. Todo un cambio de dieta cultural “nada fácil por cierto” pero es una opción. También podemos seguir haciendo lo de siempre. Y nos quedamos en la seguridad de reírnos del bruto ese, mientras comemos nuestra jugosa manzana viendo una buena peli de dinosaurios y hombres primitivos a un costado, toda dulce ella, la abuelita seguirá mirándonos con admiración mientras saca y guarda su lengua rápidamente.

* Antropólogo.

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