Mar 11.05.2010
espectaculos

FERIA > FINALIZó AYER LA 36ª EDICIóN, QUE CONVOCó A 1.200.000 PERSONAS

Un gran espectáculo con los libros como protagonistas

Fue una feria “movida”, con polémicas y efervescencia política, incentivadas también por la gran cantidad de actividades vinculadas con el Bicentenario. Como siempre, los lectores y los curiosos debieron desdoblarse para no perderse los “acontecimientos” de cada día.

› Por Silvina Friera

La Feria del Libro se escribe –parafraseando a Derrida–, pero también se hunde en su propia representación. La 36ª edición, cuyo caballito de batalla fue “Festejar con libros 200 años de historias”, terminó ayer. Durante 19 días el predio de La Rural se convirtió en una geografía apta para la manía ambulatoria de 1.200.000 personas, según la estimación oficial de la Fundación El Libro, 50 mil más que en 2009. El fin de semana el tránsito por los pabellones se atascó; las colas en los stands editoriales se multiplicaron sin que nadie ensayara un conato de disuasión, a pesar de la espera. Pero el desparpajo verbal de un hombre de generosa estatura se hizo sentir cuando advirtió que estaba más o menos en el mismo lugar, que no avanzaba. “Hace falta un sillazo”, dijo. Pero de la irreverencia al hecho hay un largo trecho. El grandote continuó esperando, zapateando con la punta de su pie derecho la alfombra roja para descargar la bronca. Los editores y libreros festejaron la buena performance que arrojó un incremento de libros vendidos –que oscila entre el 10 al 20 por ciento–, aunque algunos vendieron lo mismo que el año pasado. Y unos pocos, menos. En la levadura primigenia de esta cita anual está la conexión entre lectores y autores; el libro como puente entre los hombres. Lejos de ser aguafiestas, el puente no está roto. Pero unos cuantos lectores, que en algunos casos han emprendido el itinerario completo, de pe a pa, en esta y en otras ediciones, ayudan a tomar la Feria en sí misma como se toma un pedazo de cuarzo para ver en él las líneas, las sombras y los colores.

El afán por conquistar nuevos públicos por parte de los organizadores es encomiable. La inauguración a cargo de Teresa Parodi y Víctor Heredia estaría en esta línea de oxigenar la ceremonia y abrir fronteras, en esta ocasión entre literatura y música, aunque por el Bicentenario se hayan encargado de leer textos de otros. Pero paradojas de un estrambótico “progresismo de derecha”, muchos de los que cacarearon al unísono porque era la primera vez que la apertura no estaba a cargo de un escritor, además de excluir de esa categoría a Heredia, incurrían en una curiosa defensa de “género”, como si ignoraran la saludable “contaminación” genérica que se cultiva hace siglos en todas las artes. Abelardo Castillo, que habló en la apertura de 2004, bien podría inaugurar, por ejemplo, un festival internacional de teatro. O Sergio Bizzio, un festival de cine o de música.

“Lo que pasa es que la Feria vive la ‘angustia de las influencias’ del espectáculo”, dispara Valeria, una joven de treinta y pico que parafrasea a Harold Bloom, cuando Página/12 se tropieza con ella y le pregunta qué le pareció esta edición. Pero como si advirtiera el tufillo intelectual de la frase que acaba de lanzar, en medio del galope de personas, el desorden de voces e imágenes de sábado a la noche, aclara: “Lo que quiero decir es cuánto espectáculo se tolera acá, cuánto ruido que no viene del mundo del libro. Yo sigo viniendo, pero me siento más molesta, a-go-via-da”, silabea y pide que sea escrita con ve corta, “que es una fricativa bilabial más intensa”. A la muchacha de cabellera colorada “agoviada” la esperan unas amigas. Se despide y camina bamboleando la bolsita patria, a tono con los 200 años, de la editorial Alfaguara. Su pregunta, interesante y asequible al oído interior de su interlocutora, queda rebotando como una pelota que pega con delicadeza en una cuerda que dinamiza y tonifica la adhesión que genera la Feria. Pero roza también el filo de un borde peligroso: cuánto espectáculo toleran los escritores, los lectores, los expositores. Y los periodistas que cubren las actividades. El tópico queda incrustado en los pensamientos como una garrapata que no quiere desprenderse del dilema planteado. La dosis en sangre, menudo problema, depende de cada una de las personas que participan del rito año tras año, más de un millón, una cifra que apabulla.

Enrique Vila-Matas estuvo entre las visitas internacionales más celebradas de esta edición. Vino con novela nueva, Dublinesca (Seix Barral), sobre un editor retirado que quiere acudir con un puñado de amigos al Bloomsday para, entre otras razones, celebrar el funeral de la galaxia Gutenberg. El tema se presta para llevar agua al molino de este balance. Quizá no resulte simpático escribirlo, aunque la parodia habilita para permitirse tamaña antipatía, pero tal vez Valeria y otros lectores creen que, más allá del éxito y las ventas, están asistiendo en La Rural, acaso sin saberlo, al funeral de la galaxia Feria del Libro, tal como la conocieron o la imaginaron. Cierto que es hilar muy fino de la mano “prestada” por el escritor catalán. Pero cómo responder a la pregunta qué es la Feria del Libro sin caer en el tejido de frases hechas y lugares comunes. Siguiendo al atribulado editor retirado, se podría probar hacerlo a la manera de San Agustín, cuando le pidieron que dijera qué era el tiempo para él: “Si no me lo preguntan, lo sé, pero si me lo preguntan, no sé explicarlo”. Como esta tentativa de respuesta es estéril, mejor husmear qué se dice por los pabellones.

Roberto tiene 50 años y está entre los exegetas más afectivos, pero también exigentes de este “acontecimiento”, como lo llama. “Vengo siempre, desde cuando estaba en el predio de Exposiciones”, repasa. “¿Vos te perderías una final entre River y Boca? –interpela, desacomodando de golpe con la inesperada comparación–. Esto es como estar en una cancha llena, una vez al año, pero después, como en el fútbol, seguís...”. ¿Se refiere a que compra libros más allá de la Feria?, pregunta Página/12. Se ríe Carlos –ahora se debe reír mucho más este hincha de Argentino Juniors, aunque el encuentro con este diario fue el sábado– y agrega: “Claro, yo no me pierdo ningún partido”. Al menos su relato desmiente que después de que se cierra el telón, como muchos afirman, la mayoría de los que pasean por La Rural no asoman el hocico por las librerías. “Siempre hay buenos libros, eso es lo que importa; hay que buscar y encontrarlos”, plantea Carlos antes de perderse en la cancha de pabellones.

Desglosar un complejo objeto cultural como la Feria no es fácil. Esta vidriera en la que se juegan muchas expectativas imanta dos polos peliagudos que hacen que la síntesis se torne escurridiza. El volcán del espectáculo, atronador y excesivo a veces, y el sosiego de los libros, por momentos desplazados por la maquinaria de una representación en parte necesaria para atraer a los que son un tanto esquivos aun con los libros. Una cordial empatía generaron los más de mil bibliotecarios que invitó la Conabip (Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares). El fin de semana escribieron con las ruedas de sus carritos repletos de libros, con el que regresarán a sus provincias, sin duda una de las páginas más amables de ésta y otras ediciones. En la trama viva e imaginaria de las postales que proliferan en los pabellones, Marta, de 40 años, sospecha que los “quilombos” –se refiere a la presentación de la biografía de Hilda Molina y a un libro sobre el Indec– “sirvieron para que se vendieran más libros”. El nódulo que toca Marta con su comentario es bien espinoso; orquestados o no –“los argentinos somos adictos a las teorías conspirativas”, aporta esta mujer en un arrebato de sinceridad–, los insultos, forcejeos y sillazos añadieron el plus de escándalo –capitalizado por las editoriales– con el que sólo algunos libros despegan del mutismo del montón; seguramente sin que ése fuese el objetivo final, si lo había, de la muchachada rabiosa y enojada.

Marta revisa raudamente lo que le dejó esta Feria, que visitó en dos oportunidades. Una por el escritor italiano Alessandro Baricco, que resignó su lema bartlebiano, “preferiría no hacerlo”, para charlar con la gente, firmar ejemplares de sus libros y entrevistarse con los periodistas. La otra, ahora, para “pasear” y “encontrar ofertas”. Aun los más conspicuos detractores, que al menos el último fin de semana no se asomaron por el predio o no se identificaron de viva voz, tienen que admitir, a regañadientes, que esta cancha suscita el entusiasmo contagioso de muchos lectores que quieren conocer a los escritores, arrebatarles en el mejor de los casos, cuerpo a cuerpo, un puñado de palabras, o una dedicatoria al tesoro que han leído, que en el caso de Marta es Seda, el long seller del italiano. Pero esta mujer, sin embargo, tiene una queja para lanzar al ruedo sobre la cantidad de actividades. “No sé cómo se podría hacer, yo preferí ir a Baricco, pero también me hubiera gustado escuchar a (Fernando) Vallejo.” Los dos se presentaron el mismo día y con una diferencia horaria mezquina para una mujer que, con razón, no se puede clonar para estar en dos lados “casi al mismo tiempo”.

Ver un mundo en un grano de arena. Si se adiestra la mirada, si se despejan los ripios del montaje, hay una compenetración empática ineludible con la realidad cultural que regala la Feria. Quién no se babea un poco cuando los más chicos, que son muchos, se abrazan a un libro como si ese objeto diminuto, portátil, tan colorido y bien diseñado, fuese una tabla de salvación o un escudo todopoderoso contra el aburrimiento o los sinsabores que intuyen les pueda deparar la “vida”. Los padres, sobre todo, lanzan baba a granel, pero los observadores de esas escenas guardan momentáneamente las mochilas escépticas, sus interrogantes vitales y dudas que llevan a cuesta. Rebobinando episodios, charlas, presentaciones, el probable funeral de la Feria del Libro puede generar en más de un lector de estas líneas una sonora carcajada. Quizá la intención sea ésa, aunque la risa debería mover también a la reflexión.

Escucharlo al poeta Antonio Gamoneda inaugurar el Festival Internacional de Poesía está entre las gratificaciones de esta edición. Acoplado con esta sorpresa, hubo otra mayor de la mano de la poesía, que casi siempre tiene que sobrevivir por los arrabales y suburbios de la ciudad de la literatura. Tener lo que se tiene (Adriana Hidalgo), la poesía reunida de Diana Bellessi, fue elegido el mejor libro del año. Aprovechando el envión optimista del repaso, hay que incluir que los “hermanos menores” de la gran industria del libro –Entropía, Bajo la Luna, Cactus, Eterna Cadencia y varios sellos más– compartieron un stand colectivo y sumaron sus valiosos y experimentales catálogos a la gran fiesta. Y también añadir los libros de Leopoldo Brizuela, Horacio González, Juan Sasturain, Rep, Sandra Russo, las ediciones conmemorativas de Gabriela Mistral y Pablo Neruda, la reedición de Polo: el buscador, las publicaciones vinculadas con el Bicentenario y tantas otras más.

Sin trastabillar desde un énfasis crítico-melancólico –marcado por quienes añoran un encuentro “más con los libros y menos con el espectáculo”–, a la adulación sin límites, hay dilemas o callejones con una salida obturada que se reciclan de un tiempo a esta parte por La Rural. Adiposa en su fatigada extensión, la Feria es un espacio también para ensayar preguntas y barajar respuestas sobre su sentido “espectacular”.

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