Dom 14.03.2010
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MUSICA › MEMORABLE CONCIERTO DE FRANZ FERDINAND EN EL LUNA PARK

Excitantes, dinámicos y elegantes

Aunque el cuarteto escocés esté en plena búsqueda de una nueva aproximación a la música, su cóctel de new wave, funk y post punk todavía funciona a la perfección, y la incorporación de sintetizadores amplió su paleta sonora.

› Por Roque Casciero

Una banda en proceso de cambio: eso es hoy Franz Ferdinand. O, al menos, eso demostró en su segunda visita a Buenos Aires, cuatro años después de que llegara en la estela de U2. Claro, no hacía falta ir al Luna Park el viernes para notar que el cuarteto ya no es el mismo que puso a las chicas a bailar con “Take Me Out” en la primera mitad de la década pasada: en su tercer álbum, Tonight, el predominio de las guitarras de Alex Kapranos y Nick McCarthy cedió buena parte del terreno a los sintetizadores. Y lo que podría ser visto como un acomodamiento al comienzo de un nuevo ciclo en cuanto al gusto popular (hola teclados, chau guitarras; ver a Julian Casablancas o a los Yeah Yeah Yeahs), en realidad parece más la expresión de liberación de los límites autoimpuestos de los escoceses. Sí, en vivo todavía funciona a la perfección la cruza de new wave con funk, oscurecida con el tinte justo de post punk, que Franz Ferdinand patentó en su debut epónimo. Pero Kapranos y los suyos han ampliado la paleta: los sintes aportan no sólo colores nuevos, sino también ideas diferentes para la construcción de algunas canciones. Era algo que el grupo precisaba y que tal vez profundice, porque la fórmula de los abruptos cambios de ritmo en la misma canción (que todavía sobrevive en “Ulysses”, por ejemplo) ya ha sido demasiado transitada. Si hasta los Arctic Monkeys los abandonaron...

Los años de ruta le han dejado a Franz Ferdinand, además de unos cuantos euros y reconocimientos, un oficio sobre el escenario como para que los cambios entren de a poco, incluso entre ellos mismos. Obviamente que todo el campo del Luna pisó sin el suelo durante “Take Me Out” y que “This Fire” (ambas del primer álbum) desató un pogo que los músicos miraban con asombro, pero no menos cierto es que la versión levemente psicodélica de “40” le abrió nuevas puertas a la canción. Esa especie de iris enorme que cambiaba de color en la pantalla de fondo era el marco de McCarthy, que subido a un parlante entregaba una postal épica y colgada en una banda que antes no se permitía el cuelgue. O el final con “Lucid Dreams”, en el que ambos violeros se pasaron a los teclados y construyeron una coda discotequera hipnótica. Para eso, es clave el tándem conformado por Paul Thomson en batería y Bob Hardy en bajo: son dueños de un groove aséptico pero caliente y pueden acelerar el pulso hasta ponerse casi “ramoneros” si es necesario (“Shopping for Blood”).

Otros cambios de Franz Ferdinand son menos agradables: sucumbieron a la tentación de hacer cantar a la multitud, o pedirle que aplauda o agite las manos. No es necesario, si con la contundencia de las canciones les alcanza y sobra... Ni siquiera precisaron artilugios escénicos (apenas una pantalla sobriamente usada) para entregar un concierto magnífico, tal vez mejor que el que habían hecho en el mismo lugar en 2006. Porque hay algo que no cambió, afortunadamente: aunque ya no sea “el grupo de moda”, Franz Ferdinand todavía es una banda excitante, dinámica y elegante.

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