Lun 11.10.2010
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LITERATURA › JUAN PABLO VILLALOBOS OFRECE OTRA MIRADA SOBRE EL NARCO MEXICANO

Rocambolesco, absurdo y fatal

En Fiesta en la madriguera, su primera novela, el escritor radicado en Barcelona se aleja del folklorismo que pinta de glamour las “hazañas” de los carteles. El protagonista es Tochtli, el hijo de un narcotraficante, que vive encerrado.

› Por Mónica Maristain

Resulta difícil determinar si la aparición de Fiesta en la madriguera (Anagrama), la primera novela del mexicano afincado en Barcelona Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, 1973), es índice de una nueva corriente literaria en un México que se desangra por una guerra contra el narcotráfico, que ya ha dejado 28 mil muertos (entre 2006 y lo que va de 2010). Lo que sí puede decirse es que esta historia hilarante y extraña, breve y precisa, presentada a fines de agosto en el Distrito Federal y que acaba de llegar a la Argentina, es la obra de un outsider, no sólo porque Villalobos vive desde hace muchos años en Europa sino también porque su historia de vida no tiene nada que ver con el narcotráfico. Es decir, el escritor no es de Ciudad Juárez, no vivió en carne propia la violencia de Tijuana, de Tamaulipas, León o Michoacán, y no pertenece al mainstream literario mexicano. Su primera novela fue escrita casi en secreto por un joven que para mantener a su familia se dedica al marketing. Cuando estuvo terminada, Fiesta... fue puesta en un sobre, enviada a la editorial Anagrama, donde el mítico Jorge Herralde la leyó. Y como le gustó, tomó el teléfono para darle las buenas nuevas al autor.

Villalobos escribe alejado del folklorismo con que ciertos autores intentan pintar las “hazañas” del crimen organizado que asuela el territorio mexicano, vistiéndolas de una épica de la que en realidad carecen. Las fosas comunes, los asesinatos a mansalva, los secuestros indiscriminados que en su mayoría terminan en homicidios, aun cuando se cobre el rescate por la víctima, representan, en todo caso, la entronización de una crueldad sin moral. Al estilo de El niño con el pijama de rayas, la novela del irlandés John Boyne, el protagonista de Fiesta... es un niño llamado Tochtli, habitante de un palacio blindado del que no sale porque su padre, un narcotraficante de peso, es muy celoso de su seguridad. Tochtli narra con una ingenuidad desopilante a veces, y otras con una lucidez estremecedora, una realidad cruenta, donde los cadáveres y los agujeros sangrantes que las armas dejan en los cuerpos humanos construyen un escenario rocambolesco, absurdo y fatal.

El humor de la novela es directo y produce carcajadas a cada línea. Dice Tochtli que un país del Primer Mundo es aquel que tiene, por ejemplo, hipopótamos enanos de Liberia. Por tanto, México no es Primer Mundo. Pero cuando Página/12 se encuentra con Villalobos, el autor está con un hipopótamo de goma, regalo de su mujer, en las manos. “Patético”, diría el niño de su novela.

–Un país que no tiene hipopótamos enanos la tiene difícil, ¿no?

–¿Verdad? Claro, es un país tercermundista, sin dudas.

–El humor juega un papel importantísimo en su novela. ¿Es una elección del lenguaje sólo aplicable al tema terrible de los crímenes del narcotráfico?

–El acercamiento desde el humor es una preocupación estilística, siempre intento acercarme a la realidad desde el humor. Es un juego de peligro, porque si fallas, puedes tener un fracaso estrepitoso, pero lo que intenté en Fiesta..., a través del niño narrador, es lograr una mirada que me permitiera huir de moralismos, de visiones preocupadas por proponer soluciones al problema del narcotráfico. Esto me lo permitía esta mirada “inocente”, que cae en la crueldad fácilmente y en el absurdo, que es en definitiva lo que más me interesa.

–En México le perdonarán que se haya metido con sus narcotraficantes, pero no que haya criticado la comida mexicana.

–El tema gastronómico me apasiona y creo que hay que acercarse a las diferentes culturas a través del estómago. Los mexicanos tenemos una relación con la patria y con los afectos a través de la cocina, así que quise jugar un poco con esa enorme tradición de la comida mexicana. Y en particular con el pozole (especie de buseca, con granos de maíz y carne de puerco), que se hace con las cabezas de cerdo, que es muy pesado, y al que luego le ponemos hojas de lechuga arriba. En Barcelona, una vez preparé un pozole para unos amigos, que se quedaron extrañadísimos por las hojas de lechuga que le puse. Es algo raro de nuestra comida, o como que los tacos al pastor tengan ananá: no te das cuenta de lo absurdo que es hasta que no estás afuera. Al final pasa eso porque nuestra cultura es barroca y hay tantos sabores en la comida mexicana que, al final, no sabes lo que estás comiendo.

–¿El niño de su novela es deudor de otros niños en la literatura?

–Soy un fanático de Un mundo para Julius, del peruano Alfredo Bryce Echenique. Me encanta ese libro, que leí hace muchos años. De alguna manera creo que influyó en la voz de mi narrador. Otra influencia que tal vez podría citar, aunque aquí más que un niño ya es un adolescente, es El guardián entre el centeno, de Salinger.

–¿El tratamiento de la realidad tiene que ver con su pasado de cronista?

–Bueno, la verdad es que sólo escribía crónicas de viaje para un periódico mexicano. No soy periodista. El acercamiento al tema del narcotráfico me interesaba poco en cuanto a reflejo de una realidad social, o de construir la historia de un narcotraficante o un político en particular. Mientras escribía las novelas leía las noticias que llegaban de México, eso es cierto. Hablo de hace unos cuatro años, cuando empezó la violencia más bestial que se ve ahora. Entonces, en la novela hay una obvia influencia de algunos hechos puntuales de la realidad del narco mexicano, pero no al nivel de relatar hechos que estuvieran en ese momento en un periódico.

–De todas maneras, hay hechos muy identificables con la realidad del narco mexicano. El zoológico privado, los políticos corruptos, el gringo drogón...

–Sí, lo que pasa es que en una novela breve hay que trabajar con recursos que el lector pueda llenar fácilmente. En una novela extensa, uno puede describir todos los detalles, todos los personajes, pero en una novela breve uno tiene que poner clichés, estereotipos, historias elementales, para que el lector pueda completar la historia. El formato de la novela corta me parece muy atractivo, porque al final el potencial de lecturas que ofrece es muy rico. De pronto, las novelas decimonónicas, por ejemplo, son tan descriptivas que te lo dan todo. En la novela breve tienes que trabajar mucho como lector, completar muchos vacíos.

–Con respecto al lenguaje, su novela se sale de cierta tradición latinoamericana que privilegia un tono abigarrado y pomposo. Hay una especie de rescate del estilo directo, golpeador, de Julio Cortázar o de Roberto Bolaño.

–Bueno, Cortázar no sé, porque hace muchos años ya que lo leí, pero Bolaño sin dudas, es una referencia muy fuerte para todos los que escribimos actualmente.

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