Mar 26.09.2006
espectaculos

PLASTICA › LA “VUELTA” DE MARCELO POMBO EN LA GALERIA RUTH BENZACAR

Sobre la línea de flotación

› Por Fabián Lebenglik

Desde hace una década que Marcelo Pombo (1959) no presentaba una muestra individual en Buenos Aires. Aunque sí participó de exposiciones grupales y colectivas en esta ciudad, la exhibición constituye una suerte de regreso, de repatriación de la obra del artista hacia estas pampas (tomando en cuenta que él nunca dejó de vivir en Buenos Aires). En estos años Pombo ha realizado exhibiciones individuales en la Christopher Grimes Gallery (Santa Monica, California) y en la Marvelli Gallery (Nueva York) y colectivas en Estados Unidos, Brasil y Colombia.

El título de la muestra “local” es tan descriptivo como literal: “Ocho pinturas y un objeto”. Y esa literalidad se asocia con el fuerte matiz descriptivo de la obra de Pombo. A su vez, esta vuelta del artista también forma parte del contenido de la muestra. Porque casi todos los cuadros funcionan como pequeñas retrospectivas del artista o autocitas: cuadros que citan obras propias del pasado, al modo de incrustaciones estilísticas y temporales que hacen de una obra pasada, un dato presente. Son ocho pinturas y un objeto que se exhiben en Buenos Aires para festejar la vuelta y los éxitos, los hits que lograron su internacionalización. De algún modo la imagen de esta muestra sirve como un puente que anula –imaginariamente– el tiempo transcurrido. En todo caso ese tiempo es pura nostalgia. Y allí se introduce un componente melancólico que aflora en algunos cuadros, donde el motivo festivo tiene una matiz asordinado por donde se filtra la conjugación sutil de nostalgia con tristeza.

Cada cuadro es una condensación ultrabarroca en la que está muy presente la idea de flotación (“Rancho flotante”, “Manifestación flotante”, “Festival artístico multimedia flotante”, “Escombros flotantes”) y la evocación fluida y acuosa (además de los cuadros flotantes, el agua inunda las pinturas “Bodhisatva joven y náufrago” e “Inundación con árbol, nido y cuadro”).

Pombo fabrica sus cuadros gracias a una compulsión por las manualidades. El arte siempre fue para él un refugio de lo manual, un lugar de pura acción, donde toda reflexión llega después de haber terminado cada obra. Y la célula de esa acción es una gota de esmalte sintético. Centenares de gotas constituyen las figuras de sus cuadros. Gotas concéntricas superpuestas en una circularidad molecular que compone la imagen por goteo. Cuadros de factura impecable, cuya fabricación lleva varias semanas o meses en que el artista y su asistente sumergen palitos chinos en esmalte y aplican cada gota con la precisión de un miniaturista. No se trata por supuesto de cuadros de caballete, sino de pinturas de escritorio, casi podría decirse: de laboratorio. Las capas de gotas, el sutil relieve de la superficie pintada de este modo, se suma al carácter de miniatura de cada obra (no por el tamaño sino por la realización). A causa del detallismo de la construcción de la imagen, de la superficie pulida y de su esmaltada densidad, cada pintura condensa tal peso visual que se convierte en una pintura-objeto. Y en este sentido la objetualidad es una clave de construcción en Pombo (cuyo matriz artística se relaciona con la artesanía y la fabricación de objetos).

Los cuadros no sólo están realizados como miniaturas, sino que por sobre la acción de pintar (más precisamente, de aplicar la pintura sin pincel) el gesto desborda hacia una formalización del lenguaje visual que busca decorar y embellecer la superficie. Aquí entra también el paradigma del diseño, porque otra matriz de su pintura es la geometrización del espacio a través de un ordenamiento y distribución de la imagen por medio de simetrías, patrones y guardas, entre otras posibilidades.

La impronta manual en la construcción de la imagen se cruza con el material, que da un acabado industrial, brillante y pulido a la superficie. La circularidad de los puntos de concentración y condensación ofrece una pintura autorreferencial de matiz narcisista.

En relación con los mundos flotantes y la imagen acuosa, Daniel Molina escribe en el catálogo de la exposición: “En algunas de las leyendas budistas el mundo literalmente flota. Lo sólido se apoya y se desvanece en el agua, que a su vez se desvanece en el aire. Hay un chorrear de las iluminaciones que termina uniendo todo con todo. En esta serie de Pombo, el agua y el aire aglutinan las imágenes, sostienen los paisajes, diluyen los fondos[...] Y algo se eleva: es el globo de mimbre, esa invitación estática al viaje psicodélico (por lo demás, un Pombo de pura cepa, que retoma la tradición de objetos que viene realizando desde los ’80). Ese globo recargado de falsas joyas tan hermosas, ese globo es la más pura invitación a despegarse del suelo, a fluir y flotar a la vez. A dejarse arrastrar por la vida”.

A su vez los mundos flotantes e insulares promueven una imagen de sociedad decididamente utópica, cuyo aislamiento y elevación garantizarían ciertas condiciones.

En tres pinturas (“Joven con adorno en la cabeza”, “Festival artístico...” y “Bodhisatva joven...”) aparecen personajes andróginos cuya conformación “molecular” –gotas de esmalte– los hace participar de cierta condición formal que los fusiona con el conjunto y los inviste de una extraña calidad y plasticidad, entre mineral, vegetal y animal.

A pesar del narcisismo, la trama cerrada y la autorreferencia, las pinturas de Pombo establecen lazos y citas con otras pinturas y pinturas. Es el caso, por ejemplo, de “Manifestación flotante”, una evocación voluntaria de Xul Solar, pero a su vez una cita involuntaria del célebre cuadro de Berni “Manifestación” (1934). Pero si en la pintura de Berni se dirimen cuestiones (no solo pictóricas sino también) políticas y sociales (rostros cansados, a veces airados, que demandan y protestan ) mientras un cartel, al fondo, reclama “pan y trabajo”; en la “Manifestación...” de Pombo, en todo caso, toda demanda será festiva: con guirnaldas, brillos, carteles y estandartes que hacen indiscernible la felicidad de la protesta (o del festejo). En todo caso las “demandas” de la obra de Pombo se colocan en un nivel de sintonía con la pobreza que reclama para sí un brillo y una sofisticación, incluso un lujo, ciertamente módicos. En este punto su acercamiento a la pobreza (hasta hace poco propia) no se remite a una intelectualización e interpretación del otro, sino a una actitud de sincronía. (En la galería Ruth Benzacar, Florida 1000, hasta el 14 de octubre).

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