Sáb 05.06.2010
futuro

Tierra adentro

› Por Pablo Capanna

Entre los fabulosos proyectos a los cuales la última crisis financiera pudo haber puesto fin está esa expedición al Polo Norte que había montado Steve Currey para demostrar que la Tierra es hueca. Sus organizadores creían que es posible acceder a su interior, ya no bajando por un volcán de Islandia, como Julio Verne, sino encontrando un pozo que ubicaban con coordenadas tan precisas como las que hubiera dado Verne.

El líder de la expedición murió inesperadamente cuando ya tenía contratado a un rompehielos nuclear ruso, con el cual se disponía a llevar a cien pasajeros al Polo, a razón de 20 mil dólares por cabeza.

A pesar de que otros se hicieron cargo del proyecto, la crueldad del mercado parece haber frustrado un sueño (o negocio) que despertaba ecos de las novelas de aventuras en espíritus dotados de curiosidad y buena chequera.

Un siglo antes, un capitán norteamericano ya había conseguido el apoyo del presidente norteamericano Adams para financiar una expedición que, saliendo de Siberia, se proponía encontrar el gran pozo polar. Pero no le fue tan bien cuando asumió Jackson, quien le retiró la ayuda oficial, y el proyecto quedó trunco.

Es cierto que en aquellos tiempos todavía nadie había llegado a pisar los polos, mientras que hoy cualquiera puede acceder a las fotos satelitales y salir de dudas. Pero todavía hay mucha gente que está dispuesta a pagar por una ilusión.

El viaje al centro de la Tierra es una de esas fantasías a las que cuesta renunciar. Quizás el escéptico John Sladek tuviera razón cuando imaginaba que en cuanto se estableciera una colonia en Marte, allí tampoco faltaría quien fundara una Sociedad de la Tierra Plana.

EL MUNDO SUBTERRANEO

Los relatos de esos remotos antepasados nuestros que alguna vez bajaron a las cavernas subterráneas y volvieron deslumbrados con fantásticas bóvedas, columnas de estalactitas, oscuros túneles y lagos sulfurosos, deben haber sugerido la idea de que debajo de nuestros pies había otro mundo. Quizás allá abajo estuviese la morada de los muertos, así se llamara Hades, Sheol o Averno.

Pero por más mitológico que pueda ser su origen, la hipótesis de la existencia de un mundo subterráneo tomó su forma moderna con Edmond Halley (1659-1743), un amigo y colaborador de Newton, a quien todos conocemos gracias a su temido y puntual cometa.

Basándose en los datos incompletos con que contaba la ciencia en cuanto al magnetismo terrestre, y especialmente a causa de un error de Newton (luego corregido) sobre la densidad de la Tierra y la Luna, Halley llegó a la conclusión de que nuestro planeta no tenía dos polos magnéticos sino cuatro. La mejor hipótesis que se le ocurrió para explicar esa supuesta anomalía era que la Tierra no era una esfera maciza. Imaginó que tenía la estructura de una cebolla, con tres cáscaras superpuestas y un núcleo, separados por sendas capas atmosféricas.

Ya que estaba, Halley estimó que las tres capas tendrían un espesor de 800 kilómetros y que sus diámetros serían parecidos a los de Venus, Marte y Mercurio. Girarían sobre un mismo eje, pero lo harían a distintas velocidades.

Incluso llegó a explicar que las auroras boreales eran nubes de gases que se desprendían de las chimeneas naturales que había en cada uno de los polos. Esa era la hipótesis que había sugerido el científico jesuita Athanasius Kircher en su Mundus subterraneum (1664), cuando se le ocurrió hacer circular el agua de los océanos por el fuego central.

Sin ahorrarse una cuota de ironía posmoderna, el historiador N. Kollestrom observó que esa fantasía infundada fue la primera predicción que se hizo a partir de la teoría de Newton.

En esos tiempos, el tema del mundo subterráneo, que había estado olvidado desde Dante, reapareció en la literatura con el sueco Ludvig Holberg y sus imitadores. Holberg escribió El viaje subterráneo de Nicolás Klim (1741), una imitación bastante floja de Los viajes de Gulliver, que describía un mundo subterráneo dotado de su propio sol.

La Tierra hueca todavía no había desaparecido del mundo científico. El físico Sir John Leslie (y hasta el matemático Leonard Euler) todavía fueron capaces de especular con que nuestro planeta podía ser una cáscara que encerrara un mundo interior. En 1829, a Leslie lo alumbraban dos soles, a los que llamaba Plutón y Proserpina.

Si todas estas especulaciones no salieron de las páginas de los libros, quien más hizo para popularizar el tema fue el capitán John Symmes (1779–1829), un veterano de Missouri y exitoso conferencista. Su modelo de Tierra hueca tenía un solo sol central y los ya conocidos agujeros en los polos. Como hemos visto, propuso montar una expedición, para ir a buscar la boca del pozo que estaba en el Polo Norte.

Uno de sus diez hijos le hizo levantar un monumento (algo así como un mate de doble entrada) en el cementerio de Hamilton (Ohio). Sus teorías se habían popularizado gracias a una novela utópica, la Symzonia, que probablemente escribió el propio Symmes. Al estilo de las grandes novelas de aventuras, sus viajeros bajaban por el pozo polar y exploraban el interior del planeta, donde habitaba una raza magnífica, pacífica e ilustrada. Symmes anunciaba que en el Polo Sur había otra entrada, y se atrevía a decir que de allí venía la fauna de las Islas Malvinas. Con todo, Symzonia inspiró el Moby Dick de Melville y especialmente Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1838) de Edgar Allan Poe.

Pese a la opinión adversa de todos los geólogos, la Tierra hueca siguió siendo atractiva para los escritores de ficción. Los más famosos fueron Verne (Viaje al centro de la Tierra, 1864), que se inspiró en Leslie, y Conan Doyle (El mundo perdido, 1912). Pero también frecuentaron las profundidades gente como Casanova, George Sand, Bulwer Lytton, Edgar Rice Burroughs, C.S. Lewis, Sydney Fowler Wright y Vladimir Obruchev.

Aunque no pareciera necesario, habrá que decir por qué toda la geología se opone a esa hipótesis. Si la Tierra fuera hueca, su masa no alcanzaría para retenernos en la superficie, y la fuerza centrífuga no sería suficiente para que otros pudieran caminar por su interior. La perforación más profunda, realizada por los soviéticos, alcanzó una profundidad de 12,3 km. No hemos llegado más abajo, pero podemos captar las vibraciones de la corteza y sabemos que una Tierra hueca sería sismológicamente muy distinta. Aunque, por supuesto, nada de eso arredra a los fabuladores.

DEL OTRO LADO

Para los esoteristas, el interés por la Tierra hueca casi parecía obedecer a un mandato. La fórmula que repetían alquimistas, rosacruces y masones (V.I.T.R.I.O.L.) era la sigla de “Visita el Interior de la Tierra y Encontrarás la Piedra Oculta”.

Por una de esas vueltas a que nos tienen acostumbrados los mitos, cuando la Tierra hueca salió de manos de los científicos y cayó en poder de los esoteristas, se dio vuelta como una media. A partir de ese momento se empezó a pensar que el mundo no era convexo sino cóncavo. Eramos nosotros los que estábamos del lado de adentro, como si viviésemos en una estructura de esas que hoy llamaríamos Esferas de Dyson. Afuera no había nada; eso era todo el Universo.

La idea la tuvo Cyrus Reed Teed, un alquimista muerto en 1908, que fundó en la Florida la comunidad utópica de los Koreshitas. La idea de la Tierra cóncava se la sugirió, en sueños, una mujer que decía venir del mundo subterráneo. Durante un tiempo anduvo tratando de probarla, haciendo prolijas mediciones en las playas con un estrambótico aparato de su invención. Teed publicaba un boletín llamado La Espada Llameante, que a los lectores de Philip K. Dick les recordará sin duda una historia que está en Lotería solar (1950).

El azar quiso que un ejemplar del boletín de Teed cayera en manos de Peter Bender, un piloto alemán que había caído prisionero de los franceses durante la Primera Guerra Mundial. El aviador, que había sido colega de Goering, llevó la idea de la Tierra cóncava a Alemania. Sus discípulos –otros aficionados llamados Lang, Neupert y Braun– la difundieron con el nombre de Hochweltlehre, y durante la era nazi llegaron a enseñarla en algunas escuelas.

Todo culminó con una increíble expedición al mar Báltico. Bender había convencido a Goering de que si la Tierra era cóncava, apuntando al cielo los radares desde la isla de Rügen se podría espiar a la flota británica, que estaba en los antípodas. La experiencia salió mal, de manera que Bender, su esposa y sus amigos fueron a parar a un campo de concentración, a pesar del amigo Goering.

Pero la idea del mundo cóncavo se resistía a desaparecer. En fecha tan reciente como 1983 la resucitó el matemático egipcio Mostafa Abdel Kader, en las páginas de la revista científica australiana Speculations in Science and Technology. Con ingeniosos desarrollos geométricos, el egipcio logró proyectar toda la geografía conocida sobre una superficie cóncava. Y lo hizo tan bien que se considera imposible una refutación empírica. Eso era lo que le había costado la vida al malogrado Bender.

LA LEYENDA CONTINUA

Cualquiera hubiese dicho que en cuanto el almirante Byrd pisó el Polo Norte, la historia del agujero de Symmes debería haber muerto de muerte natural. Por el contrario, aprovechándose de algunas efusiones poéticas de Byrd, que habló del Polo como “centro de lo desconocido” y de la Antártida como “tierra del misterio”, los amantes de lo insólito dieron vida a una nueva leyenda. Anunciaron que Byrd había bajado al interior de la Tierra, donde habría encontrado vegetación prehistórica, mamuts y la avanzada civilización de Agartha, que hasta contaba con máquinas voladoras.

Agartha y Shamballah (o Shangri La) eran dos imaginarias ciudades, perdidas en las estepas del Asia Central. Madame Blavatsky, la fundadora de la Teosofía, decía haberse entrevistado allí con los sabios inmortales que gobernaban (sin mucho éxito) el mundo. Cuando los viajes de exploración se intensificaron, Shangri La fue a parar al subsuelo. Pero antes alcanzó una fama inesperada con una novela de James Hilton (Horizontes perdidos, 1933), que la situaba en un valle tibetano más allá del tiempo. Frank Capra la llevó al cine, Roosevelt le puso su nombre a la quinta presidencial y la US Navy botó el portaaviones Shangri La, de gran actuación en la guerra de Vietnam.

Antes de ser apropiadas definitivamente por los esoteristas, las historias de la Tierra hueca tuvieron otro revival sobre fines de la Segunda Guerra Mundial, cuando el editor Ray Palmer les dio cabida en las páginas de una revista de ciencia ficción. Eran otros tiempos, y los lectores del género organizaron un eficaz boicot que obligó a Palmer a cambiar de ramo. El editor aceptó las sugerencias, y desde entonces se dedicó a promover al Triángulo de las Bermudas y los platos voladores.

El imaginario de las mentes conspirativas (cualquier buscador nos puede dar cuenta de su variedad y abundancia en Internet) ha convertido al interior de la Tierra en el último refugio de todos los misterios. Ahora que ya la geografía no tiene nada que ocultar, el subsuelo todavía puede ser intrigante.

Como hemos visto, por esta historia pasaron los nazis, de modo que no faltan quienes juran que se han refugiado allí, han colonizado el subsuelo y se preparan para volver. Como si no hubiese suficientes nazis en la superficie, por más que acostumbren a disfrazarse de otra cosa. Hay quien dice que de allí vienen los platos voladores, que en el subsuelo hay bases extraterrestres o viven los descendientes de Lemuria, derrotados por los de la Atlántida en una prehistórica guerra termonuclear. Para los místicos, el subsuelo ha dejado de ser el infierno: es la morada de los Maestros Ascendidos, los grandes líderes espirituales de la humanidad.

En cuanto a los accesos, los agujeros de los polos han quedado chicos. Hay toda una variedad de destinos para turismo de aventura, que nos promete acceder al mundo subterráneo desde lugares tan variados como las cuevas de Kentucky y el monte Shasta. No podían faltar las pirámides de Egipto, pero la Argentina ocupa un lugar destacado gracias al cerro Uritorco y las Cataratas del Iguazú, sendas entradas al submundo. Es una importante fuente de divisas para la explotación hotelera, que con algún esfuerzo puede incluir a Merlo, el Calafate o Calamuchita. ¿Qué esperamos, argentinos?

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