Vie 24.09.2010
las12

Donde hay arte, hay un vergel

Dos artistas plásticas recorren los pasillos del Hospital de Niños con sus libros y sus materiales. Entran en las habitaciones de chicos y chicas que las esperan para pintar, para conocer cómo se sienten los artistas, para salir por un buen rato de la rutina hospitalaria. El proyecto se llama Vergel y los cuadros de los pintores y pintoras se pueden ver en Internet.

› Por Soledad Barruti

Es viernes por la tarde. Catalina León y Florencia Rodríguez Giles caminan las calles internas del Hospital de niños con tres bolsas abarrotadas de bastidores, pinturas, pinceles, lápices, libros. Se mueven por los pasillos, entre las enfermeras. Charla con una, con otra, le van contando cuáles son los chicos que “hoy quieren pintar”. Hay chicos pequeños, y adolescentes. Ella los anota en una libreta y va trazando una especie de recorrido para su jornada. “Venimos jueves y sábados, de a una por vez. Estamos entre una hora y una hora y media en cada habitación, procuramos un encuentro íntimo y particular con cada chico. Llevamos libros de artistas y pintamos con ellos. Corregimos. Apuntamos en todo momento a construir un buen cuadro.”

“Es difícil definir Vergel”, coinciden sus dos mentoras: “Tal vez lo más acertado sea decir que Vergel es un proyecto a través del cual generamos experiencias artísticas en situaciones de vida limitantes, y que actualmente lo hacemos en el Gutiérrez”.

Aseguran que, adentro del hospital, médicos y residentes encuentran tan natural como auspicioso que ellas estén integradas al área de cuidados paliativos. Es que, desde hace varios años, a cargo de Eulalia Lascar, esa área conformada en primer término por médicos ha ido de a poco incorporando especialistas en diversas disciplinas que trabajan brindando atención integral a los chicos que padecen enfermedades limitantes para la vida o que no responden a terapias curativas. Así, todas sus acciones y actividades están orientadas a menguar el dolor, resguardar la integridad y la dignidad de los pacientes y su núcleo familiar.

A una distancia prudencial del arteterapia (que de la mano de psicólogos y terapeutas cumple la función de generar obras alegóricas, que sirven para ahondar y progresar en una situación psíquica o emocional), desde su lugar de artistas, tanto Catalina León como Florencia Rodríguez Giles buscan que cada chico explore su capacidad creativa, expresándose de un modo simbólico. Porque, si bien son conscientes de que toda obra de arte es a la vez una narración y que la proyección es inevitable, en cada encuentro se concentran en resolver problemas pictóricos, hallando en la fuerza de las imágenes una forma de comunicación acabada. Llegan con Klimt, Kandinsky, Federico Herrero, Marcelo Pombo, Tarsila do Amaral o Gauguin bajo el brazo. Y así, chicos que no han tenido relación previa con la pintura, van descubriendo de qué se trata eso de ser artista, copian, se inspiran, se encuentran. “Generalmente eligen pintar sobre bastidores. Este soporte, que hemos incorporado meses después de empezar nuestro trabajo gracias a una donación de la fábrica de bastidores Seurat, los comprometió más hondamente con la actividad. Es una herramienta con la que piden quedarse y de la cual, luego, suelen sentirse muy orgullosos”, explican. “A medida que la obra avanza, nuestro rol es el de ir guiando el trabajo, aconsejando técnicas, trazos, colores, según lo que creemos conveniente.” Así, es de acuerdo con este modo de trabajo –cuidando y posibilitando todas las instancias que conlleva hacer una obra en cualquier caso– que, finalmente, se puede hallar un gran valor no sólo anímico sino, además, educativo. “Tenemos como objetivo crear un buen cuadro. Y esa experiencia se tiene que producir. Los chicos tienen que dar un salto para hablar con el arte, con la pintura, con algo que está por fuera de su yo y ahí también hay una enseñanza”, cuenta Florencia.

La propuesta de Vergel no es para nada menor. Incluso en los pasillos del hospital ha planteado interrogantes tan brutales como valiosos, que siempre terminan llevando a replantearse qué son los límites físicos, la muerte, cómo se da más vida a los días que queden por vivir. La que se desprende naturalmente es: ¿qué le puede brindar a un chico, en una situación tan terrible como los últimos momentos de un cáncer, aprender a pintar un cuadro? “Ahí es donde hay que detenerse y todavía no tenemos esa respuesta”, dice Catalina. “Nosotras vamos con la propuesta de cambiar su tiempo de internación por algo diferente. Tenemos el deseo de que les haga tan bien como nos hace a nosotras, pero no podemos saber si eso sucede o no, o si les sucede a todos los chicos. Sí podemos ver qué sucede en el encuentro. Cómo tienen cada vez más ganas de dibujar, de pintar, producen. Notás que eso les cambia el humor o que les gusta que entres y veas sus cuadros. Me pasó muchas veces de chicos que rechazan todo y de a poco empiezan a pintar y se sueltan. Me acuerdo de una nena que tenía mutismo selectivo (sólo se comunicaba con la mamá) y hacía unos dibujos increíbles, súper herméticos como un arco iris con sombrero y una puerta, que de repente me empezó a hablar. Como ella, hay muchos chicos que se abren y se transforman.” “Lo que uno siente es que los chicos se encuentran con una potencialidad”, agrega Florencia. “Se encuentran con que pueden hacerlo, pueden crear. Quizá porque están en una situación de absoluta apertura, más vulnerables, se dan esas posibilidades.” “Y porque están aburridos, también”, dice Catalina. “Todo el día encerrados en una habitación de la que no saben cuándo van a salir. Todas sus actividades están suspendidas. Entonces llegás con algo así y se copan. Hay un silencio en el lugar, una concentración en todo momento: cuando miran libros de artistas, cuando estamos pintando, están completamente sumergidos en lo que están haciendo. Aunque muchas veces los chicos están viviendo situaciones muy dolorosas, difíciles de transitar, logran sacar alegría para ponerse a pintar, se pueden divertir, se ríen. En general se genera un clima muy lindo, muy festivo.”

Catalina entra a la habitación donde la espera L., una nena de 13 años. Hace tres meses que está internada y ahora una operación reciente la tiene bastante dolorida, apenas puede mover la mano. Sin embargo, no duda cuando se le pregunta si quiere pintar. En las paredes hay flores de papel crepé, dibujos; sobre una repisa, su primer cuadro. Todo lo hicieron en encuentros anteriores. “No siempre quieren pintar. Nosotras podemos hacer de productoras de una idea para, por ejemplo, decorarles su habitación. No porque sepamos cuál es nuestro objetivo, sobre todo en relación con el arte, no dejamos de tener la apertura que la situación requiere. Hay una nena que no quiere pintar porque le da fiaca, pero quiere que estemos. Entonces podemos jugar o charlar simplemente. También hay veces que no tienen ganas, hasta que empiezan”, había dicho Catalina hacía un rato y ahora, en la habitación, así es como se va dando. L. va hallando sus fuerzas mientras Catalina la ayuda a hojear un libro de Diego Rivera. Hasta que su mano se vuelve más firme, de a poco empieza a sonreír, a dibujar. Esta tarde, L. va a hacer una pintura colorida y alegre en la que, de a poco y casi sin querer, irá descubriendo a su familia, luego a extraños, finalmente el paso del tiempo sobre bellísimos rostros desconocidos.

Vergel no surgió de la noche a la mañana sino que es el resultado de un trabajo intenso que ambas artistas vienen realizando en el ámbito de la salud y el arte desde hace varios años. En primer lugar, las dos tienen un cómodo lugar adentro del circuito de arte contemporáneo. Florencia, por ejemplo, realizó muestras individuales en las galerías Ruth Benzacar de Buenos Aires y Blanca Soto de Madrid. Participó de muestras colectivas nacionales e internacionales en Brasil, España y Japón. Fue becada por la Fundación Antorchas y el Fondo Nacional de las Artes, y actualmente participa de la Beca Kuitca/UTDT. Catalina, por su parte, participó de la Beca Kuitca 2003-2005, en 2007 ganó el premio arteBA-Petrobras, realizó muestras individuales en la galería Alberto Sendrós y en Daniel Abate, y participó de muestras colectivas nacionales e internacionales en Francia, España y Estados Unidos.

Paralelamente, Catalina empezó como acompañante voluntaria en cuidados paliativos de adultos en 2006, y en 2008 se volcó hacia los cuidados pediátricos. En busca de contenidos, ingresó en Vocación Humana, un espacio en donde podía estudiar diferentes religiones y otras cuestiones que le permitieron ahondar en una búsqueda espiritual. Florencia, interesada en los mismos temas, también empezó a estudiar por su cuenta. Y de cruzarse, de contarse, de compartir, empezaron a estar cada vez más tiempo juntas. “Queríamos explorar cómo el arte y la religión se traducen en la vida cotidiana; son funcionales y útiles a la vida”, explica Catalina. Así, “naturalmente Flor se sumó a lo que yo venía haciendo en el hospital y eso coincidió con que recibimos la donación de Seurat. Luego escribimos este proyecto, lo presentamos al Centro Cultural España y nos dieron un apoyo económico para comprar materiales y armar una página web. Esas dos cosas le dieron mucho impulso a todo el proyecto. Tenemos pensado hacer una muestra con los chicos el año que viene, en donde aparezcamos nosotras como artistas en diálogo con las obras de ellos. Crear una obra de todos juntos. Mostrar esto que es, a fin de cuentas, una experiencia recíproca. Es que desde el principio está planteado como un intercambio. Ellos nos dan mucho. A nivel artístico, personalmente, me devolvió algo que no sabía que existía. Porque el arte en nuestras vidas es algo cotidiano. Estamos en el circuito, vemos muestras, vamos a galerías. A veces ya no te asombrás. Pero esto me devolvió la capacidad de asombro en relación con la función del arte. Ver a los chicos trabajar hizo que me volviera a enamorar. Encontré algo muy relacionado a todo lo que estudiábamos y que antes tenía disociado. Para mí, Vergel es un encuentro con el arte. Con el dolor también. Con la condición humana de fragilidad, de vulnerabilidad. De alegría. No sabía que el arte tenía un poder tan grande.”

El sitio web del proyecto es www.vergelarte.com.ar

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