Dom 13.06.2010
libros

La escuela de la vida

Una novela dentro de la novela: Grandes esperanzas, de Dickens, es el faro para llevar adelante la vida en una comunidad dividida y empobrecida. Y la literatura es en El señor Pip mucho más que un mero entretenimiento.

› Por Fernando Bogado

Hay una capacidad –que podríamos llamar “secreta”– de la literatura: la de conservar, enriquecer, afectar directamente a la vida, así, sin mediación de ningún tipo. Digamos secreta con precaución: habiendo tanto afán, científico como cotidiano, por poner a la literatura de un lado y a la vida por el otro, hay que moverse con precaución en este peligroso terreno de las ubicaciones. Sin embargo, frente a la prudencia de los compartimientos estancos, la novela de Lloyd Jones, El señor Pip, desoye todo consejo y se mete de lleno en el problema de la relación entre nuestras costumbres, nuestra rutina y la fuerza que cualquier obra de ficción ejerce sobre ella.

De todos modos, exageramos: en la novela no se presenta precisamente la rutina de una persona determinada, sino la forma en que ese hábito que constituye el núcleo de la existencia se ve amenazado por situaciones límite, como puede llegar a ser un enfrentamiento bélico del tipo que sea. Ambientada en la guerra civil que afectó el territorio de Bougainville a lo largo de los ’90, la historia se encuentra narrada por Matilda, una niña que vive junto a su madre cerca de una de sus playas: sus doce años de vida los ha pasado rodeada de mar, durmiendo en esterillas y asistiendo a las clases que se imparten en la escuela heredada por las misiones cristianas que realizaron sus actividades hace tantos años. Las pocas cosas que tiene se han visto seriamente amenazadas por el enfrentamiento que se levantó entre los “pieles rojas” y los “rambos”, o sea, entre los soldados apoyados por las fuerzas extranjeras y los rebeldes que, adoptando tácticas de guerrilla, han atacado las minas que constituían el principal emplazamiento económico de las islas.

Ya sin maestros –que escaparon del agitado ambiente en varios botes, de a poco–, la escuela se encuentra sin ningún responsable de impartir algún tipo de conocimiento a los miembros más pequeños de la atacada comunidad. El Sr. Watts, mejor conocido por todos los niños como “ojos saltones”, casado con Grace (una mujer nativa de la zona y aparentemente loca), el único blanco de la zona, acepta tomar el curso para enseñar lo único que sabe de una punta a la otra: a lo largo de las reiniciadas clases, él se encargará de leer más de una vez el clásico de Charles Dickens Grandes esperanzas, libro que cautiva a los niños y que los sumerge en las desventuras de su protagonista, Pip.

El señor Pip Lloyd Jones Salamandra 256 páginas

El autor se encarga de trabajar en la novela la manera en que la ficción misma funciona como motor y caparazón de la vida, alimentándola al mismo tiempo que protegiéndola contra los vaivenes de la existencia. El texto plantea rápidamente el conflicto que surge en esta pequeña comunidad no sólo entre las fuerzas militares conservadoras y los rebeldes –dos bandos que, de una manera u otra, terminan afectando negativamente a los personajes–, sino también la pugna entre la creciente obsesión de los más pequeños por memorizar extractos de una obra literaria, la única que han conocido en sus vidas, y el otro gran libro que ha formado a muchos de los padres y madres de estos párvulos, la Biblia: Dolores, la madre de Matilda, será la persistente enemiga que de una manera u otra busca desprestigiar la figura del Sr. Watts y sus extrañas historias de hombre blanco.

Lloyd Jones (nacido en Nueva Zelanda en 1955), quien ganó por esta historia premios como la Medal for Fiction y el Reader’s Choice Award de su país natal, logra en El señor Pip –publicada originalmente en 2006– plantear un mundo en donde la literatura no es ni un mero entretenimiento ni un vicio burgués, sino algo vital en la medida en que puede salvar una vida o llevarla, incluso, a su perdición. Y aquí está uno de los puntos más destacables del texto: en ningún momento las referencias a la novela de Dickens se encuentran distanciadas de la aparición imprevista de algún soldado o de la muerte de alguno de los miembros de la comunidad, quedando contenido un suceso dentro de otro, vinculado, fundido. En la tónica de una novela de aprendizaje, Matilda, la narradora, no deja de destacar la importancia que ha tenido en esos momentos de extremo peligro una sola novela de un solo autor que fue leída una y otra vez por el único hombre que se arriesgó a enseñarles algo: que la literatura, mal que les pese a algunos, es la vida.

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