Jue 07.10.2010
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NUEVAS SEñALES DE GREEN DAY

“NO QUIERO SER UN IDIOTA AMERICANO”

De las canciones sobre la masturbación a la militancia contra la guerra de Irak, la carrera de Green Day no paró de radicalizarse. Así como American Idiot fue la banda de sonido del abucheo a Bush, su flamante 21st. Century Breakdown desentraña las zonas grises del que parecía un colorido gobierno demócrata para los estadounidenses: el de Barack Obama.

› Por Luis Paz

“Al comienzo, justo después del 11 de septiembre y mirando cómo los tanques invadían Irak y los periodistas embebidos iban detrás de ellos en vivo, me sentí en el cruce entre la guerra y los realities de televisión. Me sentí tan confundido como si necesitara decir algo. Sentí un momento de furia y patriotismo, supongo, si lo querés llamar así. Así que el disco se compuso sólo en esos 30 segundos de transmisión televisiva.” Billie Joe Armstrong, además de cantante y guitarrista de Green Day, es últimamente un esquivo objetivo para la prensa. Pero la National Public Radio (algo así como la Radio Nacional de Estados Unidos) consiguió recientemente esta frase, ciertamente contundente, acerca de la factura de 21st. Century Breakdown, el disco que presentarán en Costanera Sur el 22 de octubre.

El artículo es de mayo de este año y es la última entrevista en profundidad al líder de Green Day, más allá de alguna declaración robada en una entrega de premios (y últimamente Green Day ha participado y salido vencedor de casi todas). Por la misma época, John Lydon, muchísimo más conocido como Johnny Rotten de Sex Pistols, frente a un periodista del diario británico The Independent replicaba con contundencia: “Mirá en qué ha terminado el punk: Green Day”. Con pretensión de ironía, lo que Rotten vociferaba era la mirada de muchos (no la mayoría, pero sí muchos) acerca de Green Day como una banda pasatista, liviana, mercadotécnicamente adolescente. “Eso es culpa mía”, clamaba el punkie Rotten. “Estos boludos que pueden llenar grandes estadios pero son completamente vacuos. Músicos que no son más que perchas: manufacturados de los pies a la cabeza. Me ofende lo que hacen. Los veo como algo parecido a la artritis. Dicen que son re punks y anticorporativos mientras viajan en su propia van. Eso es una pelotudez.”

Una pelotudez, más bien, sería no reparar en ciertas cuestiones: 21 años en la música, 10 álbumes, 65 millones de copias vendidas. OK, ¿son sólo números? Entonces a revisar otras cuestiones: Basket Case, Longview, Good Ridance (Time Of Your Life), Know Your Enemy. ¿Son sólo canciones radioamigables? Entonces van otras cuestiones: un musical, un videojuego. ¿Sólo espejitos de colores que apoyan las corporaciones para conseguir mercado juvenil? OK, otras cuestiones: una voz alzada contra la invasión a Irak y contra la madre de todas las pelotudeces: American Idol, un modelo que (junto a otros formatos) devastó el prime time en Estados Unidos y acabó, en una parábola extraña, habilitando lo que hace Tinelli.

Por otra parábola extraña, Green Day acabó subvirtiendo, en su décimo disco, la lógica del punk original un cuarto de siglo después: primero con American Idiot y ahora con otra vuelta de tuerca para 21st. Century Breakdown se desmarcaron de la idea del punk simple (ése en dos o cuanto mucho tres tonos) y del miedo, la aberración o el asco contra el concepto; contra la idea de que un disco, además de ser una porción más o menos interesante de música, es un texto que interpela su momento histórico. En eso, los últimos dos discos de Green Day tienen más que ver con la oleada de conceptualidad progresiva de los ‘60-’70 contra los que el punk se rebeló que con el punk en sí. “Vivimos un tiempo de mierda con un guerra cultural y con el país dividido, partido a la mitad, y hay mucha confusión. Ser un chico que está creciendo debe ser muy atemorizante porque hay un montón de cosas que tironean de vos. Puede ser ‘Usá este fucking desodorante o vas a oler como la mierda’ o ‘Mirá este reality show con este tipo que mete la cabeza en un balde de sangre’”, decía Armstrong en ocasión del lanzamiento de American Idiot, hace seis años. No, no hablaba de la Argentina de 2010 sino de los Estados Unidos post 11-S: “Esta guerra que hay en Irak es básicamente para construir unas tuberías y para poner un fucking WalMart. Es un montón de información (la que hoy circula) y no sólo confunde a los niños, también confunde a los adultos”.

Pero tal vez porque esta situación –las sociedades quebradas, el show por sobre la vida– ocurre, a partir de la globalización de los problemas del mal llamado Primer Mundo, también en el mal llamado Tercer Mundo, sea que Green Day, 16 años después de Dookie y a casi el mismo tiempo desde el clímax de los canales de videoclips y el dinero disponible en la industria, sigue consiguiendo público juvenil con bastante credibilidad en, por ejemplo, la Argentina.

De Green Day se podrá decir que son millonarios, que usan buena pilcha, que claramente se preocupan por su corte y color de cabello (más allá de que su preocupación pase por parecer despreocupados por ellos) y que le pusieron primera a su carrera cantando sobre la masturbación, sobre dar vueltas los cestos de basura en la cabeza de tus compañeros de escuela y sobre comer papas fritas tirado en el sillón toda la jodida tarde, con un enorme faso en la mano izquierda y una película porno en la derecha, cuando tu madre se va al psicólogo y tu padre a encamarse con su amante. Y era exactamente eso lo que Green Day venía a contar cuando apareció, pero no se puede eludir aquel contexto: era 1989, la posguerra fría había incubado vida en suburbios y en casas rodantes, el cambio radical de una economía de servicios al usuario a una economía de servicios financieros realmente global se abría con la caída del Muro y el punk como movimiento de clase había perdido su fuerza y quedaba como un espacio de resistencia cultural que los ‘90 acabarían transformando en derrota cultural y los ‘00 habrían de incluir entre la parafernalia del marketing del diseño, los chupines nuevos rotas y todo lo que ya no ha podido volver a ser pancarta.

Entre lo que quedó de esas transformaciones culturales, quedó Green Day, el trío de Armstrong, el bajista y corista Mike Dirnt y el baterista Tre Cool. Armstrong y Dirnt llevan tres décadas compartiendo música, ensayos, giras y cabronadas propias y ajenas. Tre Cool lleva sólo dos décadas con ellos, pero comparte un origen. Armstrong creció al norte de San Francisco y tuvo un contacto temprano con la música (a los cinco con el canto, a los ocho con el piano) y con la muerte (a los diez con la de su padre). Quedó a merced de los cuidados de su madre, una mesera de tugurio con una habilidad matemática impecable como para repartir su salario entre cinco bocas hambrientas (bueno, seis, contando la de ella).

La imagen familiar de los Armstrong no mejoró cuando, a los doce, Billie Joe conoció a su padrastro. La de Dirnt fue incluso peor: su madre, una yonqui heroinómana de San Francisco, lo dio en adopción. Pese a que parecía haber encontrado un hogar en la casa de ese matrimonio interracial, sus padres adoptivos se divorciaron cuando tenía siete. Sin embargo, él es el único que completó la secundaria de los tres Green Day. Tre Cool, en tanto, es hijo de un veterano de Vietnam y nació en Alemania, donde su padre cumplía servicio, pero creció en un pueblo rural (muy rural) de California. Fue en Gilman Street, en el suburbio californiano, que coincidieron y armaron Green Day.

“Cuando pienso sobre la rebelión –confesaría Billie Joe recientemente–, la verdad es que nunca me rebelé contra mis padres. No había motivos, era gente de la clase trabajadora. Mi madre era mesera y mi padre era camionero. ¿Qué hay allí para rebelarse contra ellos? Eso es una cosa muy Orange County (el condado cheto de California), ponerse en contra de tus padres ricos. Definitivamente esa no era mi vida. Pero la que tuve me enseñó que cuanto más duro trabajás, más suertudo te volvés. Es la clave principal: una ética de trabajo fuerte. Quiero ser un artista y quiero soñar, pero en el fondo hay que estar dispuesto a trabajar muy duro. Debés poder sacrificar tu ego y tu pasado.”

El sacrificio del pasado supone, necesariamente, la necesidad de poner vida, poner energía en el presente, para balancear. Y los Green Day han pasado por eso también, tres veces al menos. Primero, al abonar cada cual su propia familia: a los 25 ya todos estaban casados. En fin, terminaron, a sus casi 40, con tres divorcios y cinco hijos (sumando a los tres). Luego, en el comienzo de este siglo, con una crisis creativa y humana desatada por ciertos excesos de Billie Joe con la bebida y con su intención de hacer “la canción perfecta”. Entonces, de algún modo, la invasión a Irak los salvó del letargo y les valió American Idiot. Y una tercera instancia fue la propia creación de su flamante disco 21st. Century Breakdown, durante la que su productor, Rob Caballo, se cortó por un tiempo y sin quién pusiera las reglas (las mínimas necesarias como para sobrevivir a algo tan psicosomáticamente bipolar como estar en estudios grabando un disco) todo se desmadró. “De algún modo algo extraño, estábamos en un momento creativo. Con Rob no había reglas y esa es la manera en la que nos gusta que nos traten. Pero sin él nos desviamos de la dirección y nos volvimos tan locos que creo que borramos el camino por donde íbamos”, diría Armstrong. “Hacer el disco se volvió espantoso, como una fijación.”

Cuando Armstrong recuerda American Idiot dice: “Hay un temor con tocar esos temas porque empezás una discusión, eso piensa la gente. Pero la política es básicamente una conversación, no hay una persona que esté en lo cierto y otra que esté equivocada”, se desmarcaba Armstrong. Pero si de los bajofondos del ánimo surgen las mejores obras, la situación en 21st. Century Breakdown es bien distinta: se trata de un ambicioso disco, presentado en tres partes al que, así como a American Idiot le tocó ser la banda de sonido del abucheo al republicano George W. Bush, a 21st... le viene en suerte desentrañar las zonas grises del que parecía un colorido gobierno demócrata para los estadounidenses, el de Barack Obama: su continuación (durante largo tramo) de la política de la guerra impuesta por el infame anterior mandatario y, más allá de la cara del presidente de turno, la alienación intelectual y cultural de un pueblo que, para la música de Green Day, es internacional. “Yo no quiero ser un idiota americano”, le dijo a la National Public Radio, aunque sin demasiada certeza sobre lo que quiere ser. En definitiva, como él mismo ha dicho: “Johnny Ramone era totalmente republicano. Pero igual me caía bien”.

* Green Day toca el viernes 22 de octubre en Costanera Sur, en el marco del Pepsi Music 2010. Desde las 16.

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