Dom 02.05.2010
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JONATHAN RHYS MEYERS, UN DESPERDICIO DE HOLLYWOOD

La mejor juventud

› Por Mariana Enriquez

¿Qué hacer con alguien como él? ¿Qué se hace con un actor joven que no tiene mucho talento, pero fotografía como si todos los dioses hubieran bajado para bendecirlo? En el cambio de siglo, cuando Jonathan Rhys Meyers empezó su carrera, hubo distintas respuestas a ese dilema: alguien con ese aspecto extraordinario –sencillamente nadie se parecía a él– debía ser una estrella de rock, un taxi boy, un rey, un príncipe, un heredero loco, un villano de crueldad inmensa. Y eso fue en películas tan desparejas como Velvet Goldmine (1997), B Monkey (1998, con Asia Argento y Rupert Everett), Titus (1998, de Julie Taymor), Ride with the Devil (1999, de Ang Lee) o en miniseries como Lion in Winter (2003) o la excelente adaptación de la monumental Gormenghast de Mervyn Peake que hizo la BBC en 2000, y que nadie vio. Siempre distinto y siempre lo mismo: una belleza de otro planeta, un atractivo no exactamente andrógino sino más bien pansexual, desnudos por doquier, ojos inquietantes, labios más anchos que los de Angelina Jolie, pómulos filosos, una intensidad apenas contenida, algo desequilibrada. Y una historia personal que durante mucho tiempo quiso ser Cenicienta, pero se convirtió con los años en algo más oscuro: una infancia miserable y sin padre en Dublín, una madre alcohólica que se olvidaba de darle de comer, una adolescencia de pibe chorro, y la adopción a los 15 años por un hombre que hoy está detenido acusado de violar a un menor de edad en Marruecos.

En 2005, Jonathan Rhys Meyers conoció el éxito con Match Point de Woody Allen –donde, hay que reconocerlo, estaba más lindo que Scarlett Johansson: basta imaginarlo con peluca; Woody lo fotografió con algo parecido al deseo– y con la miniserie Elvis en la TV de Estados Unidos, que le valió un Globo de Oro y el posterior protagónico en The Tudors, donde desde hace cinco temporadas hace de un improbable Enrique VIII que se la pasa revolcándose con bellas muchachas que suelen ser más feas que él (es un destino). También pasó otra cosa después del año bisagra: él dejó de hablar con tanta liviandad de su infancia –el éxito en el conservador Hollywood de hoy no es para los disfuncionales: éstos no son los tiempos de James Dean, son los de Jonas Brothers– y trató de cambiar su físico lánguido por músculos, pelo corto, hasta cierta barbita. Funciona: sigue siendo el hombre más atractivo del mundo. Pero antes era algo más. Era también el más raro: una no entendía qué estaba viendo cuando lo miraba, es una lástima que haya sido muy chico para Entrevista con un vampiro y demasiado viejo para Crepúsculo porque, a fines de los ’90, Jonathan Rhys Meyers era una criatura de la noche, mórbido, con algo de serpiente y de gato, todo contrastes y ángulos, una arrogancia enorme. Toni Colette, que fue su novia, dice que es “probablemente peligroso” y que ella tuvo ataques de pánico durante ocho meses después de que se separaron (Toni la sacó barata: otras se hubieran tirado de un balcón). Ya no es ese chico lobuno: ahora, con su físico trabajado y sus publicidades de Hugo Boss, es el actor europeo raro que necesita todo elenco. Lleva tres internaciones en rehabilitación, se agarró a trompadas con personal de aeropuertos varias veces, ya tuvo la pelea con la novia que terminó en la comisaría, ya se vieron las fotos en pleno descontrol con Colin Farrell (compartieron el desastre de Alexander) y Clive Owen (fue su hermano en I’ll Sleep when I’m Dead, donde lo violaba y mataba Malcolm McDowell, un actor al que se parece mucho). Hizo su blockbuster, Misión imposible III, y no funcionó. Sencillamente no funciona en esas proporciones, salvo que se lleve al cine El matrimonio del Cielo y el Infierno y le den el papel de Satanás. La película que se estrena este jueves, De París con amor, se inscribe en esa línea de despropósitos. Hace de agente de la CIA encubierto. El verosímil se cae a pedazos. Es probable que su mejor momento haya pasado sin siquiera haber llegado: pocas cosas son tan desoladoras como el desperdicio de la mejor juventud. El año que viene estrenará A Swim Two Birds, la primera película del Pat Pack (como el Rat Back, pero irlandeses: dirige Brendan Gleeson y actúan, además de Rhys Meyers, Colin Farrell, Cillian Murphy y Gabriel Byrne). Hay que ser valiente para ir a ver toda junta a esa colección de varones espectaculares (es un casting criminal). Y en 2011 le pondrá el cuerpo a otro compatriota con la adaptación de Albert Nobbs, de John Banville. Pero da la impresión de que su carrera se quedará ahí, en el indie prestigioso. No pudo o no lo dejaron romper esa monotonía en la que reinan James McAvoy y Orlando Bloom, ese mundo sin atrevimientos ni dudas ni fracasos que puede darse el lujo de despreciar al chico más lindo del mundo porque, total, lo que funciona es el 3D y Miley Cyrus y a quién le importan las águilas atrevidas.

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