Lun 20.09.2010
rosario

CULTURA / ESPECTáCULOS › CINE. LA MIRADA INVISIBLE, DE DIEGO LERMAN, REFLEXIóN SOBRE LO OMNIPRESENTE DEL PODER

Cuando la opresión toma la pantalla

Ambientada en el Colegio Nacional de Buenos Aires, en 1982, la película basada en la novela Ciencias Morales, de Martín Kohan, se centra en una joven preceptora, reprimida, que entablará intrincadas relaciones con su superior y los alumnos.

› Por Emilio A. Bellon

La mirada invisible no pudo, y esto merece más de una reflexión, rodarse en el propio interior, entre las paredes del mismo Colegio Nacional Buenos Aires. Una decisión oficial, emanada de las propias autoridades, llevó a que el pedido de filmación que se hiciera oportunamente fuera rechazado. Tal es lo que relatan las notas de producción sobre este bienvenido film que hoy, en este espacio de protestas estudiantiles, sale al cruce de ese intento por parte del gobierno macrista de identificar a los alumnos que algunos funcionarios vuelven a considerar como alteradores del orden público.

El tercer largometraje de Diego Lerman escenifica esas conductas que tanto identifican a los espacios totalitarios. Ambientada en el año 1982, en esa fecha en la que tuvo la ofensiva fascista de Malvinas, el film, desde ese microcosmos que es la institución del Nacional Buenos Aires, que tantas páginas ha merecido por parte de literatos, describe y sigue de cerca los actos atentos y vigilantes, los indicios de sospecha, el control y el orden, impuestos de manera autoritaria.

Las primeras imágenes del film ya nos ubican en este ámbito. En un espacio cerrado, en el que los alumnos guardan la llamada distancia entre uno y el otro, en ese silencio cortante que hiere inquietudes y lastima sueños, allí, el film elige ubicarnos frente a la mirada atenta y que acecha de una joven preceptora que amordaza desde su nombre hasta sus emociones, y encuentra en ese espacio la posibilidad de actuar sus propias represiones internas.

Criada en un ambiente de mujeres, con ausencia de figura masculina, María Teresa, la joven preceptora, sobrevive en un mundo en el que se repiten los mandatos. Su longilinea figura, su silueta recta, su camisa abotonada que impide que un atisbo de exterioridad la acaricie. Sin embargo, ella, ligada cómplicemente al jefe de preceptores comenzará a experimentar algunas conductas que ponen de manifiesto la fuerza contenida de lo reprimido.

Desde una cuidada y por momentos simétrica puesta en escena, que transmite el frío rigor de las órdenes institucionales que se multiplican en cada rincón, el film transita por una zona glacial conforme a la ausencia de sentimientos. En tal caso, allí están el acecho y la perversión, el contacto de María Teresa con su superior, Biasutto, que someterá a la joven de cabello recogido a un compulsivo acto violatorio.

Al Nacional Buenos Aires se lo llama "El Colegio" y sin embargo, más allá de que por sus aulas pasaron nombres de las ciencias, de las letras, de la política, hay algo que el film de Diego Lerman se atreve a desocultar. Y es que portar cierto nombre es algo que se sostiene a través de un normativo sistema férreo de actitudes. Por lo general, aquellas escuelas que plantearon algo diferente, que tuvieron vocación experimental y decididamente formadora, como lo registra Mario Piazza en su sublime film "La escuela de la Señorita Olga", a través de sus mentoras Olga y Leticia Cossetini, un día desde un nefasto decreto vieron cerrar sus puertas.

El film de Lerman, desde una reconstrucción de aquel ámbito, se instala en un juego pendular de conductas representado por un montaje pautado y milimétrico, a partir de la novela Ciencias Morales de Martín Kohan. Y ahora, frente a nosotros, un jefe de preceptores, que llegó allí para identificar a los alumnos "subversivos" y esa joven preceptora, que como sus colegas, trabajan bajo una mirada sancionadora.

Ante este film surgen algunas reflexiones e inquietudes acerca del funcionamiento de las estrategias del poder. La figura del poder encuentra en el film de Diego Lerman toda una serie de representaciones según la manera en que este se va manifestando. La mirada invisible, ya desde su título nos lleva a pensar en la figura del Panóptico, conforme a las numerosas interpretaciones que se ha realizado sobre el mismo. Ese ojo que controla y que vigila, sin que pueda ser visto de manera directa, se percibe, se experimenta y se padece en un constante estado de tensión y de zozobra, de exclusión y de miedo.

En La mirada invisible el gran actor es el Acto de Espiar, subrayado y con mayúscula: pero, al mismo tiempo, modulado en voz baja. En este mandato que se asume para ser reconocido y por lo tanto aceptado, la protagonista comienza a experimentar los latidos de una sexualidad oculta y negada. En el acto de vigilar, dominando la escena desde espacios cerrados, como lo es el baño de varones, va siendo sorprendida por una oleada confusa de deseo y control. A María Teresa la invade aquello que no pudo ser asumido y es por ello tal vez, que ha encontrado allí, entre las filas de los celadores, un lugar preferencial.

Lerman relató que el film se rodó no en un espacio, sino en varios: El Don Bosco de Ramos Mejía, El Bernasconi y el San José. Tal vez esta fusión de espacios en uno, a través de ese montaje que se asume como un continuo, desde una mirada que no cesa, nos permita reflexionar aún más sobre algunos comportamientos institucionales, en un contexto que se rige por una jerárquica omnipresencia.

Desde un espacio reglado por el arbitrario orden, que sólo permite escuchar voces de mando, el film va descendiendo por una espiral de perversión y violencia que deja al descubierto, a partir de una notable caracterización actoral, los límites, y el más allá de ellos, de las reacciones humanas.

La mirada invisible. 9 (nueve) puntos.

Argentina, 2010.

Dirección: Diego Lerman

Guión: Diego Lerman y María Meira sobre una novela de Martín Kohan.

Fotografía: Alvaro Gutierrez

Música: José Villalobos

Intérpretes: Julieta Zylberberg, Osmar Nuñez, Gaby Ferrero, Marta Lubos.

Duración: 95 minutos.

Salas de estreno: Monumental y Sunstar.

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