Jue 06.05.2010
rosario

CONTRATAPA

Los antiguos veranos

› Por Jorge Isaías

De los tiempos antiguos solamente puedo escribir, de los tiempos a los que se regresa dando vuelta ese gran párpado que oculta tanta memoria, la que sigue asentándose amenazada siempre por el polvillo volvedor de todos los veranos.

Y era justamente en los veranos donde creíamos que iban a pasar las grandes cosas, sin que la inmovilidad de siempre no fuera captada en principio pero al irse diluyendo el ardor y el entusiasmo de las fiestas, y puedo conceder que hasta que transcurriera todo enero todavía guardábamos alguna esperanza, pero al final nos rendíamos ante la evidencia más realista aunque nos sonara demasiado vulgar. Sucede que la adolescencia es un motor activísimo, imposible de contener cuando toma la ancha senda de los sueños y pide pista a gritos para encauzar esos caminos que llevan seguramente a la gloria, al amor o, por qué no, si soñar no cuesta nada: a ambas cosas a la vez.

Como ya transité medio siglo sobre esta remotísima época de mi vida, puedo pensar que sólo fantaseo cuando recuerdo los partidos de básket en el patio del club, los bailes al aire libre justamente en esa cancha de grandes baldosas coloradas y que se usaban también para ese fin, el billar, el ajedrez y los naipes y las largas hileras de mesa en la misma calle de tierra, donde se cerraba el tránsito después de las veinte horas y hasta la madrugada iban las familias los fines de semana a cenar, a tomar cientos de litros de cervezas o gaseosas; y los días de semana la ocupábamos nosotros, que ya estábamos pidiendo un lugar en el mundo, empezando por el Club que nos había visto nacer, que había sido testigo del conocimiento de mis viejos allí, en el salón vecino que era el del cine "La Perla" y hoy pertenece también al Club.

De un baile salieron mis padres hacia la casa de ella, seguida por los pasos vigilantes y los ojos más que alertas de mi abuela Elisa, que no dejaba a su única hija ni a sol ni a sombra.

Esa vez fue hasta la puerta, que le fue franqueada a mi padre luego de meses, merced a un pedido de mano formal, rigor de los tiempos idos. Mi abuela, viuda de muy joven, dicen que recomendó a mi padre extremo respeto, porque la "chica no tiene padre... y usted comprenderá". Mi padre dijo que sí, que comprendía y entonces sí, fueron novios. Pero mi madre no pudo extender la cuota de los bailes. Tres fechas patrias por año (nunca seguidas, sino salteadas) y por supuesto, siempre acompañados por doña Elisa. Era la ley de hierro que imponía mi abuela.

Pero de otra cosa, quiero escribir hoy aquí.

De aquella época increíblemente inestable y sufrida, llena de temores, de aprendizajes ávidos, donde el sexo urgía como un torrente en las venas, y la soledad y la amistad, y el dolor y el desamparo era o parecía, luego supimos: definitivos. Como nuestras familias eran muy pobres, debíamos trabajar para mantenernos y ayudar en nuestras casas, como era la costumbre y sólo de vez en cuando, muy de vez en cuando comprarnos un traje, inevitable en la época si uno aspiraba a andar bien vestido. De confección, se sabe, porque sólo los pudientes podían aspirar a encargarle uno a un sastre. Mi padre nunca se vistió con un traje comprado en la tienda, era pobre, era obrero, pero las pocas veces que eligió comprar lo hizo a un sastre. Era todo un ritual esto de la ropa. Había que ir -una vez elegido el sastre, que había muchos y muy buenos en mi pueblo elegir la tela en un muestrario que él tenía, hacerse tomar las medidas, pasar a probárselo y luego sí, salir con el traje preciado de una percha colgando del dedo mayor de la mano derecha.

En tren de confidencias diré que mi primer traje a medida me lo hice coser en Rosario cuando tenía alrededor de treinta años, pero presumo que ya no insistí en esa costumbre porque la ropa informal o la buena confección del las tiendas desalentaron esa tan buena práctica hasta casi hacer desaparecer el oficio, tan noble, tan viejo, como tantos otros que son casi olvido.

De todos modos trataré de volver a relatar aquellos veranos donde uno esperaba que pasara todo aquello que se había ido aletargando entre el otoño más gris, o más ocre, si tenemos presente el color moribundo de las hojas, o en los inviernos con sus tormentas, sus temporales que duraban semanas, sus calles abrumadas por los lodazales y el denso vuelo de los patos hacia los cañadones del atardecer.

Todo esto se iría atenuando con la explosión azul de la primavera, el estallido de las flores del duraznero y de los damascos, y el síntoma del verano serían las primeras mariposas aisladas que cruzarían el callejón de José Vélez y se espaciaba hacia el campo de Compañy y la propia estancia de Maldonado, pasando por la tapera de don Way, la chacra de los Pozzi y el puesto de Juan Bernardo Juárez. Todo eso empezaba a prefigurar el verano, aunque aún fuera noviembre, pero el toque mágico, la puesta misma del verano era la irrupción casi fantasmal del carrito rechinante de Juan Ugolini, sentado arriba de sus deliciosas sandías que vendía caladas, coloradas como boca de mujer lista para besar, como rezaba aquel viejo tango que cantaba Julio Sosa: "Vendo sándias caladas y coloradas rojas/ como los labios de las muchachas enamoradas", decía en su tono arrabalero, poniendo con intencionalidad mal el acento sobre la a. Así pronunciaba él la palabra sandía, que era como decir páis, máiz, como dicen que se usaba ese acento -digo en los tiempos de don Juan Manuel. En sus viajes por lejanas provincias donde iba a trabajar mi padre, había adquirido este hábito. En fin, un hijo de inmigrantes pronunciando un castellano arcaico. Se daban esas mezclas, es lo que somos, al fin.

Estamos ya en el verano, la sangre fluye sobre la pulsión de vida y el mundo de Eros. Inútilmente una vez más, ese año, como el anterior.

Lo bueno, lo recordable fueron los aprontes.

Entonces decidí venirme a vivir aquí, pero los dejo con esta historia. Ahorre el lector el suspenso. A esa historia nunca volveré.

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