Vie 02.07.2010
rosario

CONTRATAPA

Un hincha

› Por Bea Suárez

Hace unos días dos o tres perros se han estacionado en la puerta del pasillo donde vivo. Especialmente uno, negro, medio petiso y un tanto desplumado. Cada vez que salgo le pego un grito para que se corra pues, entre otras cosas, molesta al paso de quienes van y vienen.

Anoche una vecina me dijo: "¿Viste que éxito mi perra? ¡mirá cuántos candidatos¡".

Ahí entendí el asunto, una perra en celo con su olor característico justificaba la guardia del negrito.

Empecé a mirar mejor a la bestia, de la que hubiera podido deshacerme cien veces, pero algo hondo me conmovió en la noche rosarina llena de niebla activa en las pieles del alma.

Pensar que al negro no lo van a dejar ni entrar a verla, porque la perra es una color café con leche, de pelo largo, se llama Luna, y es obviamente pastora no sé cuánto, y mientras el negro duerme por ella afuera no dejarán que mude ni un mililitro de sus sentimientos para siquiera olfatear el Carolina Herrera con que la perfuman, y que tan! bien debe tapar el olor del amor que emanará seguro de sus pelos.

Evito caer en la cuenta de que hay cosas en este mundo cruel (todavía algunas pocas cosas) que definitivamente no son intercambiables, será por eso que a lo lejos escucho ladridos de la tal Luna y, a modo de respuesta, la contestación del perro, en guardia de 24 horas.

Hay encuentros en la vida sin los cuales hubiera sido imposible sobrevivir y éste, entre dos instintos inmateriales, me recuerda a los profundos diálogos que he tenido conmigo misma sobre el deseo imperioso de ver a alguien, de no tenerlo, desearlo y perderlo.

Al negro no le van a permitir el ingreso nunca jamás en la historia de la humanidad. Le cederá su aullar a lo desconocido aunque todos constatemos la presencia de algo inevitable al cerrar la puerta y verlo afuera.

De pronto me convierto en un humilde y eficaz botiquín para un enamorado herido de guerra que no pertenece a la esfera de los animales acomodados del barrio, la clase media de canes alimentados a Kongo (no huesos de pollo mezclados a la yerba).

Quiero acercarlo a la perra para que la vea, que abandone la condena de no ser y deje de esperar al divino botón que nunca llegará.

La tristeza del negro me conecta con la vida, con sus desdichas y sinsabores, una vida que me involucra en sus sucesos, una vida recibiéndome en día no feriado, una vida con ansias de realidad donde a las palabras no se las llevará nunca el viento.

¿Será el amor nomás? ¿será la intemperie silenciosa de algo más que una esperanza y menos que un llanto?.

El perro duerme, mira la extrañeza de lo que está muy cerca, sin acobardarse. Llevado por un aroma que lo cautiva (y que a su vez no evita) permanece, en el umbral, con ojos inquietados, como extraño extrañado, dispuesto a darle a Luna tal vez el mejor rayo de la noche.

Cómo serán las cosas que no lo detiene el frío, el hambre y el desprecio constante de quienes lo ven así, idiotizado.

Pero de repente pasa la perra atada con alambres, parece decirle "dame tu corazón en un sartén y me suelto". Pero el perro, con el temblor y el fuego no apagado, solo atina a levantar la pata derecha y toca solamente el ridículo.

El dueño se la lleva a cagar al bajo entre perdidas arboledas, le hace de capitán, la obliga.

El acontece sangrando entre el sol de avena que es este amorío de clases mientras recuerdo a Cervantes cuando dice: "Dame tú, Roma, a cambio de mis penas, tanto como dejé para tenerte".

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